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Santa María, madre tierna y fuerte, compañera nuestra de viaje por los caminos de la vida, cada vez que contemplamos las maravillas que el Omnipotente ha hecho en ti, nos embarga una melancolía tan intensa por nuestra lentitud, que sentimos la necesidad de alargar el paso para caminar a tu lado. Condesciende, pues, a nuestro deseo de cogerte de la mano y acelera nuestro ritmo de caminantes un poco cansados.
«En la hora de nuestra muerte».

En latín, en gregoriano, suena mejor. Sobre todo cuando el Avemaría se canta.

Parece, entonces, que la corriente melódica avanza por un estuario de ternura y concentra, en las últimas cuatro palabras, las súplicas más sangrantes del hombre.

«Ahora y en la hora de nuestra muerte».
Queremos sentir así a María.

Como alguien de la familia. Como alguien que habla nuestro lenguaje y conoce nuestras viejas tradiciones y las costumbres populares. Como quien es capaz de reconstruir, a través de las coordenadas de dos o tres nombres, el cuadro familiar y termina descubriéndonos que somos consanguíneos de casi todo el pueblo.

Queremos verla así.

Presente en nuestra crónica local. Vistiendo como viste la mujer de nuestros días.

Como alguien ante quien nadie se siente tímido. Como quien se gana el pan como se lo ganan las demás. Como quien aparca su coche junto al nuestro. Mujer de todas las edades, a quien puedan sentirse próximas todas las hijas de Eva de cualquier edad.

Queremos imaginarla adolescente, mientras en verano sale a pleno sol de la playa en bermudas, bronceada por el sol, llevando en sus ojos limpios algún reflejo del Mediterráneo, y cargando en invierno con su mochila de colores camino del polideportivo. Saludando amablemente a la gente cuando pasa por la Avenida, inspirando a quien la mira nostalgias de castidad. Conversando con los amigos por las tardes. Haciendo sentirse felices a sus interlocutores, que la corresponden con sonrisas serenas. Yendo del brazo con sus amigas, a las que anima a amar la vida, mientras escucha sus confidencias.

Queremos que lleve algún apellido nuestro: Castrillo, Gutiérrez, Blasco, Arias, Zamora… e imaginarla como alumna de instituto, como empleada en un supermercado de la ciudad, como dactilógrafa en una oficina, como encargada de una «boutique» de la Gran Vía.

Queremos saber cómo se desenvuelve cuando pasa por las calles del centro histórico y se detiene a conversar con diferentes tipos de mujer. Queremos verla en el cementerio, el domingo cuando deposita una flor en la tumba de sus difuntos.

O cuando el jueves va a la compra y regatea un precio. O cuando espera, como las demás madres, que su hijo salga del colegio para llenarle de besos y llevárselo a casa.

No la queremos huésped, sino ciudadana.

Conocedora de nuestros problemas comunitarios. Preocupada por las llagas de nuestra ciudad. Contenta de compartir nuestra experiencia espiritual, contradictoria y excitante. Orgullosa de la riqueza cultural de nuestra ciudad, de sus iglesias, de su arte, de su música y de su historia. Gozosa de pertenecer a nuestra estirpe de campesinos, de navegantes, de exiliados incurablemente nostálgicos de su tierra natal.

Así queremos sentir a María. Enteramente nuestra, pero sin exclusivas.

Que canta las alegrías de Navidad y los dolores de Semana Santa, con las mismas cadencias que nuestras mujeres en una procesión con las velas encendidas.

La queremos en nuestras listas de empadronamiento.

En los sueños festivos y en la dureza de los días de trabajo.

Siempre dispuesta a echarnos una mano, a contagiarnos su esperanza, a hacernos sentir su necesidad de Dios y a compartir con nosotros fiestas y lágrimas, trabajos de vendimias y almazaras, olor de horno y de colada, lágrimas de ausencias y presencias. Como una vecina de casa de otros tiempos.

Como inquilina dulcísima que se asoma al portal de nuestra urbanización.

Como criatura espléndida que vive en nuestra misma calle, a la que inunda con su luz.

Santa María, mujer de nuestros días, ven y habita en medio de nosotros.
  Tú dijiste que te llamarían bienaventurada todas las generaciones.
  Entre ellas está también la nuestra, que quiere cantarte no sólo por las cosas grandes que el Señor ha hecho en ti en el pasado, sino también por las maravillas que sigue realizando en ti en el presente. Haz que podamos sentirte próxima a nuestros problemas.
  No como señora que viene de lejos a solucionarlos con el poder de su gracia o con fórmulas impresas que no cambian, sino como alguien que vive esos mismos problemas y conoce su dramaticidad inédita, percibe sus matices y capta el alcance de su tribulación.

Santa María, mujer de nuestros días, líbranos del peligro de pensar que las experiencias espirituales, vividas por ti hace dos mil años, no son posibles para nosotros hoy, hijos de una civilización que, tras proclamarse posmoderna, posindustrial y postodo, se proclama también poscristiana.
  Haznos comprender que la modestia, la humildad y la pureza, son frutos de todos los tiempos de la historia y que el discurrir del tiempo, no ha alterado la composición química de ciertos valores, como la gratuidad, la obediencia, la confianza, la ternura y el perdón. Son valores que siguen en pie y que nunca pasarán de moda.
  Vuelve, pues, en medio de nosotros y facilítanos, a todos, la edición actualizada de las grandes virtudes humanas, que te hicieron grande a los ojos de Dios.

Santa María, mujer de nuestros días, cuando Jesús te constituyó madre nuestra, además de coterránea, te hizo contemporánea de todos, prisionera del mismo fragmento de espacio y de tiempo.
  Por eso, nadie puede hablar de distancias generacionales, ni sospechar que no seas capaz de comprender los dramas de nuestra época.
  Por eso, quédate junto a nosotros, mientras te confiamos las inquietudes presentes en nuestra vida moderna: la paga que no llega, el estrés, un futuro incierto, el miedo de no lograr algo importante, la soledad interior, el desgaste de las relaciones, la inestabilidad de los afectos, la difícil educación de los hijos, la incomunicabilidad incluso con las personas más queridas, la fragmentación absurda del tiempo, el vértigo de las tentaciones, la tristeza de las caídas, la náusea del pecado…
  Haz que sintamos tu presencia confortante, dulcísima madre coetánea de todos. Y que nadie se sienta llamado por su nombre, sin que suene al mismo tiempo el tuyo, para que respondas tú también: «¡Presente!».
  Como una antigua compañera de clase.
mons. Tonino Bello, obispo de Molfetta
pastoralsantiago.es
Foto: Miguel Castaño
El evangelio nada dice, pero las referencias bíblicas que aluden a la elegancia de María son numerosas.

Bastaría con recordar el texto del Cantar de los Cantares en el que ve la liturgia, como en una filigrana, la figura de la Virgen que lucha a nuestro favor contra las fuerzas del mal: «¿Quién es ésta que avanza cual la aurora, bella como la luna, distinguida como el sol, imponente como ejército formado?».
El texto latino dice: «Electa ut sol».

«Electa» quiere decir elegante. Tiene la misma raíz verbal.

¡Elegante como el sol! No hay nadie que no vea cómo, ante ella, los modelos diseñados por Valentino parecen andrajos y las creaciones de Giorgio Armani retales de tenderos.

Pero también el Apocalipsis se hace eco de los elementos cósmicos del sol, de la luna y de las estrellas, con los que el arte de todos los siglos ha hilvanado las cosas más graciosas sobre la elegancia de María: «Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en la cabeza».

Y un poco después hay otro paso célebre, que se refiere, esa es la verdad, a la nueva Jerusalén, pero en el que la tradición, a través de ese juego de las disoluciones teológicas, con las que a menudo realidades y signos intercambian su función, ha visto la presencia de María: «Han llegado las bodas del cordero, su esposa está ya preparada, y a él le ha concedido vestirse de lino fino, limpio y brillante. El lino fino son las obras de justicia de los santos».

La Virgen, anticipación maravillosa de la Iglesia, baja del cielo adornada con gargantillas y velos, preparada como una esposa engalanada para su esposo.

Es todo un himno a la elegancia de María.

Una elegancia que, claramente, hay que leer en términos de finura interior, nunca de una presencia suya en la «boutique» de Nazaret o en los «ateliers» de la alta moda de Jerusalén.

Aunque, si nos fijamos atentamente en el evangelio, no parecen totalmente descaminadas las alusiones a la elegancia física de María.

Yo no sé si en la intimidad de la casa, donde florecen los gestos cariñosos de la ternura, se divertiría Jesús llamando a su madre con los nombres de las plantas más perfumadas, como la Iglesia haría un día: rosa de Jericó, lirio del valle, cedro del Líbano, palma de Cades…

Cabe suponer, de todos modos, que pensaría justamente en ella, flor de hermosura, cuando un día dijo al gentío: «Mirad cómo crecen los lirios del campo…, pero yo os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos».
Como también cabe suponer que pensaría en ella cuando dijo: «La lámpara de tu cuerpo son los ojos. Si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo estará iluminado».

En aquel momento debió recordar el relampagueo de los ojos de su madre. Aquellos ojos que dejaban traslucir la transparencia del alma y daban densidad de santidad a la elegancia de su cuerpo.

Santa María, mujer elegante, pues que vestías tan bien, te pedimos que nos regales algo de tus vestidos. Ábrenos el armario. Acostúmbranos a tus gustos. Sabes bien que nos referimos a los modelos de vestido que adornaron tu existencia terrena: la gratitud, la sencillez, la discreción de palabra, la transparencia, la ternura, el estupor. Tú sabes que no son vestidos pasados de moda. Aunque sean muy grandes para nuestras medidas, haremos todo lo posible para adaptarlos a nuestra talla. Te rogamos nos reveles el secreto de tu línea.
  Enamóranos de tu «esprit de finesse».
  Líbranos de las caídas de estilo que dejan al desnudo nuestras vulgaridades. Danos un trocito de tu velo de esposa. Y ayúdanos a descubrir, en el esplendor de la naturaleza y del arte, los signos de la elegancia de Dios.

Santa María, mujer elegante, líbranos del espíritu tosco que llevamos dentro, a pesar de los vestidos elegantes que nos ponemos por fuera y que muchas veces se manifiestan en términos de violencia verbal con el prójimo.
  ¡Qué lejos estamos de tu elegancia espiritual! Nos ponemos prendas de los mejores modistas, pero los gestos de nuestra relación humana carecen de encanto. Nos perfumamos con productos Versace, pero nuestro rostro resulta ambiguo. Nos lavamos los dientes con los dentífricos más caros, pero el lenguaje que sale de nuestra boca es trivial. ¡Cuánto vocabulario soez!
  El insulto se ha convertido en costumbre. Las buenas maneras están en desuso. Más aún, si en ciertos espectáculos televisivos faltan los ingredientes malsonantes, desciende incluso el índice de telespectadores.
  Concédenos, pues, una medida de gracia que compense nuestras intemperancias. Y haznos entender que, mientras no veamos en quien está a nuestro lado, un rostro que descubrir, contemplar y acariciar, los refinamientos más sofisticados serán siempre formales y los trajes más costosos no conseguirán enmascarar nuestra alma de andrajosos.

28Santa María, mujer elegante, tú que supiste ver con tanta atención el paso de Dios en tu vida, haz que nosotros sepamos captar su brisa. También él es muy elegante y difícilmente irrumpe en nuestra historia con la fuerza del fuego, del huracán o del terremoto; lo hace como en el monte Horeb, se hace oír en el susurrar ligero de la fronda. Se necesitan antenas delicadas para percibir su presencia. Es preciso un oído sensible para oír el rumor de sus pasos, cuando a la brisa de la tarde, como hacía con Adán, baja a nuestro jardín.
  Ayúdanos a intuir toda la delicadeza de Dios en aquella expresión bíblica con la que él, el Señor, parece expresar el pudor de molestarnos (puede que fueras tú quien inspirara a Juan esas palabras mientras escribía el Apocalipsis): «Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo».
  Haz que estemos dispuestos a responder, con la misma finura de tu estilo, a su llamada discreta, de tal modo que podamos abrirle en seguida la puerta, festejarle y llevarle a la mesa con nosotros. Y ya que él se detiene, ¿por qué no te quedas tú también a cenar?
mons. Tonino Bello, obispo de Molfetta
pastoralsantiago.es
Foto: Miguel Castaño
Icono. Con este término se señalan las imágenes sagradas pintadas en madera que los orientales veneran con devoción especial. Rodeadas de luz, concentran una centella del misterio divino, y por eso alguien las ha definido, acertadamente, como ventanas del tiempo abiertas a lo eterno.

Icono. Con este término, quizá por las líneas nítidas con que se bosquejan, suelen designarse hoy las escenas bíblicas, que encierran, con la fuerza rápida de medallones celebrativos, un mensaje importante de salvación.

Un icono como éstos, de esplendor extraordinario, lo tenemos en el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles, cuando dice que, después de la Ascensión, a la espera del Espíritu Santo, los apóstoles «subieron a la estancia de arriba, donde se alojaban habitualmente». Y con ellos estaba María, la madre de Jesús.
Este título no tiene nada que ver ya con las bodas de Cana.
Lo que aquí deseo presentaros es una definición singular que un escritor medieval, Ildefonso de Toledo, da de la Virgen María: «Totius Trinitatis nobile triclinium». Que quiere decir: noble triclinio de las tres personas divinas. [El triclinio era un lecho de mesa para tres personas en el que los antiguos romanos se reclinaban para comer].
Quisiera que María, en persona, entrara en vuestra casa, que os abriera la ventana de par en par y os felicitara la Pascua florida. Felicitación inmensa, cual los brazos del condenado extendidos en la cruz y tendidos hacia el cielo de la libertad.

Muchos se preguntan sorprendidos por qué el evangelio, que nos cuenta que Jesús se apareció el día de Pascua a muchas personas, como la Magdalena, las piadosas mujeres y los discípulos, no habla de ninguna aparición del hijo resucitado a su Madre. Ésta es mi respuesta: ¡No la necesitaba!
En las fiestas está él. En las vigilias, en el centro, está ella.

Discreta como la brisa de abril, que te trae hasta el umbral de casa perfumes de verbenas florecidas más allá del seto.

Hay a veces instantes tan densos de misterio, que se tiene la impresión de que se les ha experimentado en otros momentos de la vida. Y hay instantes tan cargados de presentimientos, que se viven como anticipaciones de felicidad futura.
El Señor la eligió, entre el pueblo. Hoy diríamos, en los barrios populares pululantes de gente sudorosa y poco aseada. En las barriadas donde los tugurios de los pobres permanecen de pie porque se apoyan entre sí.

Pienso en las zonas donde zumban los mosquitos en los charcos y las moscas en los excrementos. O en algunas calles del centro histórico donde flota al viento la ropa lavada y vige el condominio de los mismos rumores y los mismos silencios.
Allí descubrió el Señor a María. En los cruces de callejas con olor al cocido de las ollas y el griterío de los vendedores de verdura. Entre las muchachas que hablaban de amor entre los geranios de los descansillos. En el patio donde los vecinos comentaban al anochecer los dimes y diretes del día entre los últimos bostezos y antes de que se agotara el aceite de la lámpara o chirriaran los cerrojos de las puertas.
Os confieso mi desconcierto.

Cuando pienso en la Virgen María (ese sueño increíble soñado por el Señor) y luego veo en la televisión las lágrimas de las madres palestinas, o descubro en las revistas misioneras las caras famélicas de las mujeres de la Amazonia, o me entero por algunos implacables reportajes de la situación infrahumana de las jóvenes de Bangladesh, me pregunto si la historia de María tendrá algo que compartir con estás infelices criaturas.

Y cuando encuentro por la calle a «una de ésas» a las que la miseria, más que el descarrío, ha empujado a venderse para sobrevivir, me pregunto si María seguiría su camino adelante, como hago yo con prudencia impertérrita.
María, mujer de servicio
Puede parecer irreverente. Y hasta habrá alguien que quiera ver barruntos de sacrilegio. No sabría exactamente si por la impresión de que un apelativo tan pobre se aplique a la Reina de los ángeles y de los santos, o por la escasa categoría que se concede a las personas que se ganan el pan trabajando en casa de otros.

A decir verdad, también la moda actual de ver las cosas ha percibido algo vil en el lenguaje antiguo. En lugar de hablar de esclava, de sierva o de persona de servicio, el vocabulario deja de lado palabras como sirvienta o camarera y adopta otras como chica «au pair» y hasta «colt», que al fin y al cabo no es más que una sigla formada con las iniciales de «colaboradora familiar».
Se oye hablar con frecuencia de obediencia ciega. Nunca de obediencia sorda.

¿Sabéis por qué?
Para explicarlo tengo que recurrir a la etimología, que alguna vez puede echar una mano en el campo de la ascética. Obedecer se deriva del latín «ob-audire», que significa escuchar estando de frente. Cuando descubrí ese origen del vocablo, también yo me liberé poco a poco del falso concepto de obediencia entendida como abdicación pasiva de mi voluntad y entendí que la verdadera obediencia no tiene, ni de lejos, parecido alguno con la actitud servil de los aduladores.
Entre los innumerables apelativos marianos, de los que no sabes qué admirar más, si la fantasía de los poetas o la ternura de la piedad popular, he encontrado uno fascinante: María, catedral del silencio.

Difícil es hoy experimentar el silencio en las catedrales de las metrópolis, pero si alguien entra en ellas llevado por el deseo de orar, dará siempre con un rincón adecuado. Sentado o de pie, bastará que levante los ojos del suelo y encontrará el silencio escondido allá arriba, en las penumbras de los arcos y en los cruces de las aristas. Y más arriba aún. Porque si se deja seducir por la altura de las bóvedas, él también, como el poeta del Infinito, imaginará «espacios interminables por encima de ella, silencios sobrehumanos, quietud profundísima…».

Hay un episodio en el evangelio, el de las bodas de Cana, que debe, ineludiblemente, revisarse después de los últimos avances de la investigación bíblica, especialmente en lo concerniente a la función de María.

Nadie sabe la de veces que hemos admirado la sensibilidad de la madre de Jesús por la finura suya, tan femenina, de intuir la confusión de los esposos, al ver que les faltaba vino. Implicó a su hijo y evitó el evidente embarazo que había entre bastidores.
No mes de maio cantabamos “Venid y vamos todos…” Arrecendían as flores, alegraban os cantos, emocionaban os versos…

Este ano da pandemia acudimos a Nosa Señora tal como fixo o bispo San Pedro de Mezonzo (século X) cando viu a cidade de Compostela devastada por Almanzor. O santo bispo defendeu o sartego do Apóstolo ante aquel xefe árabe, que tivo compasión do ancián orante e deixouno en paz. Así contan as crónicas cristiás e árabes.

Vendo a cidade desfeita, o santo bispo acudíu a Nosa Señora. Compuxo a oración da “Dios te salve, Raíña e Nai”. Nesa oración dicimos que somos uns desterrados neste Val de Bágoas.

Así imos agora á Nosa Señora. Sentimos que, non só Compostela, senón o mundo enteiro é un Val de Bágoas pola peste do croavirus.

Mais aquel bispo galego (nado en Santa Baia de Curtis, abade en Mezonzo, despois en Antealtares, finalmente bispo de Compostela) non perdeu os ánimos. Seguíu adiante. Mandou levantar unha muralla rodeando a cidade do Apóstolo para evitar invasións. E tan ben quedou defendida a cidade, tan ben composta e fermosa, que empezaron a chamarlle “Compostela”. Pequena, si, pero bonita cidade.

Isto sirve para nós, hoxe. Non quedemos derrotados, desanimados. Invocamos a María neste mes de maio. Quere acompañarnos para volver á vida parroquial, familiar, escolar.

Volvamos ós nosos traballos con ilusión. Como María, quen, despois do Calvario, animou ós Apóstolos para que evanxelizasen o mundo enteiro.
Santa María, vén e válenos!
Xosé Pumar Gándara
pastoralsantiago.es
No me ha sugerido este título la «Virgen de la sillita».

Aunque la tela de Rafael Sanzio, que nos presenta a la Virgen finalmente sentada y con el niño Jesús descansando entre sus brazos, evoca una constelación de imágenes centradas en ese arquetipo materno que mece a su criatura para dormirla.

Naturalmente, también María, como todas las madres, aplacó el llanto de su niño apretándole contra su pecho. Acunándolo tiernamente. Entonando viejas canciones orientales para dormirle. Y velando, con preocupación, su plácido sueño.

La tradición popular ha entendido tan profundamente esta actitud materna de María, que ha elaborado para Navidad un repertorio interminable de melodías relacionadas con el género musical más antiguo: la canción de cuna. «Duerme, no llores, Jesús amado…».

Se nos ocurre pensar que todo compositor, más que por el deseo de prestar voz a la Virgen para calmar el llanto a Jesús, se ha sentido impulsado a hacerlo para sentirse él mismo mecido entre sus brazos maternos y encontrar así descanso en su regazo.

Si los personajes del evangelio hubieran tenido un cuentakilómetros incorporado, probablemente ocuparía María el primer puesto en la lista de los caminantes.

Jesús aparte, naturalmente. Ya sabemos que él se identificó hasta tal punto con los caminos, que un día confió a sus discípulos después de invitarles a que lo siguieran:
«Yo soy el camino». El camino. ¡No un caminante!
Así que, como Jesús no figura en esa lista, el líder de las peregrinaciones evangélicas es, indiscutiblemente, María. La vemos siempre en camino, de un lugar a otro de Palestina, incluso con un confinamiento en el extranjero.
Fue quizá por aquel «no temas» que pronunció el ángel de la anunciación. Lo cierto es que, a partir de entonces, María afrontó la vida con increíble fortaleza y se convirtió en el símbolo de las «madres-coraje» de todos los tiempos.

Está claro: también ella tuvo que vérselas con el miedo.

Miedo de no ser entendida. Miedo de la maldad de los hombres. Miedo de no lograrlo. Miedo de la salud de José. Miedo de la suerte de Jesús. Miedo de quedarse sola…

Aparece apenas en el escenario de la salvación, y ya podemos verla dispuesta a pasar las fronteras. Aunque sin los visados concedidos por el Ministerio de Asuntos Exteriores, tiene que vérselas con las tribulaciones que comporta toda expatriación forzosa. Como cualquier emigrante del Sur. Incluso peor, pues no tiene que pasar la frontera por motivos de trabajo, sino en busca de asilo político. Bien claro era el mensaje que el ángel transmitió a José: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y estáte allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».

«Y lo reclinó en un pesebre».

La palabra «pesebre» aparece tres veces en pocas líneas.

Esto, si se tiene en cuenta el estilo de Lucas, nos intriga un poco.

El evangelista alude a algo, no cabe duda. Siendo pintor, quiere presentar a María en actitud de quien llena el cestillo que estaba vacío en la mesa. Aunque es verdad que en el pesebre se echa la comida a los animales, no es difícil leer en aquel gesto la intención de presentar a Jesús, ya en su primera aparición, como alimento del mundo.

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