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Miqueas 5, 2-5;
Hebreos 10, 5-10;
Lucas 1, 39-48a
El último domingo de Adviento es el que debe preparar inmediatamente a la Navidad. Las compras ya deberían estar hechas, y tal vez estamos un poco más disponibles para pensar también en el sentido religioso de la fiesta. El Evangelio es el de la Visitación de María a Isabel, que finaliza con el Magnificat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva»
No parece que la parábola del rico necio tenga mucho que ver con el tiempo de Adviento, y, sin embargo, necesito recordarla antes de entrar en el misterio de este domingo:

“Las tierras de un hombre rico dieron una gran cosecha… Entonces se dijo: Amigo, tienes muchos bienes almacenados para muchos años: túmbate, come, bebe y date la buena vida”.

De este hombre se podría decir aquello de que “era tan pobre que sólo tenía riquezas”.  Este hombre, aunque nadie en aquella noche le hubiese reclamado la vida, habría sido en todo caso un condenado al aburrimiento: túmbate, come, bebe, deja de preocuparte, disfruta la vida.

Necesitaba recordar esa parábola porque nos ofrece la contrafigura perfecta del Adviento, nos acerca al hombre del Adviento imposible, a un insensato atrapado en el espejismo de su granero lleno. Intenta, si puedes, dejarle el mensaje del Adviento: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”. Serán para él palabras sin sentido. Él no espera a nadie; él no espera nada: ¡Tiene el granero lleno!

“Estad siempre alegres en el Señor”: Las palabras del mandato son palabras para pobres, para hombres y mujeres de granero escaso en bienes y con espacio para la esperanza; son palabra para expertos en zozobras, en incertidumbres, en debilidades, en humanidad;  son palabras de gracia para ti, Iglesia amada de Dios, para ti que estás en expectación y te preguntas por la venida de tu Señor.

“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”. Está cerca el que te ama: “Él se goza y se complace en ti”. Está cerca el que tú amas: “¡Qué grande en medio de ti el Santo de Israel!” Está cerca tu salvador.

La palabra profética anuncia su venida, la eucaristía la prefigura y la realiza, tus pobres la anticipan para ti. Hoy, por la fe y la caridad, tú escuchas la palabra del que esperas, lo recibes en comunión, lo abrazas en tus pobres. Hoy, por la fe y la caridad, el Señor está tan cerca de ti que está para siempre contigo en la palabra inspirada que escuchas y acoges, en el pan consagrado que comulgas, en el pobre a quien abrazas y cuidas.

“Estad siempre alegres en el Señor. El Señor está cerca”. En esa tierra tuya de comunidad pobre, verdea ya la mies de la justicia y la fidelidad: ¡El Señor será tu cosecha! ¡Y tú serás cosecha de Dios!
Feliz domingo.
+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger
pastoralsantiago.es
Jeremías 33 14-16;
1 Tesalonicenses 3, 12-4,2;
Lucas 21, 25-28.34-36

El otoño es el tiempo ideal para meditar sobre los temas humanos. Tenemos ante nosotros el espectáculo anual de las hojas que caen de los árboles. Desde siempre se ha visto en él una imagen del destino humano. Una generación viene, una generación se va...
Daniel 7, 13-14;
Apocalipsis 1, 5-8;
Juan 18, 33b-37

En el Evangelio de este domingo, Pilato pregunta a Jesús: «¿Eres tú el Rey de los judíos?», y Jesús responde: «Sí, como dices, soy Rey». Poco antes, Caifás le había dirigido la misma pregunta de otra forma: «¿Eres tú el Hijo de Dios bendito?», y también esta vez Jesús respondió afirmativamente: «Sí, yo soy». Es más: según el Evangelio de Marcos [Mc, 14, 62. Ndt.], Jesús reforzó esta respuesta, citando y aplicándose aquello que el profeta Daniel había dicho del Hijo del hombre que viene entre las nubes del cielo y recibe el reino que nunca pasará (primera lectura). Una visión grandiosa en la que Cristo aparece dentro de la historia y por encima de ella, temporal y eterno. 
1 R 17, 10-16
Hebreos 9, 24-28
Marcos 12, 38-44


Un día, estando frente al arca del tesoro del templo, Jesús observa a los que allí echan limosnas. Se fija en una viuda pobre que deposita allí todo cuanto tiene: dos moneditas, o sea, la cuarta parte de un as. Entonces, se vuelve a sus discípulos y dice: «Os digo en verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba; ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir».
La revista católica mensual Magnificat, que se distribuye en todo el mundo en nueve idiomas, entre ellos el español (con una edición para España y otra para las Américas), ha sido protagonista reciente de un reportaje en el diario francés Le Figaro, donde la categorizan como "un fenómeno social", cuyos lectores forman una gran familia en crecimiento constante. Lo reproducimos a continuación:
Deborah y Monica no se dejan abatir. Es el sábado 6 de octubre y, con paso decidido, atraviesan el vestíbulo del inmenso Kings Theatre de Brooklyn, en Nueva York. La más joven tiene sesenta años, son americanas, negras, católicas y orgullosas de serlo. En el contexto explosivo de los casos de abuso sexual que envenenan el catolicismo estadounidense, ellas afirman sin complejos: "Somos 100% católicas. Nos reunimos para reforzar nuestra comunidad. ¡Es el momento de reconstruir!". Con una vitalidad desbordante, vuelven a ponerse en marcha alzando los brazos, riéndose. Por nada al mundo se perderían el inicio de una jornada prometedora. Un Magnificat Day, en el que se unen a otros tres mil fieles para rezar, compartir, consolarse.
Deuteronomio 6, 2-6
Hebreos 7, 23-28
Marcos 12, 28b-34

Un día se acercó a Jesús uno de los escribas, preguntándole cuál era el primer mandamiento de la Ley y Jesús respondió citando las palabras de ésta: «Escucha Israel: el Señor es nuestro Dios, uno sólo es el Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas», que hemos oído, e hizo de ellas el «primero de los mandamientos». Pero Jesús añadió de inmediato que hay un segundo mandamiento semejante a éste, y es: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». 
Jeremías 31, 7-9;
Hebreos 5, 1-6;
Marcos 10, 46-52

El pasaje del Evangelio relata la curación del ciego de Jericó, Bartimeo... Bartimeo es alguien que no deja escapar la ocasión. Oyó que pasaba Jesús, entendió que era la oportunidad de su vida y actuó con rapidez. La reacción de los presentes («le gritaban para que se callara») pone en evidencia la inconfesada pretensión de los «acomodados» de todos los tiempos: que la miseria permanezca oculta, que no se muestre, que no perturbe la vista y los sueños de quien está bien. 
Isaías 53, 2a. 3a. 10-11
Hebreos 4, 14-16
Marcos 10, 35-45

«Entonces Jesús, llamándoles, les dijo: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos”». Después de aquél sobre las riquezas, el Evangelio de este domingo nos da a conocer el juicio de Cristo sobre otro de los grandes ídolos del mundo: el poder. Tampoco el poder es intrínsecamente malo, como no lo es el dinero. Dios se define a sí mismo «el omnipotente» y la Escritura dice que «el poder pertenece a Dios» (Sal 62, 12).
Génesis 2, 18-24
Hebreos 2, 9-11
Marcos 10, 2-16

El tema de este XXVII Domingo es el matrimonio. La primera lectura comienza con las bien conocidas palabras: «Dijo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté sólo. Voy a hacerle una ayuda adecuada». En nuestros días el mal del matrimonio es la separación y el divorcio, mientras que en tiempos de Jesús lo era el repudio. En cierto sentido, éste era un mal peor, porque implicaba también una injusticia respecto a la mujer que aún persiste, lamentablemente, en ciertas culturas. El hombre, de hecho, tenía el derecho de repudiar a la propia esposa, pero la mujer no tenía el derecho de repudiar a su propio marido. 

Dos opiniones se contraponían, respecto al repudio, en el judaísmo. Según una de ellas, era lícito repudiar a la propia mujer por cualquier motivo, al arbitrio, por lo tanto, del marido; según la otra, en cambio se necesitaba un motivo grave, contemplado por la Ley. Un día sometieron esta cuestión a Jesús, esperando que adoptara una postura a favor de una u otra tesis. Pero recibieron una respuesta que no se esperaban: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón [Moisés] escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Dios los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre».

La ley de Moisés acerca del repudio es vista por Cristo como una disposición no querida, sino tolerada por Dios (como la poligamia u otros desórdenes) a causa de la dureza de corazón y de la inmadurez humana. Jesús no critica a Moisés por la concesión hecha; reconoce que en esta materia el legislador humano no puede dejar de tener en cuenta la realidad de hecho. Pero repropone a todos el ideal originario de la unión indisoluble entre el hombre y la mujer («una sola carne») que, al menos para sus discípulos, deberá ser ya la única forma posible de matrimonio. 

Sin embargo Jesús no se limita a reafirmar la ley; le añade la gracia. Esto quiere decir que los esposos cristianos no tienen sólo el deber de mantenerse fieles hasta la muerte; tienen también las ayudas necesarias para hacerlo. De la muerte redentora de Cristo viene una fuerza –el Espíritu Santo– que empapa todo aspecto de la vida del creyente, incluido el matrimonio. Éste incluso es elevado a la dignidad de sacramento y de imagen viva de su unión esponsalicia con la Iglesia en la cruz (Ef 5, 31-32).

Decir que el matrimonio es un sacramento no significa sólo (como a menudo se cree) que en él está permitida y es lícita y buena la unión de los sexos, que fuera de aquél sería desorden y pecado; significa –más todavía– decir que el matrimonio se convierte en un modo de unirse a Cristo a través del amor al otro, un verdadero camino de santificación. 

Esta visión positiva es la que mostró tan felizmente el Papa Benedicto XVI en su Encíclica Deus caritas est, sobre amor y caridad. El Papa no contrapone en ella la unión indisoluble en el matrimonio a otra forma de amor erótico; pero la presenta como la forma más madura y perfecta desde el punto de vista no sólo cristiano, sino también humano. 

«El desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza -dice- conlleva el que ahora aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad -sólo esta persona-, y en el sentido del “para siempre”. El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad» [n. 6].

Este ideal de fidelidad conyugal nunca ha sido fácil (¡adulterio es una palabra que resuena siniestramente hasta en la Biblia!); pero hoy la cultura permisiva y hedonista en la que vivimos lo ha hecho inmensamente más difícil. La alarmante crisis que atraviesa la institución del matrimonio en nuestra sociedad está a la vista de todos. Legislaciones civiles, como la del gobierno español, que permiten (¡e indirectamente, de tal forma, alientan!) iniciar los trámites de divorcio apenas pocos meses después de vida en común. Palabras como: «Estoy harto de esta vida», «Me marcho», «Si es así, ¡cada uno por su lado!», ya se pronuncian entre cónyuges a la primera dificultad. (Dicho sea de paso: creo que un cónyuge cristiano debería acusarse en confesión del simple hecho de haber pronunciado una de estas palabras, porque el solo hecho de decirla es una ofensa a la unidad y constituye un peligroso precedente psicológico). 

El matrimonio sufre en ello la mentalidad común del «usar y tirar». Si un aparato o una herramienta sufre algún daño o una pequeña abolladura no se piensa en repararlo (han desaparecido ya quienes tenían estos oficios), se piensa sólo en sustituirlo. Aplicada al matrimonio, esta mentalidad resulta mortífera. 

¿Qué se puede hacer para contener esta tendencia, causa de tanto mal para la sociedad y de tanta tristeza para los hijos? Tengo una sugerencia: ¡redescubrir el arte del remiendo! Sustituir la mentalidad del «usar y tirar» por la del «usar y remendar». Casi nadie hace ya remiendos. Pero si no se hacen ya en la ropa, hay que practicar este arte del remiendo en el matrimonio. Remendar los desgarrones. Y remendarlos enseguida. 

San Pablo daba óptimos consejos al respecto: «Si os airáis, no pequéis; no se ponga el sol mientras estéis airados, ni deis ocasión al Diablo», «Soportaos unos a otros y perdonaos mutuamente si alguno tiene queja contra otro», «Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas» (Ef 4, 26-27; Col 3, 13; Ga 6, 2).

Lo importante que hay que entender es que en este proceso de desgarrones y recosidos, de crisis y superaciones, el matrimonio no se gasta, sino que se afina y mejora. Percibo una analogía entre el proceso que lleva hacia un matrimonio exitoso y el que lleva a la santidad. En su camino hacia la perfección, los santos atraviesan a menudo la llamada «noche oscura de los sentidos» en la que ya no experimenta ningún sentimiento, ningún impulso; tienen aridez, están vacíos, hacen todo a fuerza de voluntad y con fatiga. Después de ésta, llega la «noche oscura del espíritu» en la que no entra en crisis sólo el sentimiento, sino también la inteligencia y la voluntad. Se llega a dudar de que se esté en el camino adecuado, si es que acaso no ha sido todo un error; oscuridad completa, tentaciones sin fin. Se sigue adelante sólo por fe. 

¿Entonces todo se acaba? ¡Al contrario! Todo esto no era sino purificación. Después de que han pasado por estas crisis, los santos se dan cuenta de cuánto más profundo y más desinteresado es ahora su amor por Dios, respecto al de los comienzos. 

A muchas parejas no les costará reconocer en ello su propia experiencia. También han atravesado frecuentemente, en su matrimonio, la noche de los sentidos en la que falta todo arrebato y éxtasis de aquellos, y si alguna vez lo hubo, es sólo un recuerdo del pasado. Algunos conocen también la noche oscura del espíritu, el estado en que entra en crisis hasta la opción de fondo y parece que no se tiene ya nada en común. 

Si con buena voluntad y la ayuda de alguien se logran superar estas crisis, se percibe hasta qué punto el impulso y el entusiasmo de los primeros días era poca cosa, respecto al amor estable y la comunión madurados en los años. Si primero el esposo y la esposa se amaban por la satisfacción que ello les procuraba, hoy tal vez se aman un poco más con un amor de ternura, libre de egoísmo y capaz de compasión; se aman por las cosas que han pasado y sufrido juntos.
Raniero Cantalamessa
ReligiónenLibertad
Números 11, 25-29
Santiago 5, 1-6
Marcos 9, 38-43, 45, 47-48


Uno de los apóstoles, Juan, vio expulsar demonios en nombre de Jesús a uno que no era del círculo de los discípulos y se lo prohibió. Al contarle el incidente al Maestro, se oye que Él responde: «No se lo impidáis... El que no está contra nosotros, está por nosotros».

Se trata de un tema de gran actualidad. ¿Qué pensar de los de fuera, que hacen algo bueno y presentan las manifestaciones del Espíritu, sin creer aún en Cristo y adherirse a la Iglesia? ¿También ellos se pueden salvar?
Isaías 50, 5-9a;
Santiago 2, 14-18;
Marcos 8, 27-35

Los tres [evangelios] sinópticos refieren el episodio de Jesús, cuando en Cesarea de Filipo preguntó a los apóstoles cuáles eran las opiniones de la gente sobre Él. El dato común en los tres es la respuesta de Pedro: «Tú eres el Cristo». Mateo añade: «El Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), que podría, si embargo, ser una manifestación debida a la fe de la Iglesia después de la Pascua. 
1 R 19, 4-8;
Efesios 4, 30-5, 2;
Juan 6, 41-51

 
El discurso eucarístico del capítulo sexto de Juan se desarrolla según una marcha del todo especial que podemos llamar en espiral, o en escalera de caracol. En ésta, se tiene la impresión de girar siempre sobre uno mismo, pero en realidad en cada vuelta se pasa a un nivel un poco más alto (o más bajo, si se desciende). Igual sucede aquí. Jesús parece volver continuamente sobre los mismos temas, pero mirando bien, cada vez se introduce un elemento nuevo que nos va llevando más arriba (o nos va haciendo profundizar más) en la contemplación del misterio. El elemento nuevo y la nota dominante del pasaje de hoy tienen que ver con el pan. Hasta cinco veces se repite esta palabra.
2 R 4, 42-44;
Efesios 4, 1-6;
Juan 6, 115

Durante varios domingos el Evangelio está tomado del discurso que pronunció Jesús sobre el pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm, y que refiere el evangelista Juan. El pasaje de este domingo viene del episodio de la multiplicación de los panes y los peces, que hace de introducción al discurso eucarístico.

No es casualidad que la presentación de la Eucaristía comience con el relato de la multiplicación de los panes. Con ello se viene a decir que no se puede separar, en el hombre, la dimensión religiosa de la material; no se puede proveer a sus necesidades espirituales y eternas, sin preocuparse, a la vez, de sus necesidades terrenas y materiales.

Fue precisamente ésta, por un momento, la tentación de los apóstoles. En otro pasaje del Evangelio se lee que ellos sugirieron a Jesús que despidiera a la multitud para que fuera a los pueblos vecinos a buscar qué comer. Pero Jesús respondió: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mateo 14, 16). Con ello Jesús no pide a sus discípulos que hagan milagros. Pide que hagan lo que puedan. Poner en común y compartir lo que cada uno tiene. En aritmética, multiplicación y división son dos operaciones opuestas, pero en este caso son lo mismo. ¡No existe «multiplicación» sin «partición» (o compartir)!

Este vínculo entre el pan material y el espiritual era visible en la forma en que se celebraba la Eucaristía en los primeros tiempos de la Iglesia. La Cena del Señor, llamada entonces agape, acontecía en el marco de una comida fraterna, en la que se compartía tanto el pan común como el eucarístico. Ello hacía que se percibieran como escandalosas e intolerables las diferencias entre quien no tenía nada que comer y quien se «embriagaba» (1 Co 11, 20-22). Hoy la Eucaristía ya no se celebra en el contexto de la comida común, pero el contraste entre quien tiene lo superfluo y quien carece de lo necesario no ha disminuido, es más, ha asumido dimensiones planetarias.

Sobre este punto tiene algo que decirnos también el final del relato. Cuando todos se saciaron, Jesús ordena: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Nosotros vivimos en una sociedad donde el derroche es habitual. Hemos pasado, en cincuenta años, de una situación en la que se iba al colegio o a la Misa dominical llevando, hasta el umbral, los zapatos en la mano para no gastarlos, a una situación en la que se tira el calzado casi nuevo para adaptarse a la moda cambiante.

El derroche más escandaloso sucede en el sector de la alimentación. Una investigación del ministerio de Agricultura de los Estados Unidos revela que una cuarta parte de los productos alimentarios acaba cada día en la basura, por no hablar de lo que se destruye deliberadamente antes de que llegue al mercado. Jesús no dijo aquel día: «Destruid los trozos sobrantes para que el precio del pan y del pescado no baje en el mercado». Pero es lo que precisamente se hace hoy.

Bajo el efecto de una publicidad machacona, «gastar, no ahorrar» es actualmente la contraseña en la economía. Cierto: no basta con ahorrar. El ahorro debe permitir a los individuos y a las sociedades de los países ricos ser más generosos en la ayuda a los países pobres. Si no, es avaricia más que ahorro. 
Raniero Cantalamessa
ReligiónenLibertad
Jeremías 23, 1-6;
Efesios 2, 1318;
Marcos 6, 30-34
 
En el pasaje del Evangelio Jesús invita a sus discípulos a separarse de la multitud, de su trabajo, y retirarse con Él a un «lugar solitario». Les enseña a hacer lo que Él hacía: equilibrar acción y contemplación, pasar del contacto con la gente al diálogo secreto y regenerador con uno mismo y con Dios.
Sabiduría 1, 1315-2,23-25;
2 Corintios 8,7.9. 1315;
Marcos 5, 21-43

El pasaje del Evangelio de este domingo está hecho de escenas que se suceden rápidamente en lugares distintos. Está ante todo la escena a orillas del lago. Jesús está rodeado de un gran gentío cuando un hombre se arroja a sus pies y le dirige una súplica: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Jesús deja a la mitad su discurso y se pone en marcha con el hombre hacia su casa.
Job 38, 811; 2
Corintios 5, 1417;
Marcos 4, 35-41

El Evangelio de este Domingo es el de la tempestad calmada. Al atardecer, después de una jornada de intenso trabajo, Jesús sube a una barca y les dice a los apóstoles que vayan a la otra orilla. Agotado por el cansancio, se duerme en popa. Mientras tanto se levanta una gran tempestad que anega la barca. Asustados, los apóstoles, despiertan a Jesús, gritándole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Tras levantarse, Jesús ordena al mar que se calme: «¡Calla, enmudece!». El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Después, les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?».
La vida cristiana se desarrolla totalmente en el signo y en presencia de la Trinidad. En la aurora de la vida, fuimos bautizados «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» y al final, junto a nuestra cabecera, se recitarán las palabras: «Marcha, oh alma Cristiana de este mundo, en el Nombre de Dios, el Padre omnipotente que te ha creado, en el nombre de Jesucristo que te ha redimido, y en el nombre del Espíritu Santo que te santifica».
Hechos 2, 1-11;
1 Corintios 12, 3b-7.12-13;
Juan 20, 19-23

El sentido de Pentecostés se contiene en la frase de los Hechos de los Apóstoles: «Quedaron todos llenos del Espíritu Santo». ¿Qué quiere decir que «quedaron llenos del Espíritu Santo» y qué experimentaron en aquel momento los apóstoles? Tuvieron una experiencia arrolladora del amor de Dios, se sintieron inundados de amor, como por un océano. Lo asegura San Pablo cuando dice que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Todos los que han tenido una experiencia fuerte del Espíritu Santo están de acuerdo en confirmar esto. El primer efecto que el Espíritu Santo produce cuando llega a una persona es hacer que se sienta amada por Dios por un amor tiernísimo, infinito.
Hechos 1,1-11;
Efesios 1,17-23;
Marcos 16,15-20

La solemnidad de la Ascensión de Jesús «al cielo» es una ocasión para que nos aclaremos de una vez por todas las ideas sobre qué entendemos por «cielo». En casi todos los pueblos, el cielo se identifica con la morada de la divinidad. También la Biblia utiliza este lenguaje espacial. «Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz en la tierra a los hombres». Con la llegada de la era científica, este significado religioso de la palabra «cielo» entró en crisis. Para el hombre moderno el cielo es el espacio en el que se mueve nuestro planeta y todo el sistema solar, y nada más. Conocemos la salida atribuida a un astronauta soviético, de vuelta de su viaje por el cosmos: «¡He recorrido mucho el espacio y no he encontrado por ninguna parte a Dios!».

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