«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’».

¡Amén, Señor, amén! ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven con poder! ¡Derrama tu unción! ¡Danos una vida nueva en Ti! ¡Cambia nuestras vidas, danos una nueva mirada, una nueva manera de vivir más acorde a Ti! ¡Llénanos con tu paz para ser portadores de paz! ¡Llénanos de alegría para ser portadores de alegría! ¡Llénanos de esperanza para ser portadores de esperanza! Ponemos en tus manos todo aquello que necesitamos para que Tú lo colmes de Ti. Llénanos del anhelo de ser enviados, de ser portadores de Ti para toda la humanidad, hasta los confines de la Tierra… ¡Derrama tu lluvia de Amor y bendición! ¡Empápanos de Ti, Espíritu Santo!

Gerson PérezLluvia  https://youtu.be/mM_aolTYacc

Profundicemos en el don de temor de Dios… Este don se une a la virtud teologal de la esperanza. Cuando el Espíritu Santo actúa sobre la esperanza, lo que hace es presentarnos a Dios como bien supremo, infundiendo el deseo de no perderlo por nada de este mundo. Dios primero. Dios sobre todas las cosas. Esta es la esperanza que no defrauda: la que mira a los bienes de arriba y no a los de la Tierra. El santo temor de Dios nos hace vivir cada día bajo la mirada del Señor, buscando agradarle a Él antes que a los hombres. Dios juez, sí, pero que no juzga como lo hacen los hombres; un Padre que te ama hasta entregar a su Hijo único para salvarte. El deseo de agradar a Dios y actuar según Su voluntad, se convierte en nosotros -por la acción del Espíritu- en fuente de consuelo, de bondad, de paz…

El temor de Dios está conectado con la honestidad profunda; no solo en actos concretos o puntuales, sino en toda la vida. Podríamos también llamarla integridad. Es lo contrario de la persona fragmentada: actúa de una forma en el trabajo, de otra con los amigos en una fiesta, de otra en la Misa del Domingo. Este corazón dividido no agrada a Dios. Somos una unidad, templos del Espíritu Santo, en comunión con nuestro Padre del Cielo.

Terminamos así nuestro recorrido: «Reparte tus siete dones, según la fe de tu siervo»: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, piedad, fortaleza y temor de Dios.

¡ ¡ ¡ Ven, Espiritu Santo ! ! !   ¡Renueva tus maravillas como en el primer Pentecostés!
Santa María de Pentecostés, ¡ruega por nosotros!   ¡Amén!
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