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Quincuagésimo sexto día de confinamiento. Todo en esta vida llega a su fin y también esta colaboración cierra hoy su periplo después de casi dos meses de maravillosa cercanía con los lectores de esta página web. En el momento de la despedida la palabra que resuena en mi interior con más fuerza es esperanza. Esta pandemia nos ha ofrecido la posibilidad de repensar dónde colocamos el centro de nuestra existencia, dónde se ubica nuestro corazón, qué impulsos nos mueven a actuar. Espero que los largos días de encierro en casa nos hayan habituado a dedicarnos tiempo para cultivar nuestra espiritualidad, para conocernos mejor, para hablar con Dios, para discernir qué quiere de nosotros.
Quincuagésimo segundo día de confinamiento. Cada vez dependemos más de las tecnologías de la información y la comunicación, las TIC’s. Su uso se identifica en el imaginario colectivo con progreso sin límites, sin contraprestaciones, sin aspectos negativos. Vaya por delante que soy partidario de un progreso técnico que nos facilita las cosas de un modo evidente. Algo que ha quedado claro durante esta pandemia. Por ejemplo, llevo casi dos meses sin tocar dinero físico. No he necesitado desplazarme hasta un cajero, no he tenido que tocar papel de modo innecesario, con lo que disminuí el riesgo a un contagio. Hasta el periódico diario se paga con tarjeta. Todas las gestiones las realizamos a través del móvil o el ordenador. En las grandes ciudades hasta la compra se hace con una llamada telefónica y te ponen la comida a la puerta de casa. Todo muy cómodo. Todo muy atractivo.

Pero esta irrupción imparable de las nuevas tecnologías tiene sus repercusiones negativas, por lo que conviene, creo yo, analizar críticamente sus evidentes beneficios, pero también los peligros que conlleva su uso abusivo.

Para empezar, estamos más controlados. A través del móvil el Gobierno conoce nuestros movimientos, nuestros hábitos, nuestros gustos y hasta nuestras conversaciones. Con el pago a través de tarjeta se pueden rastrear sin problemas nuestras preferencias: qué comida nos gusta, en qué actividades pasamos el tiempo de ocio, dónde viajamos… datos que no nos preocupa que sean públicos y otros muchos que no queremos que salgan del ámbito estrictamente privado. Es una invasión silenciosa en nuestras vidas. Lo curioso es que la aceptamos encantados mientras nos declaramos furibundos defensores de la intimidad y de la libertad de movimientos.

Uno de los ámbitos en los que me parece más cuestionable el uso indiscriminado de las TIC’s es en la educación. Reconozco que soy hijo de una escuela en la que todo el sistema pivotaba sobre dos ejes: lectura comprensiva y cálculo. Todo lo demás derivaba del dominio de estas materias troncales. Los libros tenían pocas fotografías y ningún color. Eran de todo menos atractivos y se necesitaba voluntad para estudiar. El uso de los medios audiovisuales es un paso de gigante para facilitar y mejorar el aprendizaje.

Pero corremos el riesgo de identificar calidad de enseñanza con uso masivo de los ordenadores en el aula. Y un colegio no es mejor por el hecho de que no haya libros de texto. No pocos especialistas alertan de lo difícil que es que un niño acepte como material de estudio el mismo instrumento con el que juega o se comunica con sus amigos.

Además, se necesita un aprendizaje específico para un uso adecuado de toda nueva tecnología. Internet facilita enormemente las cosas. Pero no enseña a trabajar de modo científico. La tentación es que muchos estudiantes han sustituido mi binomio lectura-cálculo por el par copia-pega. Incluso en la universidad.

Mis hijas no volverán a subrayar un libro de texto. Quemarán los ojos en una pantalla y no sobre un papel. Las TIC´s son un maravilloso medio para facilitar el aprendizaje. Pero nunca deberían convertirse en un fin.
Antonio Gutiérrez
pastoralsantiago.es
Foto: Miguel Castaño
Cuadragésimo segundo día de confinamiento. Esta mañana salí a comprar el pan y me encontré en la calle a los primeros niños disfrutando de la libertad de poder salir con la bicicleta o el monopatín. Mirando las sonrisas de los pequeños y de sus padres no supe quién estaba disfrutando más del tímido sol que se asomaba por entre las nubes.

Aprecié la felicidad ajena, tal vez porque yo también estaba feliz. Acababa de celebrar la eucaristía a través del ordenador con mi comunidad parroquial. En el trayecto hasta la panadería rememoré la lectura de hoy. Los discípulos de Emaús es uno de mis pasajes favoritos. Su lectura siempre nos ofrece nuevas perspectivas.
Cuadragésimo primer día de confinamiento. Desde que comenzó el encierro obligatorio en casa comenzamos en fin de semana como si de un día laborable se tratase. Los niños no llegan al sábado con la adrenalina corriendo por sus venas como caballo desbocado. Ya no veo la habitual espléndida sonrisa bailando en los labios y no escucho sus estridentes gritos, lanzados a los cuatro vientos, con los que hasta los vecinos de la otra punta de la ciudad quedan completamente informados de todo lo que van a dormir, la televisión que van a ver y las pizzas que van a cenar. ¡Cómo echo de menos esa alegría desbordada con la que mi pre adolescente me acogía los viernes por la tarde cuando iba a recogerla a la salida del colegio! Esa sana euforia, que me hacía reír y bromear con ella prometiéndole una montaña de deberes que nunca pasaban de amenaza pactada, es uno de los tesoros que hemos perdido en esta pandemia. Sólo espero que recuperemos esa euforia más pronto que tarde. En situaciones como la actual es cuando valoramos lo creativa que puede ser la rutina.
Trigésimo séptimo día de confinamiento. Llevo dos días “rumiando” una frase de la colaboración de las venerables hermanas benedictinas de Santiago de este domingo. Escribían sobre el cuidado a las monjas ancianas que viven en san Paio de Antealtares: “hacerlas sonreír, que se sientan queridas, cuidadas ya lo están cada minuto. La “carne de Cristo” se revela muy especialmente en ellas”. Y recordé a los miles de ancianos que en toda España pasan los últimos años de su vida en una residencia, atendidos por personas ajenas a su historia. Son cuidadas por profesionales, eficaces sin duda, pero que se ven obligados a ejercer su trabajo con rapidez, lo que conlleva una cierta frialdad. En el mejor de los casos encontrarán un segundo para una sonrisa fugar o un comentario alentador, pero serán siempre destellos de humanidad.
Trigésimo segundo día de confinamiento. ¡Qué hermosa es la libertad y qué poco conscientes somos a veces de su importancia! En especial cuando llevamos décadas viviendo en un sistema político que nos permite elegir a nuestros gobernantes, tener una vivienda digna en la que cobijarnos, el acceso a una educación objetiva y a un caudal informativo que nos facilita comparar y forjarnos una conciencia crítica. Un sistema que nos protege de la arbitrariedad del poder, que nos permite confiar en las fuerzas del orden y con un poder judicial que nos defiende contra la corrupción y los posibles abusos de los poderosos. Ya sé que este retrato es idílico, el paradigma al que tender y que la realidad es mucho más prosaica. Las páginas de los MCM nos recuerdan a diario que nuestra democracia tiene más agujeros que un queso de Gruyère. Pero la alternativa es infinitamente peor.

Son las once menos diez de la mañana y acabo de terminar la lectura de La chica de los siete nombres, un libro apasionante de Hyeonseo Lee. La autora es una joven norcoreana que decide fugarse de su país poco antes de cumplir los dieciocho años. Narra con un realismo sobrecogedor las durísimas peripecias que tienen que sufrir, primero ella, y luego su madre y su hermano, hasta llegar a Corea del Sur. El libro retrata la miseria moral y económica que ahoga a los norcoreanos, víctimas de un dictadorzuelo de pandereta al que se le rinde un culto a la personalidad tan ridículo como el que en su día se les rindió a genocidas como Stalin, Mao Zedong o Hitler.

Mientras leía fui recordando mi propia infancia y adolescencia adoctrinado por una dictadura que ensalzaba las virtudes morales y militares de Franco, un superhombre capaz de todo y a quien se nos presentaba como un regalo de Dios que sacrificaba su vida para protegernos, salvarnos del caos y convertirnos en el mejor y más envidiado país de la tierra. La misma basura con la que le lavan el cerebro a los norcoreanos. La misma con la que Hitler anuló el espíritu crítico de los alemanes y la misma por la que los rusos veneraban a Papá Stalin a pesar de las evidencias de su psicopatía.

La chica de los siete nombres es un libro cuya lectura recomiendo. Creo que testimonios de víctimas de los genocidios del siglo XX pueden contribuir a que estimemos más la libertad y el nivel de vida del que gozamos. Un paraíso en la tierra que a veces no somos capaces de valorar en su justa medida porque ya nacimos en su seno y no nos ha costado nada conquistarlos. Pero sobre todo es necesario leer estos testimonios para despejarnos la modorra, la desidia, el estúpido hartazgo que nos aletarga cuando la corrupción de nuestra clase política amenaza con ahogarnos. El poder corrompe. Siempre. Todos llevamos un dictador dentro. Ni siquiera en la democracia más acrisolada podemos bajar la guardia y darlo todo por conquistado. La libertad, la conciencia, la verdad, la igualdad… son bienes efímeros. Como el amor. Si no se riegan se agostan. Y siempre hay un verdugo dispuesto a “salvarnos”.
Antonio Gutiérrez
pastoralsantiago.es
Trigésimo primer día de confinamiento. Ayer hablábamos de la radical diferencia que hay entre la caridad cristiana y la mera solidaridad. Tiene razón el discurso feminista cuando sostiene que el lenguaje no es neutro, en el sentido de que “educa” a quienes lo usan. Pensamos y nos expresamos en un lenguaje determinado, lo que implica que ese lenguaje también nos condiciona a sus usuarios. Esto se aprecia claramente entre los católicos, tan “inculturados” en los esquemas mentales de esta sociedad líquida que preferimos palabras insulsas como solidaridad a vocablos radicalmente evangélicos como caridad o compasión.
En estos momentos de estrechez a causa de la pandemia que nos asola, un grupo amplio de responsables del Montepío del Clero, y considerando que representamos al resto de los miembros de esta Obra Social, hemos tratado de poner en práctica los deseos del Sr. Arzobispo en su Carta del pasado mes de marzo a los sacerdotes y diáconos, en la que promovía la respuesta al lema Siempre Juntos.  En consecuencia, hemos convenido en hacer un doble gesto que pueda servir a los sacerdotes y diáconos respecto de quienes son encomendados a nuestra tarea pastoral.

De un lado, entregar una cierta cantidad a Cáritas, como él pide; y de otro, en esta situación extraordinaria, no interpretar los estatutos y el reglamento de modo estricto, sino con una mayor amplitud. Quiere ello decir que, aquellos sacerdotes, miembros del Montepío, que se consideren especialmente necesitados como consecuencia de la situación creada por el Corona Virus, puedan hallar una ayuda en esta Obra Social del Montepío del Clero, que les ayude a ir adelante, aunque con estrecheces, y dejándose llenar de la esperanza que el Señor pone en nuestros corazones.

Nuestro deseo sería el de atender a todos los sacerdotes que se encuentren en necesidad. Sin embargo hasta ahí no podemos llegar en el destino que demos a lo que pertenece a los miembros de esta Obra Social. Sin embargo, eso sí, estamos dispuestos a colaborar en lo posible con lo que los guías de nuestra Diócesis pudieran pedirnos a favor de alguno de los miembros de nuestro Presbiterio diocesano, especialmente necesitado.
pastoralsantiago.es
Los hombres se conocen a la hora de los grandes golpes.
Golpead el bronce con un guante: no dará sonido ninguno.
Dadle con un martillo: lo oiréis sonar.

En estos días complicados que vivimos a nivel mundial, he estado pensando en una frase de los tiempos de la escuela, atribuida nada menos que a Napoléon, inolvidable emperador de los franceses que, en poco más de una década, tomó el control de casi toda Europa.

Una imagen fulgurante la del bronce que suena a golpes de martillo.

Las borrascas y las pruebas diferencian a las personas, revelando su grandeza o su mezquindad.

Una misma prueba ataca duramente a Job y a su esposa pero, ¡cuán diferente es el resultado!
Job era intachable, recto, temeroso de Dios y apartado del mal, disfrutando de buena salud, una vida afortunada y una familia envidiable. En un abrir y cerrar de ojos se queda sin nada: solo, pobre, excluido y enfermo. Entonces, como un roble golpeado por un rayo, lanza un grito al cielo, sin contentarse con ese pobre consuelo que le ofrecen sus amigos teólogos, capaces de parlamentar sobre las pruebas humanas utilizando una serie de discursos aprendidos. Llega a decir que las palabras de sus amigos son “como una tila de malva”. Nada. Para dormirse. El trago lo hace impetuoso en su búsqueda de Dios, convirtiéndole en el símbolo no tanto de la paciencia, sino de la espera tenaz.

En cambio, su mujer se deja abatir pronto, reaccionando de una forma tan petulante que pone en crisis toda fe y toda esperanza, en una lamentación infinita.

¡Cuántas cosas se descubren en la tormenta!
Si quieres conocer a una persona, tienes que verla como reacciona bajo presión, pues es cuando saca lo que lleva en lo más hondo.

Si es cierto que los grandes golpes revelan la verdad de todo ser humano, sin embargo sería improcedente juzgar las reacciones de los que son derribados por un vendaval. Hasta los que se abaten y desesperan pueden revelar una grandeza y una sensibilidad que hay que respetar y salvaguardar.
a cargo del padre Fabio, párroco de Arca y Arzúa
pastoralsantiago.es

Necesitas confiar en Dios para confiar en ti

Tengo un deseo muy grande de vivir en paz y confiado. Es la felicidad que mi corazón desea. El sueño de vivir anclado en un lugar seguro, un puerto estable, una meta definitiva. 

Divulgar una mentira por las redes sociales u otros medios no la convierte en verdad, aunque emocione o parezca muy segura

¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira? ¿Por divulgar una mentira por las redes sociales se convierte en verdad? ¿La ficción crea realidad? ¿Por ocultar una verdad pasa a ser una mentira?
Vivo en una época en la que todo parece relativo. Tanto la verdad como la mentira. Se impone la emoción, el sentimiento, lo que la realidad contada despierta en mí.

La agitación guerracivilista introducida en España por la Ley de Memoria Histórica de José Luis Rodríguez Zapatero (2007) vivió en estos días un nuevo episodio con el recuerdo, por parte de tres miembros del Gobierno de Pedro Sánchez, del fusilamiento de trece mujeres socialistas acusadas de asesinato. (Puede leerse su historia en estos artículos de Juan E. Pflüger y José Javier Esparza.) El diario ABC publicó este miércoles un reportaje de I. Viana sobre la persecución religiosa llevada a cabo, entre otros, por militantes y dirigentes socialistas antes y durante la Guerra Civil, que por su interés reproducimos a continuación:
Las «7.000 rosas» asesinadas durante la represión republicana de las que el PSOE no se acuerda

Lo que liberó el cuerpo sin vida de Jesús puede también romper la piedra que cubre tu corazón, la coraza con la que crees protegerte

¿Cómo lograr amar con ese amor crucificado de Jesús? Miro su amor en la Cruz. Ese amor que me rompe por dentro. Ese amor clavado en una roca que se hunde en lo profundo de la tierra. La roca partida por el peso de su amor…


Un repaso rápido a lo que ocurre en los días más sagrados del año

Tiene la Semana Santa un halo de misterio. Cada año repito los mismos ritos, las mismas lecturas, los mismos momentos sagrados.

Es como si se detuviera de golpe el tiempo y todo quedara sostenido en el aire mientras yo lo contemplo.

Jesús entrando en Jerusalén. Los ramos de olivo pisados en el suelo, algunos mantos. Las palabras de Jesús en el templo echando a los mercaderes.

Miro más lejos, más alto, más dentro. Confío. Aunque me hayan fallado ya más de una vez vuelvo a confiar

Existe una estrecha relación entre la confianza y la esperanza. Son casi dos aspectos de una misma actitud. Espero confiado y confío lleno de esperanza.

Es muy importante esta actitud en mi vida. Es esa fuerza interior que me permite confiar en mí mismo, creer en mis propias fuerzas, descansar en mis capacidades.

La armonía total con Dios, con los demás y con la vida sólo existe en el cielo, aquí las rupturas duelen y a veces sólo puedes hacer una cosa

Reconciliación es una palabra que me da paz. La escucho y mi corazón se llena de esperanza. Reconciliar lo que está roto, desunido, en guerra. Reconciliar lo que no está conciliado.

Si aprendiera a callarme, si no me dejara llevar por mis pasiones...

El otro día leía al profeta Jonás y me quedé pensando: “Jonás se puso en marcha hacia Nínive, siguiendo la orden del Señor. Nínive era una ciudad inmensa; hacían falta tres días para recorrerla. Jonás empezó a recorrer la ciudad el primer día, proclamando: – Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada”. Jonás (3,1-10). 

La ciudad será arrasada pasados cuarenta días si no cambia el corazón de sus habitantes. Arrasada si no enmiendan sus errores y llevan una vida santa.

Haz memoria para recordar cuánto te ha querido Dios

La voz no puede explicar normalmente lo que el corazón siente. Necesito saber que me quieren. Sin ese amor que me sostiene no puedo hacer nada.

¿Cómo puede mi alma retener tanta alegría dentro de mí?

En el monte Jesús se transfiguró delante de sus amigos: “Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos”. 

En su carne mortal muestra el poder de Dios y los suyos se llenan de gozo. Tocan la gloria, la vida, la esperanza: “Pedro y sus compañeros se caían del sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Mientras estos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: – Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía”.


Tenemos que decidir si optamos por la fuerza o por la debilidad. Nuestra debilidad es una fuerza más grande que cualquier otra, porque tiene la fuerza de Dios

Me atrae lo que brilla, lo que suena, lo que destaca. Es como un hilo invisible que me conduce hacia el que triunfa y tiene éxito. No sé, no es tan fácil huir del ruido, de lo que llama la atención.

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