Muchos cristianos se aburren de estar siempre en casa. Viven con frecuencia en tensión, con el ceño fruncido
Temo no ser capaz de vibrar con lo mismo con lo que Jesús vibra: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta? El otro no abrió la boca. Muchos son los llamados y pocos los escogidos.
Tal vez mi traje no sea un traje adecuado para la fiesta. Sé que no
es un traje sin manchas. Es un traje alegre y simple. Manchado. Sencillo
y pobre. Arrugado por las luchas de la vida. Quizás yo tampoco pueda
responder nada cuando Jesús me pregunte y yo no abra la boca.
No quiero que sea así. Quiero estar abierto a dejarme tocar por Dios y
experimentar su misericordia. Con mi traje pobre. Quiero que no me
acepte Jesús por merecimientos. Soy un invitado. No vengo porque tenga
un derecho. Soy de esos a los que Jesús llama a última hora.
Vengo a la fiesta con lo que tengo. Con lo que soy. Con el corazón
abierto. No me exige Jesús una pureza en la que no haya reproches. No es
así. Le basta un corazón vacío y pobre.
Pero es un banquete y quiere que llegue alegre hasta Él. No quiere
que mi actitud sea del hijo mayor de la parábola del hijo pródigo.
Quiere que participe en la fiesta.
El padre quería que su hijo mayor también estuviera en la fiesta
compartiendo la alegría por la vuelta de su hermano. Pero el hijo mayor
no participa. Siente que la fiesta no es para él. Surge la envidia.
A veces yo también temo no estar feliz en la fiesta. Temo no estar
vestido con el traje adecuado. Quiero alegrarme con la alegría de Jesús.
Sin envidias. Pero a veces busco alegría en cualquier parte. Y me quedo
triste cuando esa alegría pasajera no dura.
¿Cuáles son mis alegrías hoy? ¿Cómo son las fiestas que me llenan el
alma? Creo en la alegría de ser cristiano. En la alegría de pertenecer a
Dios. La alegría de estar con Él todos los días de mi vida, cada día.
Muchas personas no ven la vida del cristiano como una fiesta. Se aburren
en misa y en la oración.
Decía el P. Kentenich: ¿Acaso no es cada santa misa un medio de alto grado para un amor recíprocamente intensificado?.
Detestan el cumplimiento de lo que Dios pide. Ven la norma, no ven el
amor. La misa es una fiesta inmensa en la que mi amor crece. Pero hay
cristianos que se sienten como el hermano mayor. No han probado el
cordero cebado y piensan que han trabajado mucho sin recompensa. Se ha portado bien y no les han premiado.
Muchos cristianos se aburren de estar siempre en casa. Viven con
frecuencia en tensión intentando ser perfectos. Con el ceño fruncido.
Con los dientes apretados. No tienen paz en el alma porque siempre
encuentran algo reprochable en su vida. Y temen el castigo.
Y no se sienten queridos por Dios. O creen que sólo pueden en la fiesta con ese gesto duro.
Sin sonrisas. Porque piensan que hablar de fiesta en la Iglesia suena a
frívolo. Y optan por lo dramático porque así no hay risas indebidas.
Y por eso tantos predican más del dolor del infierno que de la
alegría del cielo. Es más sencillo, más eficaz. Es como si la alegría
del reino estuviera reñida con la alegría en la tierra.
Me gustan las fiestas. Y me gusta ser invitado a una fiesta. Y quiero
pasar la vida de un lado a otro disfrutando de lo que tengo. Pero, ¿por
qué no logro ser más feliz, más alegre?
Quiero llenar de alegría los corazones que me rodean. Apaciguar sus
penas. Regar sus sequedades. Calmar sus iras. Iluminar sus noches. Para
eso quiero tener siempre una fiesta en el alma.
El Papa Francisco les dijo a los jóvenes en Cracovia en la última jornada mundial de la juventud: Él,
que es la vida, te invita a dejar una huella que llene de vida tu
historia y la de tantos otros. Él, que es la verdad, te invita a
desandar los caminos del desencuentro, la división y el sinsentido. ¿Te
animas? ¿Qué responden ahora tus manos y tus pies al Señor, que es
camino, verdad y vida?.
Quiero dejar huella en otras vidas. Llenar de vida sus vidas. Quiero
dejar la huella de Jesús. Su alegría verdadera. Para eso tengo que ir a
la fiesta de Jesús. Participar de su alegría para tener el corazón lleno
de gozo.
Pero no es tan sencillo. Quiero que en mí haya más sonrisas que
lágrimas. Más amor que odio. ¿Y si todo no sale como yo espero? En la
fiesta siempre hay paz. Todo es plenitud. Es una alegría sencilla y
desbordante.
El Hijo se ha casado. Es su boda. No hay temas densos. No hay motivo
para la tristeza. No hay seriedad ni discursos en los que se hable del
peligro que acecha. Es una alegría del hoy pero proyectada en el tiempo.
Aunque cambien las circunstancias, la alegría va a permanecer.
Sé que en mi corazón no suele ser así. Muchas veces los miedos me
quitan la alegría. El miedo a vivir peor. El miedo a amar y ser herido
en la entrega a una persona. El miedo a ser odiado, despreciado,
rechazado. El miedo a que las cosas pasen y no siga la fiesta. El miedo a morir y que la vida eterna no sea como he soñado. El miedo a hacer las cosas mal y no merecer la alegría verdadera. El miedo a herir a otros con palabras y gestos.
Mi alegría muere muchas veces por culpa de mi miedo. Me pongo serio.
Pienso en los pros y contras de cualquier decisión. Vivo con angustia la
vida agobiado por cosas que aún no han sucedido. Me falta libertad interior para vivir en presente lleno de alegría.
Carlos Padilla
Aleteia