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Estamos estrenando la segunda fase de la desescalada. Por fin los núcleos familiares pueden salir unidos, ambos padres con sus hijos, y disfrutar juntos del aire y el sol. Con la distancia de seguridad y sin muestras físicas de afecto, siempre que estén en la misma provincia, se puede visitar también a los abuelos.

Para los que ya no estén y tal vez no hayamos podido despedirnos de ellos, dediquemos algún recuerdo agradecido por el mucho bien que nos han hecho, por la herencia espiritual que nos han dejado, por todo el amor que nos han dado. Sigamos su modelo en aquello que nos ha ayudado.

Es también el momento de agradecer y disfrutar de los que están aquí. Y de perdonar y disculpar los momentos de tensión o los deterioros que el largo confinamiento haya podido causar. Muchos de ellos remitirán con la vuelta paulatina a la normalidad. Seamos pacientes. Respetemos los tiempos de cada uno.

Sigamos convirtiendo esta situación en tiempo de esperanza hacia el cambio, conversión hacia una humanidad más plena, donde el otro nos importe sobre todo porque es una persona; donde la familia se convierta en el núcleo de nuestra vivencia como comunidad, y, sintiendo a toda la humanidad como el pueblo elegido y llamado a la Salvación, veamos al otro, cercano y no tan cercano, como un hermano en quien confiar y a quien amar.

Seguirá habiendo momentos de dificultad y de desencuentro: forma parte del proceso de convivencia.  No os desesperéis. Los recursos psicológicos de las personas son grandes. Pero cuando la situación os supere y necesitéis la ayuda de una tercera persona, podéis contactar con nosotros. A partir de la próxima semana comenzaremos a retomar las sesiones presenciales. Nuestro teléfono es: 620 880 184.
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Foto: Miguel Castaño
Hay una tendencia muy de moda entre las familias con un solo hijo: el infante es el rey de la casa, el que manda y dicta qué se va a hacer. Al niño pequeño se le pregunta qué le apetece y se hace solo aquello para lo que él da permiso. El hijo siempre se sienta en medio de los padres. Duerme en medio de sus dos progenitores; o con uno de ellos, mientras que el otro se ha ido desplazado a otra habitación. En definitiva, se ha constituido en el “ombligo” del mundo familiar. En estos tiempos de confinamiento, la situación se convierte en un hervidero emocional, con un hijo exigente pegado las 24 horas, sin apenas espacio personal y sin sentir el apoyo del otro cónyuge, porque el vástago es prioritario. Es necesario delimitar bien los subsistemas conyugal y parental, con espacio propio para cada uno: solo así se salvaguarda la unidad familiar y se evita que el pequeño dictador se convierta en un adolescente tirano.

Es indispensable sensibilizar al niño o al adolescente para que advierta que las
malas acciones tienen consecuencias. (Francisco, La alegría de amar, 268)

Corrige a tu hijo y te dará descanso, y dará alegría a tu alma. (Prov 29, 17)
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Igual que cada cónyuge debe tener su espacio, la pareja necesita un tiempo diario en un lugar de intimidad solo para ella: vuestra habitación, una salida a pasear, comer o cenar en soledad… ¿Puedes dedicar al menos diez minutos diarios para escuchar a la persona amada y expresarle el dolor que te ha producido, cuando las emociones son intensas, o el reconocimiento por los detalles que ha tenido contigo? ¡Espacio y tiempo para escuchar, comprender y expresar en intimidad! Si las discrepancias o enfados se solucionan antes de dormir, descansaréis mejor y no se enquistarán las emociones.

Muchas veces uno de los cónyuges no necesita solución a sus problemas, sino ser escuchado (Francisco, La alegría del amor, 139)

Mis queridos hermanos, tenedlo presente: Que cada uno sea diligente para escuchar y tardo para hablar, tardo para la ira. (Sant. 1,19)
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Percibes la frialdad de tu cónyuge respecto de ti. Tal vez te dice que se siente vacío respecto de la relación, que necesita tiempo y espacio para resituarla. Habla, incluso, de una posible separación. Y eso se ha agudizado o estallado durante el confinamiento. Lejos de agobiarlo con la constante expresión verbal de tus sentimientos, lo ayudará que le demuestres tu amor con detalles que le agraden y lo ayuden, entre los que está facilitarle esos tiempo y espacio que necesita. La insistencia puede connotar interés; la paciencia y la espera son demostraciones de amor.

El amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón (Francisco, La alegría del amor, 99)

Rom. 4, 18: Contra toda esperanza, Abraham creyó y esperó, y de este modo llegó a ser padre de muchas naciones
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Cuál es tu escala de valores emocional? ¿Qué puesto ocupa en él tu cónyuge? ¿Son prioritarios para ti tus hijos, tu familia de origen, tus amigos, la institución a la que perteneces, tu trabajo? ¿Cómo te sentirías tú si descubrieses que eres el último para la persona a la que amas? ¿Serías capaz de comunicarte con ella?

Desarrollar el hábito de dar importancia real al otro (Francisco, La alegría del amor, 138)

En esto se presentó un experto en la ley y, para poner a prueba a Jesús, le hizo esta pregunta: —Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Jesús replicó: —¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú? (Lc. 25-26)
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“Mi cónyuge no me permite que le diga las cosas. No soporta que yo sepa más que él. Y siempre me critica todo. ¡No lo aguanto! ¡Es mi mayor enemigo!” ¿Quién de quién? En una relación en que uno quiere mandar y el otro se le impone se mantiene una escalada de alta tensión y gran sufrimiento. ¿Y si intentas acogerlo sin buscar educarlo ni culpabilizarlo? Ambos necesitáis nuevas maneras de relacionaros: escucharos con respeto, reconoceros lo positivo de cada uno, expresaros vuestras emociones con serenidad, hacer cosas juntos, respetar el espacio vital del otro…

En la vida familiar no puede reinar la lógica del dominio de unos sobre otros, o la competición para ver quién es más inteligente o poderoso, porque esa lógica acaba con el amor.(Francisco, La alegría del amor, 98)

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros (Mc. 9, 38-40)
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“Se me ha muerto un familiar. No he podido acompañarlo ni despedirme. ¡Cuánto sufrimiento! ¡Qué soledad! ¡Voy a estallar de dolor! Me da lo mismo todo: ya nada tiene sentido”. Los sentimientos pueden contigo y te culpabilizas. Tienes todo el derecho a estar triste; a tener miedo al cambio, al vacío…, incluso al olvido del ser querido; a sentir intensa rabia contra todo, incluso contra Dios. Esas emociones son la primera reacción a la pérdida. Date tiempo para recuperar la paz. ¿Qué cosas te pueden ayudar? Escribir cómo te sientes, llorar, recordar momentos gratificantes con tu ser querido, rezar por él, un rato de oración personal en el que puedas incluso gritarle a Dios. Es bueno tener alguien que te escuche comprensiva y respetuosamente. Si lo necesitas, estamos a tu disposición.

Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme -cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar-, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad…; el que reza nunca está totalmente solo (Benedicto XVI, Salvados en esperanza, 32).

Despierta ya Señor, ¿por qué duermes? Levántate, no nos rechaces para siempre. Levántate ven en nuestra ayuda, rescátanos por tu amor (Sal 44,24.27).
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“¡No puedo más! Mis hijos reclaman mi atención todo el día: deberes, juegos, salir a pasear aburridos porque no pueden ir al parque ni jugar con otros niños… ¡Ruidos, desorden…! Mi cónyuge no me ayuda: dice que ya se encarga de otras cosas o que tiene que teletrabajar. Estoy deseando que vuelvan al colegio. ¡Necesito que me dejen en paz!”  Tenéis una oportunidad de oro para disfrutar juntos de vuestros hijos y ellos de vosotros. También de acordar criterios sobre los valores comunes en que queréis educarlos. Sin duda, descubriréis puntos en común que no reconocíais, lo que os ayudará a uniros como progenitores y también como pareja. Nadie puede sustituir la función educativa de los padres, que pasa, sobre todo, por la coherencia del ejemplo.

Es hora de que los padres y las madres vuelvan de su exilio —porque se han autoexiliado de la educación de los hijos— y vuelvan a asumir plenamente su función educativa. Francisco, Audiencia General, miércoles 20 de mayo de 2015

Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten (Col. 3, 20-21)
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“Mi hijo fue educado en unos valores que ya no vive. Me siento fracasado y culpable”. La apertura a la vida de los padres los lleva a entender que no son posesión suya y a favorecerles que, llegado el momento, abandonen el nido. Los han preparado para la vida, inculcándoles los valores que consideran esenciales; ahora les toca aceptarlos y acogerlos, sabiendo que la educación que les han dado ha dejado un poso, y respetar en la espera.

El amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón (Francisco, La alegría del amor, 99)

Y decía: «El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo»  Mc. 4,26-34. 
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“Papá, ¿me das permiso? -Que te lo diga tu madre. Mamá, ¿me das permiso? -Que te lo diga tu padre”. O también: “Tu padre te da permiso, pero yo no estoy de acuerdo. Tu madre te lo permite, pero yo considero que…” Para vuestro hijo es mejor que los dos le permitáis algo que puede no ser tan perfecto a que os vea enfrentados. Con vuestra actitud disonante le transmitís una pugna por ser su progenitor predilecto, desautorizando al otro como padre. Vuestros hijos necesitan siempre a sus dos padres por igual, incluso aunque ya no convivan como cónyuges.

Amplitud mental, para no encerrarse con obsesión en unas pocas ideas, y flexibilidad para poder modificar o completar las propias opiniones. Es posible que, de mi pensamiento y del pensamiento del otro pueda surgir una nueva síntesis que nos enriquezca a los dos (Francisco, La alegría del amor, 139)

Y vosotros padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos; educadlos, más bien en la disciplina y con la exhortación de Dios (Ef. 6,4).
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“Porque madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle”. Estos versos de Rafael de León denotan las enormes dificultades para conciliar la relación de pareja con el deber moral con relación a las respectivas familias de origen. Esta expresión, aunque se use como una broma, puede dañar profundamente al cónyuge, porque lo pone en una clara situación de inferioridad respecto de la persona amada. El núcleo familiar está compuesto por el cónyuge y los hijos, los demás son familia extensa. El conflicto se dirime si se ponen los límites a cada sistema y la pareja acuerda la forma en que ha de atender a sus familias de origen.

 Pero al unirse, los esposos se convierten en protagonistas, dueños de su historia y creadores de un proyecto que hay que llevar adelante juntos (Francisco, La alegría del amor, 218)

Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne (Gen. 2,24)
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Estás confinado. No puedes relacionarte físicamente con personas de fuera de tu núcleo familiar. Tal vez no sales a trabajar porque has perdido tu trabajo o no se te permite abrir tu negocio. Todo son gastos. ¿Cómo vas a poder afrontarlos? La incertidumbre y la impotencia pueden contigo. ¿Tu cónyuge puede disfrutar de un sueldo? Aceptar su momentánea dependencia económica, sin duda, os unirá más como pareja. Contar también con los hijos, además de ayudarte a ser creativo, te permitirá sentirte apoyado y disfrutar de ellos como un regalo.

Es tanto lo que recibimos del Señor para que lo disfrutemos (1 Tim. 6,17), que a veces la tristeza tiene que ver con la ingratitud, con estar encerrado en sí mismo que uno se vuelve incapaz de reconocer los regalos de Dios (Francisco, La alegría del Evangelio, 126)

 Estad alegres aunque de momento tengáis que pasar por pruebas diversas (1 Pe  1, 6)
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Mis padres me controlan mucho y no dejan de rallarme. ¡Me agobia que me controlen y que no se fíen de mí! Yo intento hacer las cosas bien, pero al final me salen mal!”. ¿Y si le expresas con claridad a tu hijo lo que necesitas  o deseas de él? ¡Una sola vez! Así sentirá el espacio de confianza amorosa para hacer lo que él ya sabe que debe y permiso para equivocarse y rectificar.

Si un padre está obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus movimientos, sólo buscará dominar su espacio. De ese modo no lo educará, no lo fortalecerá, no lo preparará para enfrentar los desafíos. Lo que interesa sobre todo es generar en el hijo, con mucho amor, procesos de maduración de su libertad, de capacitación, de crecimiento integral, de cultivo de la auténtica autonomía (Francisco, La alegría del Evangelio 261)

La caridad todo lo espera (1 Cor. 13)
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Si le comunicas las emociones negativas que te producen las palabras o actos de la persona a la que amas en formas de mensajes personales, tipo “Yo me siento…cuando tú haces o dices…”, no se sentirá juzgada y te comprenderá mejor.

Es importante la capacidad de expresar lo que uno siente sin lastimar; utilizar un lenguaje y un modo de hablar que pueda ser más fácilmente aceptado o tolerado por el otro, aunque el contenido sea exigente; plantear los propios reclamos pero sin descargar la ira como forma de venganza, y evitar un lenguaje moralizante que sólo busque agredir, ironizar, culpar, herir (Francisco, La alegría del Evangelio, 139)

No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención. Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de entre vosotros. Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo (Ef. 4, 29-31)
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Mi hijo no es responsable, no estudia lo suficiente, no ordena su habitación, no se comunica, no colabora en las tareas de casa…” No, no, no… ¿Y si pruebas a dedicarle tiempo, escucharlo, comprender lo que dice -aunque te parezca una burrada-, reconocerle lo que hace bien? Más que actitud prepotente, necesita un modelo.

La familia es el ámbito de la socialización primaria, porque es el primer lugar donde se aprende a colocarse frente al otro, a escuchar, a compartir, a soportar, a respetar, a ayudar, a convivir (Francisco, La alegría del Evangelio, 276)

Dije a Pedro en presencia de todos: Si tú, que eres judío, y vives al modo pagano y no al judío, ¿cómo obligas a los paganos a vivir como los judíos? (Gal. 2,14)
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Muchos conflictos se derivan de que el cónyuge se siente desplazado e incluso excluido de la vida de pareja y de familia. Atender a los hijos es cosa de los dos. Tu comparte, además, necesita sentir y expresar el amor conyugal como prioritario

En su unión de amor los esposos experimentan la belleza de la paternidad y la maternidad; comparten proyectos y fatigas, deseos y aficiones; aprenden a cuidarse el uno del otro y a perdonarse. En este amor celebran sus momentos felices y se apoyan en episodios difíciles de su historia de vida (Francisco, La alegría del Evangelio, 88)

Colmad mi alegría con un mismo sentir, con amor mutuo, concordia, buscando los mismo. Nada hagáis por ambición o vanagloria, antes, con humildad, tened a los demás por mejores (Filp. 2,3).
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Hay un momento para cada ocasión. Esta es la oportunidad para compartir y comunicar, respetando el tiempo desigual de cada uno.

Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios (Francisco, La alegría del Evangelio, 223)

Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos (Lc. 24, 13-35).
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Para poder sobrellevar 24 h confinados en un espacio pequeño es fundamental respetar los espacios vitales de libertad: dejar tiempo para hacer actividades personalmente agradables, mantener las relaciones sociales a través de las redes… ¡Confianza!

El amor confía, deja en libertad, renuncia a controlarlo todo, a poseer, a dominar. Esa libertad, que hace posibles espacios de autonomía, apertura al mundo y nuevas experiencias, permite que la relación se enriquezca y no se convierta en un círculo cerrado sin horizontes (Francisco, Amoris Laetitia, 115)

Un sábado Jesús y sus discípulos atravesaban un sembrado arrancando espigas. Los fariseos estaban al acecho (Mt. 12, 1-8)
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El confinamiento permite a las familias distribuir el tiempo personal y colectivo y aprovechar para realizar actividades que se desean pero que no siempre se pueden realizar: compartir las tareas de la casa, jugar juntos, ver una película en familia, dedicar tiempo a escuchar a tu cónyuge, hijos, padres…, en definitiva, comunicarse.
 
El calor del hogar, el ejemplo doméstico, es capaz de enseñar muchas más cosas de las que pueden decir las palabras (Benedicto XVI)
¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? (Mt 5, 25) 
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Si te pones en la forma de percibir la situación de la otra persona, sin juicios, podréis llegar a encontrar puntos comunes de solución

No juzguéis para que no seáis juzgados (Mt. 7,2)

Desarrollar el hábito de dar importancia real al otro. Hay que ponerse en su lugar e interpretar el fondo de su corazón (Francisco, Amoris Laetitia, 138)    
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