Vivía en una casa, vigilado por un soldado. Allí convocó a los principales de los judíos y allí acudían seguidores del nuevo Camino, el que siguió Pablo cuando cayó de sus seguridades y pasó a seguir a Jesús como Apóstol suyo.

Dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, al final de sus páginas, que Pablo tenía cada vez más gente que le visitaba. Él anunciaba el Reino de Dios y daba testimonio de Cristo crucificado por nuestras culpas, y resucitado para nuestra justificación. De la mañana a la tarde, les hacía ver cómo el hecho de Cristo estaba anunciado por Moisés y por los escritos proféticos. A pesar de todo había algunos descreídos, de los que Pablo se daba razón recordando las palabras de Isaías “con el oído oiréis y no entenderéis y mirando miraréis y no veréis”. La culpa se encontraba en el corazón embotado que algunos tenían.

El Señor había mandado anunciar la Buena Noticia a los Gentiles, y eso había llevado a cabo Pablo. De ordinario, los gentiles se alegraban al escuchar la Buena Noticia: los judíos solían rechazarla, por considerar que ellos tenían la verdad, que se hallaba en la Ley de Moisés, y que el Mesías esperado no había llegado todavía.

San Pablo estuvo dos años en esa zona que hoy se denomina “el Gheto”, anunciando con libertad el Reino de Dios y a Jesús de Nazaret como el Mesías esperado, que vino a salvar al hombre.

San Lucas no nos dice más. El libro se cierra ahí. Sabemos que San Pablo, al fin, fue decapitado en la Vía Apia. Su juicio tardó en consumarse: por eso el Apóstol ha dispuesto de tiempo para anunciar el Evangelio por todas partes, sin discriminar a nadie.
José Fernández Lago
pastoralsantiago.es
Foto: Miguel Castaño
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