
En medio de mis conflictos y dudas, si actúo movido por el amor, haré lo correcto
Dios
necesita mis fuerzas humanas para entregar su amor a los hombres. Me
dice que si me mantengo unido a Él y pido lo que deseo se realizará. Si guardo las palabras de Dios daré fruto, tendré vida y paz. Si soy dócil a su voz Dios hará milagros conmigo.
Porque Dios construye sobre mi naturaleza débil y caída. No desprecia nada de lo humano que hay en mí.
Decía el padre José Kentenich: “La santidad no pretende eliminar
las pasiones naturales, sino mejorarlas y ennoblecerlas. Dado que no hay
hombre sin pasiones, que no hay grandes hombres sin grandes pasiones, el hombre santo conecta sus pasiones con la verdadera santidad y con las obras de apostolado. De ese modo domestica los instintos salvajes y animales que haya en el alma, orientándose así hacia las virtudes heroicas”[1].
Tengo grandes pasiones en mi alma. Sé que no son ni buenas ni malas. Son sólo sentimientos que brotan en lo más hondo.
Decía el papa Francisco en la exhortación Amoris Laetitia: “Experimentar
una emoción no es algo moralmente bueno ni malo en sí mismo. Comenzar a
sentir deseo o rechazo no es pecaminoso ni reprochable. Lo que es bueno
o malo es el acto que uno realice movido o acompañado por una pasión.
Sentir gusto por alguien no significa de por sí que sea un bien. Si con
ese gusto yo busco que esa persona se convierta en mi esclava, el
sentimiento estará al servicio de mi egoísmo. Creer que somos buenos
sólo porque sentimos cosas es un tremendo engaño”.
Lo importante es lo que hago con lo que siento. Las consecuencias de mis deseos en mis actos. Las obras que construyen mi vida.
¿De dónde nace todo lo que hago? ¿De dónde brotan todos mis
sentimientos? Dudo a veces. No lo sé. ¿Es bueno todo lo que siento? Mis
pasiones, mis deseos, mis inclinaciones, mis pulsiones.
A veces me turbo ante lo que hay en mi interior. Quisiera tener un corazón más puro.
Para así sentir lo que Dios quiere que sienta. Pero no siempre sucede y
me lleno de miedos y agobios. Me turban mis emociones confusas en mi
alma inquieta.
Hoy sé que si estoy unido a Jesús y rezo, se realizará lo que pido. Recuerdo la frase de san Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.
En medio de mis conflictos y dudas, si actúo movido por el amor, haré lo correcto.
Le pido a Dios movido por el amor. Le pido anclado en lo profundo de su
corazón. Le pido y se realizará lo que pido. Porque permanezco en Él.
Con los criterios de su amor.
A veces no sé pedir lo que me conviene. No es magia. Es una
invitación a vivir en Dios. Mi vida será fecunda en Él. Él hará los
milagros. Quiero ser discípulo de Jesús. Quiero seguir sus pasos siempre y sentir como Él siente.
[1] Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus
Carlos Padilla
Aleteia