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Vivía en una casa, vigilado por un soldado. Allí convocó a los principales de los judíos y allí acudían seguidores del nuevo Camino, el que siguió Pablo cuando cayó de sus seguridades y pasó a seguir a Jesús como Apóstol suyo.

Dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, al final de sus páginas, que Pablo tenía cada vez más gente que le visitaba. Él anunciaba el Reino de Dios y daba testimonio de Cristo crucificado por nuestras culpas, y resucitado para nuestra justificación. De la mañana a la tarde, les hacía ver cómo el hecho de Cristo estaba anunciado por Moisés y por los escritos proféticos. A pesar de todo había algunos descreídos, de los que Pablo se daba razón recordando las palabras de Isaías “con el oído oiréis y no entenderéis y mirando miraréis y no veréis”. La culpa se encontraba en el corazón embotado que algunos tenían.

El Señor había mandado anunciar la Buena Noticia a los Gentiles, y eso había llevado a cabo Pablo. De ordinario, los gentiles se alegraban al escuchar la Buena Noticia: los judíos solían rechazarla, por considerar que ellos tenían la verdad, que se hallaba en la Ley de Moisés, y que el Mesías esperado no había llegado todavía.

San Pablo estuvo dos años en esa zona que hoy se denomina “el Gheto”, anunciando con libertad el Reino de Dios y a Jesús de Nazaret como el Mesías esperado, que vino a salvar al hombre.

San Lucas no nos dice más. El libro se cierra ahí. Sabemos que San Pablo, al fin, fue decapitado en la Vía Apia. Su juicio tardó en consumarse: por eso el Apóstol ha dispuesto de tiempo para anunciar el Evangelio por todas partes, sin discriminar a nadie.
José Fernández Lago
pastoralsantiago.es
Foto: Miguel Castaño
Después de tres meses, se hicieron a la vela en Dióscuros, una nave de Alejandría, que había invernado en la isla. Se dirigieron a Siracusa, al Sur de Sicilia, y allí se detuvieron tres días. Desde Siracusa, yendo por la costa, alcanzaron llegar a Regio: lo que hoy se denomina Reggio Calabria, en el extremo Sur de la bota de Italia, con el mar que los separa de Sicilia. Un día más tarde, dejándose llevar del viento del Sur, se dejaron conducir hacia el Norte de Italia y llegaron a Puzol, un lugar hoy conocido como Pozzuoli, en el Mar Tirreno.

En Pozzuoli había creyentes en Cristo, que los recibieron llenos de gozo, y les pidieron que se quedaran con ellos algún tiempo. Ellos permanecieron allí siete días.

De nuevo, se echaron a la mar, y llegaron al Foro Apio y a Tres Tabernas. Los cristianos de allí salieron a recibirlos; y, al verlos Pablo, su espíritu cobró ánimo.

Ya en Roma, le permitieron a Pablo vivir en una casa particular, con un soldado que lo custodiase. Tres días después convocó a los principales entre los judíos. Pudo de ese modo dirigirles la palabra. Les indicó que, no habiendo hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones de los padres, habiendo sido hecho prisionero en Jerusalén, fue entregado en manos de los romanos, quienes, después de interrogarle, querían ponerle en libertad; pero, al arremeter contra él los judíos, tuvo que apelar al César. Al llegar a Roma, los convocó para que salieran en su ayuda, pues por la esperanza de Israel lleva las cadenas. Ellos asintieron a continuar escuchándole.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
Cuando Pablo animó a los que iban en la nave a tomar alimento, él también se asoció a los que comían, dando gracias a Dios. Eran en total doscientas setenta y seis personas. Después de que hubieron comido, echaron al mar el trigo que les quedaba.

Por la mañana, percibieron una ensenada con su playa, de modo que tomaron ese rumbo e hicieron lo posible por llegar hasta allí. Al fin, encallaron la nave, aunque la popa era víctima de la fuerza de las olas. Entonces llegaron a pensar en matar a los presos, para evitar de ese modo que se escaparan. Sin embargo el centurión, queriendo salvar a Pablo, impidió que llevara a cabo ese plan, y dio orden de que, quienes supiesen nadar, fueran los primeros en saltar al agua y dirigirse a tierra. Los demás, debían valerse de algunas tablas o de alguna pieza de la nave, para evitar ahogarse y alcanzar como meta la isla de Malta.

Llovía y hacía frío. Entonces los malteses dieron ejemplo de una gran humanidad, pues hicieron fuego y les dejaron calentarse.

Pablo echó mano de ramas secas, pero una víbora se le colgó de la mano. Los nativos interpretaron que se trataría de un homicida, a quien el Dios Justo no le permitía vivir. Sin embargo Pablo, sacudiendo la serpiente en el fuego, se libró de todo mal. Al ver ellos que no le sucedía nada malo, pensaron entonces que era un dios. El primero de la isla los acogió tres días. Después San Pablo se lo compensó, curando a su padre, después de haber orado e impuesto sus manos. Curó también a otros enfermos; y los habitantes del lugar, se lo compensaron proveyéndoles de lo necesario para el viaje.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
A poco de abandonar la isla de Creta, se desencadenó un fuerte temporal, de modo que la nave no podía hacer frente al viento, e iba a la deriva. Intentaron protegerse, merced a un islote llamado Clauda, y al fin pudieron adueñarse de la embarcación, aunque, por miedo a ir contra la Sirte, prefirieron arrear cuerda y dejarse ir a la deriva. No les quedó otro remedio que soltar lastre. Así estuvieron varios días, tiempo en que ni el sol ni las estrellas se dejaban ver.

Por supuesto, todos los que se encontraban a bordo llevaban varios días sin probar bocado, y su esperanza de salvación era mínima. Pablo les recordó la sugerencia que les hizo, cuando les recomendaba no salir de Creta, para ahorrarse situaciones límites como aquella en la que se encontraban. De todos modos, se atrevió a pronosticar que, aunque hubiera pérdidas en el material de la nave, no iba a haber muertes entre los que allí se hallaban. Se basaba Pablo en una revelación de un ángel de Dios, que le había dicho que Dios le había concedido la gracia de preservar a cuantos navegaban con él. Por ello animaba a todos a tener buen ánimo, apoyado en la fe que Pablo tenía en Dios. Y añadía: iremos a dar a una isla.

Después de catorce noches navegando sin rumbo por el Adriático, después de hacer algunos sondeos y vieron que cada vez había menos profundidad. Se alegraron, aunque al mismo tiempo tenían miedo de ir contra algún escollo. Pablo le aconsejó a la tripulación que bajaran en los salvavidas, mientras ellos quedaban en la nave. Pablo exhortó a todos a tomar alimento, pues llevaban catorce días sin comer.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
Agripa le cede la palabra a Pablo, que le agradece el hablar ante él, siendo Agripa conocedor de la religión judía y de sus tradiciones. Dice que era fariseo e hijo de fariseos, y que está siendo allí procesado por la esperanza de la promesa divina, que algunos judíos consideran increíble: el que Dios resucite a los muertos.

Por esa fe recibida de sus padres, consideró Pablo que debía oponerse a la causa de Jesús el Nazareno. Por ello encerró en la prisión a muchos de los cristianos, por mandato de los Sumos Sacerdotes; y así, en todas las sinagogas, se ensañaba y enfurecía más y más contra ellos, y los perseguía hasta en las ciudades extranjeras.

Con ese espíritu se dirigió a Damasco, para llevar ante el Sanedrín a algunos cristianos, para ser allí juzgados. Cuando iba de camino, una luz fulgurante del cielo, le deslumbró; y, mientras caía por tierra, oyó una voz, que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Era Jesús, que se sentía perseguido, y que deseaba hacer de él un testigo suyo ante los gentiles, para que reciban la luz y el perdón de sus pecados. A partir de entonces, anuncié a todos la llamada a la conversión, para que el Señor los perdone. Manifesté que el Mesías, anunciado por Moisés, había de sufrir, morir, y resucitar. Por decir todo eso los judíos trataban de matarme.

A Agripa, aquellas palabras le parecieron una locura. Pablo dijo que estaba en su sano juicio. Festo le dijo a Agripa que creería en los profetas; y Agripa le dijo a Pablo que casi le convencía de hacerse cristiano. Fallaron diciendo que no encontraban en él nada digno de muerte o de prisiones; y Agripa le dijo a Festo: Si no hubiera apelado al César, procedería ponerlo en libertad.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
Sucedió que Agripa II y su hermana Berenice fueron a Cesarea, a cumplimentar al procurador romano Porcio Festo. Agripa II era el rey de los territorios de Galilea, Iturea, Traconítide…, mientras que a Festo le correspondía guardar el orden en Judea y Samaria. Festo informó a Agripa sobre Pablo, a quien Félix había dejado preso. Le habló de las acusaciones de los Sumos Sacerdotes y de los ancianos de los judíos, que solicitaban una sentencia condenatoria para él. Festo le dijo a Agripa que no era costumbre de los romanos el condenar a nadie sin que el acusado tuviera frente a sí a los acusadores y pudiera defenderse de ellos con los argumentos que tuviera a su alcance. Por ello, sentado en el tribunal, pidió que se lo llevaran; y los acusadores esgrimieron ciertos problemas concernientes a su religión, y a un tal Jesús, muerto, pero que Pablo considera que está vivo. En ese estado de cosas, añadió Festo, le dije que, si quería, podía ir a Jerusalén, a ser juzgado allí. Sin embargo Pablo apeló al César, por lo cual deberá ser el Augusto quien lo juzgue. Agripa le dice a Festo que le gustaría oírle.

Al día siguiente, Festo acoge a Agripa II y Berenice, que llegan con toda elegancia a la sala de la audiencia, y pide entonces que comparezca Pablo. Indica Festo, dirigiéndose al rey y a los personajes relevantes de la ciudad, que la multitud de los judíos le pidió, tanto en Jerusalén como allí, que ese hombre no viviera más tiempo. Sin embargo él había considerado que no había hecho nada que mereciera la muerte. Por otra parte, habiendo apelado al Augusto, decidió enviarlo para ser juzgado por él. Así, con el informe que Agripa pueda dar, escribirá Festo el documento que proceda.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
Félix dio largas a la causa de Pablo, esperando que el tribuno Lisias fuera por allí. Por eso le dio orden al centurión que lo custodiase, con cierta libertad.

A los pocos días, como Drusila, la esposa de Félix, era judía, llamó a Pablo, para escuchar ambos lo que él decía de la fe en el Mesías Jesús. Pablo habló de algunas cuestiones de moral y del juicio futuro, ante lo cual, atemorizado, Félix lo mandó marchar, hasta otra ocasión. Dice el autor del libro de los Hechos que quizás esperara el Procurador que Pablo le diese algún dinero, por lo cual lo llamaba de vez en cuando para conversar con él. Pero pasaron dos años, y fue nombrado Porcio Festo sucesor de Félix. Este dejó a Pablo en la prisión.

A los tres días de la llegada de Festo a Cesarea, se dirigió a Jerusalén, para ver a los Sacerdotes Jefes y a otras autoridades del pueblo judío. Estas querían que condujera a Pablo a Jerusalén, para ser juzgado allí. Festo replicó que, teniendo él que volverse en seguida a Cesarea, consideraba que, si alguno de ellos quería ir con él, para acusarlo allí de lo que ellos consideraran importante. Así lo hicieron y allá fueron, presentando ante él muchos cargos, que no podían probar, y que encontraban el rechazo de Pablo, que afirmaba no haber cometido nada contra el templo ni contra el César. Festo le preguntó entonces a Pablo si quería subir a Jerusalén para ser juzgado allí. Pablo respondió que a él le correspondía ir al tribunal del César. Festo ratificó lo que Pablo quería: Al César irás.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
El tribuno, siguiendo los consejos del sobrino de Pablo, llama a dos centuriones y les encarga de salir de noche con doscientos soldados, para conducir a Pablo a Cesarea. De ese modo podría comparecer ante el procurador Porcio Félix, con una carta del tribuno Claudio Lisias, indicando que se lo quitó de las manos a los judíos, que intentaban matarlo. Él, enterado de que era ciudadano romano, e intentando por otra parte saber de qué crimen le acusaban, lo había conducido ante el Sanedrín; pero que no había en él nada digno de muerte ni de prisión, sino que eran cosas que tenían que ver, más que nada, con su religión. El tribuno le dice a Félix que desea que los acusadores presenten ante él sus quejas y denuncias. Los soldados cumplieron órdenes y lo condujeron de noche a Antípatris, y, dejándolo por la mañana siguiente con los de caballería, se volvieron al cuartel. Los de caballería lo entregaron a Félix, y este lo custodió en el pretorio de Herodes, hasta que llegaran sus acusadores.

Llegan cinco días después el Sumo Sacerdote Ananías con algunos ancianos y con el orador Tértulo, para cursar acusación contra Pablo. Tértulo comenzó alabando la gestión de Félix, para continuar con la acusación contra Pablo, diciendo que era una peste, que promovía alborotos contra los judíos por todo el orbe de la tierra. Por eso lo dejaban en sus manos, para que él adquiriera pleno conocimiento de lo que le acusaban.

Pablo dice que es seguidor del nuevo Camino, que ellos llaman secta, y que nunca armó alboroto con nadie. Rinde culto al Dios de sus padres, y que tiene esperanza en Dios, que algún día resucitará a justos e injustos. Alude a que estaba haciendo una ofrenda en el templo, cuando lo prendieron. Pablo considera que no hay nada reprochable en él, y que es acusado por creer en la resurrección de los muertos. Félix no quiere pronunciarse entonces y le dice al centurión que lo custodie con cierta libertad.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
El tribuno, acompañado de los soldados, mandó atar a Pablo con cadenas, al tiempo que preguntaba qué hombre era aquel y qué había hecho. La turba estaba dividida, de suerte que el tribuno prefirió llevarlo al cuartel, y con dificultad, por la presión de la turba, lo levantaron en alto y lo introdujeron en la casa. Antes de entrar, Pablo pidió que le permitiera decir algo a la gente. Le preguntaron si sabía el griego, y si era aquel egipcio que amotinó y sacó un montón de sicarios a un lugar despoblado. Pablo dijo que no, que era judío, aunque de Cilicia, de la ciudad de Tarso. Entonces, con el permiso del tribuno, se dirigió a ellos en lengua hebrea, con lo cual prestaron atención.

Pablo comenzó diciendo que era de Tarso, pero que había sido discípulo de Gamaliel allí, en Jerusalén. Celoso de la Ley, persiguió el nuevo Camino, llevando a la cárcel a hombres y mujeres. Precisamente llevaba cartas de los Sumos Sacerdotes a Damasco, para llevar presos a Jerusalén a un grupo de cristianos. Fue entonces cuando algo le deslumbró y cayó por tierra, mientras una voz le preguntaba por qué lo perseguía. Resultó ser Jesús de Nazaret, quien le mandó entrar en Damasco, y allí le envió a Ananías, para que se recuperara. Ananías le predijo que sería testigo de Cristo ante los hombres de todo lo que había visto y oído. Ya en Jerusalén, estando en el templo, fue arrebatado en éxtasis, y el Señor le dijo que le iba a enviar a naciones lejanas.

Al oír los presentes que Pablo iba a predicar a las naciones gentiles, pidieron al tribuno que hiciera desaparecer a Pablo. Continuaban vociferando, de modo que el tribuno mandó que lo llevasen a dentro del cuartel, y que lo azotaran. Fue entonces cuando Pablo apeló al césar, pues no podían azotar así, sin más, a un ciudadano romano.
José Fernández Lago
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Desde Cesarea, acompañaron a Pablo y a sus ayudantes algunos discípulos, que sabían de la casa del chipriota Menasón, habitante de Jerusalén, donde se iba a albergar Pablo. Ya en Jerusalén, les recibieron con gozo los hermanos en la fe. Fueron al día siguiente a casa de Santiago el Justo, obispo de Jerusalén, y allí se reunieron todos los presbíteros de la ciudad.

Lo primero que hizo Pablo, fue contar los frutos de su ministerio entre los gentiles. Ellos refirieron también cómo muchos judíos habían abrazado la fe y guardaban al mismo tiempo la Ley de Moisés. Sin embargo les había llegado la noticia de que Pablo enseñaba a apostatar de Moisés a todos los judíos que convivían en muchos lugares habitados por gentiles, moviendo a que no circuncidaran a sus hijos ni fueran observantes de la Ley Mosaica. Los presbíteros, por su parte, les dirían a los paganos que guardaran lo establecido en el Concilio de Jerusalén. Le dijeron a Pablo que su llegada a Jerusalén no iba a pasar desapercibida por parte de los judíos. Teniendo eso en cuenta, le aconsejaron que acompañara a cuatro hombres que habían hecho voto de nazireato; que entrara con ellos, pues se habían cumplido los días de su purificación, y que satisficiera el importe de la ofrenda en el templo.

Así lo hizo Pablo; pero llegaron allí, vociferando, judíos venidos de Asia, acosándole y proclamando que había introducido gentiles en el templo y que, de ese modo, había profanado aquel lugar. Se alborotó toda la ciudad, echaron fuera a Pablo y cerraron el templo. Denunciaron a Pablo ante el tribuno, y este mandó unos soldados, que defendieron a Pablo de los golpes de la muchedumbre.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
Sigue Pablo con sus compañeros, haciéndose a la mar, y pasan por Cos, Rodas, Pátara… Cambian de nave, para dejar Chipre a la izquierda y poner proa hacia Siria, a una parte que hoy pertenece al Líbano, como es Tiro, donde la nave debía descargar parte de lo que llevaba. Allí pasó siete días con algunos discípulos, que le desaconsejaron el ir a Jerusalén. Les acompañaron hasta el barco, con sus familias, y, ya en la playa, se pusieron unos y otros a orar, hasta que llegó el momento de subir a la nave. Esta llegó pronto a Tolemaida, donde se detuvieron un día, lo que aprovecharon para saludar a los hermanos de allí. Desde aquel lugar, pusieron proa hacia Cesarea Marítima. Esta era la ciudad que alojaba al Procurador Romano, a excepción de los días de fiesta, que acudía en Jerusalén para tratar de custodiar el orden. Sin embargo a Pablo y a sus compañeros les interesaba más bien visitar al diácono Felipe, uno de los siete, que tenía cuatro hijas vírgenes, que profetizaban, y alojarse allí.

Habiéndose detenido algunos días en Cesarea, tuvieron la visita del profeta Agabo, que venía de Jerusalén. Este echó mano a la faja de Pablo, y, atando sus pies y sus manos, manifestó como dicho por el Espíritu Santo: el dueño de esta faja será atado de este modo en Jerusalén por los judíos, que le entregarán a los gentiles. Ante esas palabras, unos y otros le aconsejaban no ir a Jerusalén. Pablo les pidió que se confortaran, pues él estaba siempre dispuesto no solo a ser encadenado, sino también a morir por el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Ellos terminaron aceptando la voluntad de Dios.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
Después de haber ido a Grecia y a Macedonia, a lo largo de este tercer Viaje Apostólico, Pablo tomó una nave para dirigirse a Aso; y de allí, subió a bordo de la de sus compañeros, para ir a Mitilene, y después a Mileto. No fue a Éfeso, entre otras cosas, por falta de tiempo, ya que deseaba estar en Jerusalén para la fiesta de Pentecostés.

Desde Mileto, mandó recado a Éfeso para que sus presbíteros se reunieran con él en Mileto. Las palabras de Pablo recuerdan los discursos de despedida de Jesús, del Evangelio según San Juan. Pablo hace un resumen de su labor apostólica entre ellos. Recuerda las asechanzas de los judíos, molestos de que Pablo considerara que los anuncios proféticos se cumplían en Jesús de Nazaret. Recuerda sus esfuerzos para servirles lo que fuera de provecho para ellos, animándolos a la penitencia y a robustecer su fe en Cristo Jesús. Ahora, conducido por el Espíritu, va a ir a Jerusalén, en donde no sabe lo que le espera, aunque el Espíritu le anticipa siempre prisiones y tribulaciones. Sin embargo quiere consumar la carrera de su ministerio apostólico, dando testimonio del Evangelio de la gracia de Dios. Les dice que no espera volver a verlos, y se considera inocente de lo que pueda pasar, pues siempre les ha anunciado el designio de Dios. Les pide que miren por ellos mismos y por toda la grey que el Espíritu Santo les ha mandado pastorear. Sabe que surgirán lobos rapaces, que enseñarán cosas perversas para atraer a las ovejas de aquella grey.

Concluye pidiendo que socorran a los débiles, y que se acuerden de las palabras de Cristo “más vale dar que recibir”. Para despedirse, oró con ellos y se abrazaron.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
En este tercer viaje apostólico, después de haber pasado Pablo tres años en Éfeso, después del problema con los plateros, salió para Macedonia. Primero se dirigió a Grecia, donde se detuvo tres meses. Ya al fin, se fue hacia el Norte, para visitar en Macedonia a las comunidades que había fundado en su segundo viaje: Filipos, Tesalónica, Berea… Le acompañaban diversos discípulos, que se adelantaron y lo esperaron en Tróade. Pablo y algún otro prefirieron esperar a que pasaran las fiestas de Pascua y los Ázimos, y después, desde Filipos, se fueron por barco a Tróade, a donde llegaron después de cinco días de travesía.

En Tróade cabe constatar, al menos, un par de acontecimientos. Por un lado, hay en el libro de los Hechos un dato por el que sabemos que el primer día de la semana se reunieron para la Fracción del Pan. El primer día de la semana es el domingo, pues el séptimo día era el sábado, cuando se dice que el creador descansó. El domingo tiene un sentido especial para el cristiano, porque es el Día de la Resurrección de Cristo. La Fracción del Pan era un modo de designar la Celebración Eucarística, la Santa Misa.

El otro acontecimiento que procede destacar es el caso de la resurrección de Eutico. Este joven estaba participando en la Eucaristía, en la estancia superior, y se cayó abajo, perdiendo su vida. Pablo se echó sobre él y animó a la gente, indicando que su espíritu estaba vivo. Volvió arriba, participaron en la Fracción del Pan, y se consolaron al ver que el muchacho vivía.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
El predicador que anuncia a Cristo y a su Iglesia no es una persona amorfa, que pueda proclamar la Buena Nueva y que ello no provoque rechazo en algunos aspectos, sobre todo los que afecten a los destinatarios de la Palabra. Pablo se encontró en Éfeso en su tercer viaje apostólico; y de allí tendrá que salir por un motín de los plateros.

Había en Éfeso un templo dedicado a Artemisa (la diosa griega que tenía su equivalente en la Diana de los romanos), y un platero llamado Demetrio. Este reunió a otros plateros y les manifestó, por un lado, la riqueza que provenía de la elaboración de estatuas de Artemisa; y por otro, el problema que les provocaba Pablo. Este, al manifestar que no son dioses los objetos que son fruto de la destreza del hombre, hacía que el negocio que ellos ostentaban se hundiera en el descrédito. De ese modo, espoleados por Demetrio, hicieron sus compañeros de profesión una manifestación por la ciudad de Éfeso. Gritaban: “Grande es la Artemisa de los efesios! De este modo, la ciudad se llenó de confusión. Ellos arrastraron incluso a Gayo y Aristarco, compañeros de viaje de Pablo. Pablo quería presentarse en el teatro donde estaba convocada la gente, y algunos discípulos le pidieron que no lo hiciera. Un tal Alejandro manifestó que Pablo y sus compañeros ni eran sacrílegos ni blasfemadores de la diosa Artemisa. Pidió que, si alguien tenía algo contra ellos, que lo denunciara, pero que no hicieran mitin.

Pablo decidió irse, y se despidió de los discípulos, antes de salir para Macedonia.

El motín de los orfebres le obligó a abandonar Éfeso y se dirigió hacia Macedonia y Acaya acompañado de algunos discípulos.

Embarca en Filipos para realizar el viaje de regreso a Jerusalén; realiza una escala en Mileto y convoca a los presbíteros de Éfeso a los que dirige uno de sus grandes discursos (Hechos 20, 17-38). Cuando llega a Tiro, se reúne con sus discípulos y hacen oración en la playa. Continúa el viaje acompañado de algunos de sus discípulos, llegando posteriormente a Jerusalén.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
La larga estancia de tres años en Éfeso, no solo sirvió para que el Apóstol le tomara cariño a la ciudad, sino que le permitió enlazar con otras comunidades cristianas creadas por él en otros momentos.

Le escribe a los Gálatas entre los años 55 y 56. No es que la comunidad cristiana de Galacia fuera la que más le atrajera a Pablo. Sin embargo tenía algo que recordarles, y en lo que insistir: no era merced a la Ley mosaica como ellos habían logrado el Espíritu, sino más bien por la fe en Cristo. A causa de esto no deben hacer caso de los judaizantes, que intentan que ellos se circunciden y aspiren a conseguir la salvación por el cumplimiento de la Ley.

También escribe, en la primavera del año 57, la 1ª de las Cartas a los Corintios que se conservan hoy. Tampoco es la de Corinto una comunidad que le proporcione al Apóstol demasiada alegría, porque, en una ciudad poco moral, tampoco los cristianos se libraban de un cierto contagio. Uno de ellos incluso estaba amancebado con la mujer de su padre, de modo que el Apóstol pide cuentas a la comunidad.

Ha sido esa 1ª Carta a los Corintios una carta eminentemente dogmática. En ella expone cuestiones tan importantes como la contraposición entre la sabiduría terrena y la sabiduría de Dios; la diferencia entre el matrimonio y la consagración virginal; la referencia, recogida de la tradición, a la institución de la Eucaristía; los carismas que el Espíritu Santo suscita en la Iglesia; el canto de la caridad, como carisma supremo; y todo un capítulo sobre la resurrección, entre otros temas. Pablo se desplaza una vez desde allí a Corinto, para solucionar problemas de la comunidad.
José Fernández Lago
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Durante la prolongada estancia de Pablo en Éfeso, en su tercer viaje apostólico, fue a la sinagoga de modo continuado, durante tres meses, discutiendo con los judíos, y tratando de persuadirlos de todo lo referente al Reino de Dios. Sin embargo más adelante, al ver que los judíos eran reacios a escuchar la palabra de Pablo, este prefirió formar un grupo aparte con los adictos, en la escuela de Tirano. Eso hizo a lo largo de dos años, de suerte que, tanto los judíos que lo deseaban, como los gentiles, pudieron escuchar la Palabra de Dios. Además realizó muchos signos, de modo que, tanto los aquejados de enfermedades, como los poseídos por espíritus inmundos, conseguían liberarse de su enfermedad o de su posesión diabólica y seguir al Señor en libertad.

Siete exorcistas judíos, hijos del Sumo Sacerdote Escevas, querían expulsar demonios de gente poseída, utilizando el nombre del Señor Jesús. Pero el espíritu malo reconoció conocer a Jesús y a Pablo, pero no así a ellos. El espíritu malo se lanzó sobre ellos y los hizo huir. Entonces los habitantes de Éfeso se plegaron a Pablo y compañeros, de tal modo que los que practicaban la magia quemaron sus libros, y la palabra de Dios cogió gran pujanza en la ciudad.

Entonces Pablo despachó a Timoteo y Erasto –dos de sus ayudantes- y se dispuso a ir a Jerusalén, pero pasando antes por Macedonia y Acaya (Sur de Grecia).
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
Después de algún tiempo en Antioquía de Pisidia, comienza Pablo su tercer viaje misionero, que comienza en la primavera del año 53. Se nos ofrecen datos de esa misión apostólica en el libro de los Hechos de los Apóstoles, desde el capítulo 18, 23, hasta el 21, 16. Si en el anterior viaje Pablo se había detenido año y medio en Corinto, ahora será en Éfeso, donde permanezca por espacio de tres años.

Al llegar a Éfeso, además de encontrar a sus conocidos Áquila y Priscila, se encontró con Agabo. Este, de origen alejandrino, dominaba las Sagradas Escrituras, y había sido instruido en el camino del Señor, aunque no conocía más que el bautismo de Juan. Fue por ello que Áquila y Priscila le expusieron con mayor exactitud el camino del Señor. A partir de entonces, sirvió de provecho a cuantos habían creído, pues, con su gran dialéctica, rebatía a los judíos, demostrando, por las Sagradas Escrituras, que Jesús era el Mesías esperado, el salvador del hombre.

En unos momentos en que Apolo estaba en Corinto, Pablo se encontró en Éfeso con unos discípulos, a los que preguntó si habían recibido el Espíritu Santo, cuando accedieron a la fe. Respondieron que nunca habían oído hablar del Espíritu Santo, pues habían recibido solo el bautismo de Juan. Entonces Pablo les explicó la diferencia entre uno y otro bautismo; e, imponiéndoles las manos, les transmitió el Espíritu Santo, de modo que empezaron a hablar en lenguas, según el Espíritu Santo les daba a entender.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
En este segundo viaje apostólico, Pablo llega por primera vez a Corinto. Esta ciudad, a la que acaricia un canal, se encontraba en el Peloponeso.

Al llegar a Corinto, Pablo se encontró con Áquila y Priscila. Habían llegado allí de Roma, expulsados, como los otros judíos, por el emperador Claudio. Tenían la misma profesión que Pablo, la de teejedores de lonas, Durante algún tiempo, Pablo realizó aquel tipo de trabajo; pero, en cuanto llegaron de Macedonia Silas y Timoteo, se dedicó por completo a la predicación. Hasta entonces solo los sábados, en la sinagoga, trataba de convencer a judíos y gentiles de que Jesús era el Mesías y el salvador del mundo. Al no encontrar demasiada acogida en los judíos, en adelante, se dirigió a los gentiles. Pasó a residir en casa de Tito Justo, cerca de la sinagoga. El archisinagogo Crispo se convirtió al Señor, con toda su familia, de suerte que, siguiéndole a él, muchos corintios se bautizaron. Pablo, escuchando lo que el Señor le decía, que estaba a su lado, se quedó en Corinto un año y medio, enseñando la palabra de Dios.

Siendo Galión Procónsul de Acaia, un grupo de judíos llevaron a Pablo ante el tribunal, acusándole de dar a Dios un culto desacorde con la Ley judía. Galión, al ver que sus problemas eran propios de la religión que profesaban, mandó despejar el tribunal. Ellos cogieron al archisinagogo y le golpearon.

Pablo se embarcó con Áquila y Priscila. Estos se quedaron en Éfeso, y él aprovechó para hablar de Cristo a los judíos. Desde allí, se fue por mar a Cesarea Marítima, sede del Procurador Romano; y, después de saludar a la Iglesia, culminó su segundo viaje yendo, desde Cesarea, a Antioquía de Siria.
José Fernández Lago
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Cuando, en este su segundo viaje apostólico, Pablo y Silas abandonaron Filipos, se dirigieron a Tesalónica, donde los judíos tenían su sinagoga. Pablo, siguiendo su costumbre, entró en la sinagoga a lo largo de tres sábados, intentando hacerles comprender que ese Jesús, a quien él anuncia, es el Mesías esperado, y que su pasión estaba ya prevista, y también su resurrección de entre los muertos. Los judíos arremetieron contra los apóstoles y contra Jasón, que los había acogido en su casa. Los hermanos los sacaron de noche, para que se dirigieran a Berea.

En Berea tuvieron buena acogida, y Pablo habló con normalidad en la sinagoga, y recibieron con buen ánimo las palabras de Pablo, escudriñando las Escrituras. Tampoco aquí faltó el revuelo, pues llegaron de Tesalónica los agitadores de algún día antes, y alborotaron a las turbas. Entonces unos hermanos recogieron a Pablo, de suerte que alcanzara el mar, para dirigirse a Atenas, mientras que Silas y Timoteo esperaban allí, hasta que pudieran ir al encuentro de Pablo.

En Atenas, Pablo se dirige al Areópago. Felicita a los atenienses por ser tan piadosos que tienen incluso un monumento al dios desconocido. Pablo dice que de ese Dios quiere hablarles él. Lo proclama como el creador de todo, que no habita lejos de nosotros, sino que “en Él vivimos, nos movemos y existimos”. Va adelante con su discurso, hasta que dice que Dios resucitó a Cristo de entre los muertos. Entonces desconectaron de lo que pudiera decirles, porque no creían en la resurrección. Sin embargo, algunos creyeron y se asociaron a Pablo.
José Fernández Lago
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Foto: Miguel Castaño
Pablo y Bernabé, que, por haber sido enviados, eran apóstoles, se dirigieron a Jerusalén. La ocasión de hacerlo la propició el hecho de que algunos bajados de Judea consideraban que lo primero que habían de hacer los que quisieran ser cristianos, era circuncidarse. Pablo y Bernabé, que habían proclamado la Buena Noticia a muchos paganos, no estaban por la labor, ya que el ser cristiano no llevaba consigo el entrar en la Iglesia de Dios como judío: más bien consideraban que, judíos y paganos, formaban en Cristo un solo Cuerpo, y no había distinciones entre ellos. Al atravesar Fenicia y Samaria, contaron cómo el Señor había abierto camino a los gentiles, y los había llenado de gozo y de paz.

En el Concilio de Jerusalén se celebró en los años 49 ó 50. Allí estuvieron, además de ellos dos, Pedro y Santiago el Justo, entre otros, para dilucidar lo que procedía hacer con los gentiles que deseaban hacerse cristianos. Pedro contó lo que había acontecido en casa de Cornelio y cómo el Espíritu Santo bajó sobre los que allí estaban: de ahí que no procedía imponerles un yugo que ellos mismos no soportaban. Santiago el Justo ve ahí el cumplimiento de las palabras de los profetas, según las cuales, para reconstruir la tienda de David, hay que abrir la puerta a los hombres de todas las naciones, para que el Nombre de Dios sea proclamado y honrado en toda la tierra. Como conclusión del Concilio, se pide a los paganos que se abstengan del culto a los ídolos, de la fornicación, de comer animales estrangulados y de la sangre. La razón de esto último es que consideraban que en la sangre estaba la vida, y que la vida pertenecía solo a Dios.
José Fernández Lago
pastoralsantiago.es
Foto: Miguel Castaño

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