Este título no tiene nada que ver ya con las bodas de Cana.
Lo que aquí deseo presentaros es una definición singular que un escritor medieval, Ildefonso de Toledo, da de la Virgen María: «Totius Trinitatis nobile triclinium». Que quiere decir: noble triclinio de las tres personas divinas. [El triclinio era un lecho de mesa para tres personas en el que los antiguos romanos se reclinaban para comer].

Con esta imagen espléndida y atrevida se relaciona a María con la Trinidad y se la describe como la mesa elegante sobre la que el Padre, el Hijo y el Espíritu comparten mantel.

Por asociación de imágenes, la fantasía acude al célebre Icono de Rublev.

En el centro de la escena, una mesa que reúne a las tres personas divinas en solidaridad de vida y en comunión de obras.

Se nos ocurre pensar que María es justamente aquella noble mesa.

Detengámonos aquí. No quisiéramos perdernos en un terreno que está ya lleno de insidias doctrinales hasta para los teólogos más sagaces. Nos basta con haber intuido que la Virgen tiene una función fundamental dentro del misterio trinitario.

Pero si es difícil hacer especulaciones sobre la función de María dentro de la comunidad divina que vive en lo alto de los cielos, debería ser más fácil percibir su función dentro de cada comunidad humana que vive a ras de tierra.

Ya lo sabemos: de la familia a la parroquia, del instituto religioso a la diócesis, del grupo comprometido al seminario… toda comunidad que quiera vivir bajo la guía del
evangelio conlleva algo sacramental. Es decir, es por su propia naturaleza signo e instrumento de la comunión trinitaria.

Debe reproducir su lógica, vivir su mesa común, expresar su misterio.

Podríamos definir la comunidad eclesial como dislocaciones terrenas, agencias periféricas y reducción a escala del gesto misterioso que el Padre, el Hijo y el Espíritu hacen en el cielo.
Varias personas iguales y distintas viven en el cielo hasta tal punto la comunión, que forman un solo Dios. Varias personas iguales y diferentes deben vivir en la tierra la comunión de tal modo que formen un solo hombre: el hombre nuevo, Jesucristo.

Toda agrupación eclesial, por consiguiente, tiene la misión de presentarse como icono de la Trinidad. Es decir, ser lugar de relaciones auténticas en las que se reconozcan los rostros de las personas, se promueva su igualdad y se impida su homologación en el anonimato de la masa.

Y si María es la mesa noble alrededor de la cual se sientan las tres personas divinas, ¿será realmente difícil intuir que juega un papel de primer plano, también, dentro de las comunidades terrenas que hemos llamado agencias periféricas del misterio trinitario?

¿Y será de veras irresponsable pensar que, sin este «noble triclinio» constituido por la Virgen, a cuyo alrededor estamos llamados a sentarnos, cualquier tentativa de comunión está destinada a naufragar?

Santa María, mujer para el convite, tú que nos recuerdas la poesía emocionante de los banquetes del pasado, cuando en los días de fiesta estaba presente en la mesa ella, la otra madre, que nos cobijaba con los ojos uno a uno, y que sin palabras nos suplicaba con la mirada húmeda que todos los hermanos estuviéramos unidos y nos amáramos, temblorosa si faltaba alguno y sólo feliz cuando volvía a casa el último de sus hijos… tal vez únicamente en el cielo descubriremos del todo lo importante que eres para el crecimiento de nuestra comunión humana. Sobre todo en la Iglesia.
  Es verdad que se construye alrededor de la eucaristía, pero no es menos cierto que eres tú la mesa alrededor de la cual la Palabra de Dios convoca a la familia y sobre la que se comparte el pan del cielo. Justamente como en el Icono de Rublev. Haz, pues, que experimentemos la fuerza unificadora de tu presencia de madre.

Santa María, mujer para el convite, alimenta en nuestras iglesias la pasión de la comunión. Para eso las quiso Jesús, para que, como pequeñas partículas eucarísticas diseminadas por la tierra, introduzcan en el mundo, como si se tratara de una red capilar de publicidad, los estímulos y la nostalgia de la comunión trinitaria. Ayúdalas a superar las divisiones internas. Que no falte tu intervención cuando en su seno merodea el demonio de la discordia.
  Apaga los fuegos de las facciones.
  Reordénalas cuando se desate la querella mutua. Templa su rivalidad.
  Frénalas cuando deciden concentrarse en lo suyo y descuidar la convergencia en proyectos comunes. Convéncelas de que, siendo las comunidades cristianas delegaciones periféricas de los bienes de comunión que maduran plenamente sólo en la Casa trinitaria, cada vez que rompen la solidaridad van contra los intereses de la Empresa.

Santa María, mujer para el convite, dirige tu mirada a nuestras familias en dificultad. Víctimas de los huracanes producidos por los tiempos modernos, muchas han naufragado. Otras, en crisis profunda de comunicación, están a la deriva. Si ves que la imagen tuya que figura en un dormitorio de esposos ya no les dice nada, salta de aquella fría pared y llámales a los dos, a él y a ella, a tu mesa. Y cuando Teo y Virginia se apoyen en tu hombro, que recuperen los amores antiguos, que se despierten los sueños de entonces, que vuelvan a encenderse las esperanzas perdidas y que entiendan que todavía se puede volver a empezar.
  Te suplicamos, finalmente, por todos los pueblos de la tierra destrozados por el odio y divididos por los intereses. Despierta en ellos la nostalgia de la única mesa, de tal modo que, destruidas las voracidades y apagados los truenos de la guerra, coman, hermanados, panes de justicia.
  Aunque sean diferentes por lengua, raza y cultura, si se sientan a tu alrededor volverán a vivir en paz. Y tus ojos de madre, al saborear en la tierra el convite de las diferencias que caracteriza en el cielo la comunión, brillarán de alegría.
mons. Tonino Bello, obispo de Molfetta
pastoralsantiago.es
Foto: Miguel Castaño
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