La vocación es un don, un regalo de Dios, puesto que es Él el
que toma la iniciativa. Se sirve de la mediación de la Iglesia y del
obispo correspondiente para llamar a los candidatos a las Órdenes
Sagradas.
Que en un miembro de una parroquia escuche la llamada de Dios y
responda afirmativamente es, sin duda, una bendición de las más grandes
que puede recibir.
Por eso el motivo de mi alegría es máximo y lo quiero compartir con
todos: un integrante activo de nuestra comunidad parroquial ha decidido
-tras un largo proceso de discernimiento- comenzar un camino que, si
Dios quiere, culminará con su ordenación como Diácono Permanente. En la
mañana de hoy el Sr. Arzobispo ha recibido a Agustín, que es como se
llama el candidato. Juntos hemos dado gracias a Dios y reafirmado
nuestra voluntad de servirle en la Iglesia. Porque Obispo, sacerdotes y
diáconos, somos para los demás. Compartimos una vocación de servicio.
