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Siento que en mí hay un sentimiento herido que me hace buscar la debilidad y la fragilidad en los demás. Tal vez para sentirme yo mejor

Recuerdo al policía de la obra de Víctor Hugo, Los miserables. Él le decía a Dios: Está escrito en la puerta de entrada al paraíso que aquellos que flaquean y caen deben pagar el precio. Señor, déjame encontrarlo, para que pueda verlo entre rejas. No descansaré hasta entonces. Lo juro por las estrellas. 

Me cuesta ese imperativo de la alegría. Esa alegría impuesta. Esa gratitud que se espera de mí...

Hoy el apóstol me manda que esté alegre: Gaudete. Escucho la palabra de Dios: Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios. 

El domingo de la alegría viene como un rayo de luz y esperanza en medio del adviento. Viene como un torrente de vida para llenar mi alma. Quiero estar siempre alegre. Pero no siempre lo estoy. ¿Cuál es la causa principal de mi alegría? ¿Estoy de verdad siempre alegre? ¿Es eso posible?
Muchas veces me turbo. No suceden las cosas como esperaba y me lleno de ira. Siento que soy débil y caigo en mi deseo por cumplir tantos propósitos, y me lleno de pena. Siento que no avanzo y me desanimo. O llega la cruz a mi vida en forma de ausencia, de enfermedad, de pérdida.
Hoy las lecturas hablan de una vocación de servicio: “La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando”. Los eligieron para servir. Un camino.
Josep Miró i Ardèvol, antiguo conseller de la Generalitat y concejal en Barcelona, fundó la asociación E-Cristians en el año 2000, después de un proceso personal en el que vio avivarse su fe cristiana. Pocos años después dejó por completo la política de partido y se dedicó a animar a los católicos a participar en la vida pública, pero en estos 17 años ha visto como los partidos despreciaban cada vez más la propuesta cristiana y como a nivel social la fe se hacía más y más irrelevante.
 
El arzobispo de Valencia, el cardenal Antonio Cañizares, ha dedicado su artículo semanal en el diario La Razón a la carroza grosera del carnaval de Las Palmas en la que un dragqueen se disfrazaba de la Virgen y de Jesucristo en la cruz en un espectáculo de mal gusto.

Cañizares pide a Dios que perdone a los blasfemos y alaba la carta pública de protesta y de lamento del obispo de Canarias, Francisco Cases. Pero también denuncia que estas actividades groseras y ofensivas contra los símbolos y sentimientos cristianos se multiplican por España con impunidad.
En todos los ciclos litúrgicos, los domingos del Tiempo de Cuaresma se abren con en el relato de las tentaciones de Jesús, cuando el Espíritu lo condujo al desierto, según el texto evangélico, “para ser tentado”.

La imagen de Jesús en el desierto durante cuarenta días es significativa no solo por la duración concreta de la cuarentena, sino porque indica la extensión de la prueba durante todo el curso de la historia. San Pedro nos advierte: “Sed sobrios, velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe” (1Pe 5, 8).
Me conmueve pensar en el camino de Jesús en el desierto al comenzar la Cuaresma. Jesús es conducido al desierto y allí se le acerca el tentador: “En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo”.

Jesús fue llevado al desierto. Una voz en su corazón le invitó a irse. Se dejó llevar. Cedió al Espíritu y fue a buscar el querer de su Padre en la soledad del desierto. Para estar más solo. Para hablar con su Padre de tantas preguntas que han ido creciendo en su corazón.
Siento en ocasiones que Dios me abandona. Y entonces me asusta el futuro. Siento que Dios se olvida de mí. Lo siento así a veces, aunque la cabeza me diga otra cosa.

Me dice mi fe que Dios es esa madre que nunca olvida a su hijo. Pero luego en mi cansancio, en mis fracasos, en mi desidia, tengo miedo. Dudo cuando no soy el que quiero ser y no llego a la meta.
A veces voy tan rápido por la vida que no me detengo a contemplar la belleza. No veo a Dios escondido en cosas pequeñas del día. Jesús mira a los hombres heridos. Mira también el cielo, el lago, el campo. Y me invita a mirar, a soñar, a fijarme en la vida. Me pide que levante los ojos, que me pare un momento en mis agobios y mire alrededor.
¿A qué amo estoy sirviendo? “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. Dios o el dinero. Dios o el poder. Dios o la fama. Dios o los éxitos. ¿A quién sirvo?
No es una respuesta sencilla. No vivo escondido del mundo. No vivo olvidado de los hombres. Solo ante Dios. En sus manos. Muchas veces me turba el mundo y todo lo que me ofrece. Quiero pensar sólo en Dios. Vivir sólo en su presencia. Pero no lo logro.
Hoy en día basta con hacer click en “me gusta” o “seguir” en una página de Facebook, Instagram o de las múltiples aplicaciones de redes sociales para poder seguir a alguien, ya sea una persona o un grupo, una marca o una idea. Así es muy fácil seguir a una persona. No me tengo que mover del sofá ni salir de mi casa. Cuando me aburro le doy a “dejar de seguir” y listo.

Muchas veces surge esta pregunta en mi alma: ¿Qué espera Dios de mí cada mañana? Vivo con el peso de esa pregunta. Me pregunto continuamente si lo que hago está bien o está mal. Dudo con frecuencia si lo que estoy viviendo es lo que Dios quiere o lo que yo deseo.

Miro a Dios que a su vez me mira cuando actúo. Y siento que no logro ser fiel a sus planes. Percibo que no estoy a la altura de lo esperado por los hombres. No siempre veo en sus ojos misericordia. A veces, culpa de mis prejuicios, veo reprobación cuando caigo y no soy fiel.
No sé ver a Dios en la apariencia de la carne. No lo veo en mí mismo. Y yo soy templo suyo. Cada vez que lo recibo me lleno de su presencia. Cada vez que me detengo a hacer oración en silencio. Pero luego tantas veces me olvido. Olvido que Dios vive en mi alma.

Me hace bien pensar en las palabras de santa Teresa en las Moradas: “El verdadero amante en toda parte ama y siempre se acuerda del amado”. 
Pese a las críticas y a la persecución que sabría que podrían producir sus palabras, el arzobispo de Granada, Javier Martínez, volvió a alertar de las consecuencia de la ideología de género. Y lo hizo en la homilía que pronunció el pasado domingo en la catedral. El prelado advirtió del adoctrinamiento que se está produciendo y dijo que esta ideología "trata de imponerse como ley en la educación de los niños".
El otro día leía: “Todo lo que experimentamos en las relaciones humanas sucede al mismo tiempo con Dios. Si queremos saber cómo nos relacionamos con Jesucristo, lo podemos deducir fácilmente a partir de nuestras relaciones humanas. Cada uno trata a Dios como trata a sus semejantes”.

La forma como me relaciono con Dios suele coincidir con la forma como lo hago con los hombres. Miro a Dios igual que miro a los hombres. Lo tengo claro.
Pienso en los pasos tranquilos de Jesús sobre las aguas. Oigo su voz calmando el mar en la tormenta. En ese mar de Galilea. Su voz profunda como el sonido de las aguas. Su mano firme sosteniendo el remo, el timón, la vela. Su mano acariciando el agua al compás de los remos.
Me duelen mis negaciones. Mis traiciones ocultas y silenciosas. Quiero hacerlo todo bien y detesto el fracaso y la traición. Pero no logro vencer siempre. Fallo y me quedo dormido. Como los discípulos a una distancia de tiro de piedra mientras Jesús lucha entre la vida y la muerte en el Huerto de los Olivos.

Necesito más valor para dejar tantas cosas que me hacen cobarde. Me gustaría ser más niño. Muchas veces no veo a Jesús y desconfío, no creo en la victoria. Me dan miedo la vida y los problemas. No veo sus pasos junto a los míos. Su carne sosteniendo la mía. Escondido yo en su carne. Él en mi carne.

Quisiera ir más allá de mi fragilidad y tocar a Jesús. Romper los muros que no me dejan crecer. Pienso en Jesús pobre. Me da miedo ser pobre y endeble. Me asusta la pobreza y la vulnerabilidad. Acaricio su mano débil. Acaricia Él mis manos débiles. Me sobrepasa su amor que viene sobre mí.
Hoy Jesús responde a esa pregunta que yo mismo guardo: ¿La ley? ¿Basta con cumplirlo todo? “Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley”. Cumplir o no ser capaz de cumplir. Exigir a otros que cumplan sin saber lo que viven en su corazón. La norma. ¿Es siempre la medida de la vida?
Hoy Jesús me dice cosas sencillas. Seré grande si sigo su voz: “Quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos”. Pero a veces lleno mi vida de mandamientos y exigencias. Cargo pesados fardos sobre mi espalda. Quiero cumplirlo todo y me frustro al no lograrlo.
No sé por qué me gustan tanto las piedras sagradas. Hic significa aquí. Aquí nació, murió, vivió, amó Jesús en la tierra. En Tierra Santa los lugares están llenos de vida. De alma. Son sagrados. Son piedras y grutas sagradas. Son historia santa.

La vida se conjuga en presente. En un momento. En un lugar. Todo sucede así. Siempre hay un hic y un nunc. Un aquí y un ahora. Una palabra. Un abrazo. Una pisada. Una mano que salva. Que toca y cura. Un hoy. Un presente.

Y al volver al lugar de entonces es como si pudiera oír de nuevo las mismas palabras. Como si percibiera una melodía sostenida en el aire, retenida en el tiempo. En un presente eterno que nunca muere.

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