- Salvador Rosas, el franciscano de 38 años que cuida la tumba de Jesús, ha permanecido encerrado en la basílica durante el confinamiento
La luz se cuela de nuevo por la puerta del Santo Sepulcro. Después de
dos meses de clausura por el coronavirus, los fieles pueden volver a
entrar a rezar en el lugar en el que, según la tradición, murió y
resucitó Jesús, situado en el corazón de la Ciudad Vieja de Jerusalén.
Este encierro ha sido especial para las tres comunidades -católicos y
ortodoxos griegos y armenios-, que gestionan una basílica en la que,
pese a estar la puerta cerrada, no se ha detenido la actividad. «Ningún
día hubo interrupción de oración comunitaria, el ritmo de vida fue
siempre el mismo y así vivimos también la Semana Santa, sin peregrinos,
pero sin interrupciones», asegura el padre Salvador Rosas, que a sus 38
años es el guardián asignado por los católicos al lugar más sagrado para
el cristianismo.


















