ZENIT - El mundo visto desde Roma

viernes, 2 de noviembre de 2012


Breve exposición de las Bienaventuranzas por el Padre Maestro Juan de Ávila

1. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. El que fuere tan humilde que tuviere claro conocimiento cómo de sí mesmo es nada y amare mucho su desprecio, dando de corazón la honra a Dios y no queriendo nada para sí de estima ni de riqueza temporal, éste será pobre de espíritu.

2. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. El que se hallare libre no sólo del deseo de venganza, mas aun de la turbación de la ira, dándose suave y afable a los rencillosos, sus injuriadores, como si no hubiera sido injuriado, éste es manso de corazón.

3. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. El que huyere los deleites presentes y tomare el gemido por música, abrazando los trabajos con mayor afición que los mundanos sus falsos placeres, ése es lloroso bienaventurado.

4. Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos. El que con fervor de espíritu hiciere el deber en todas las cosas y tuviere mayor deseo del manjar espiritual que los muy golosos tienen del manjar corporal, éste tiene hambre y sed de justicia.

5. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Cualquiera que tuviere los males ajenos por suyos propios, a semejanza de madre, que está más enferma y llorosa con la enfermedad de su hijo que el mesmo que padece el mal, ése será a misericordioso.

6. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. El que tuviere perfecta limpieza de alma y mortificare en todo sus pasiones, virtud en que consiste la verdadera santidad que agrada a Dios, ése, sin duda, es limpio de corazón.

7. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. El que tuviere tan sosegados sus movimientos que estén sujetos a la razón, y fuere tan conforme en su voluntad con la de Dios que, procurando esta paz su alma, la deseare y solicitare en los prójimos aunque sea a costa de muchos trabajos, ése verdaderamente es pacífico.

8. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. El que padeciere por defensa de la virtud y justicia, hasta sufrir martirio, si fuere necesario, por Dios, procurando siempre su mayor gloria, aunque todo el mundo se levante contra él, de este tal con verdad se dice que padece persecución por la justicia.

En estos ocho grados, por donde se camina y sube a la alteza de la perfección evangélica, consiste la bienaventuranza de esta vida y la firme esperanza de la eterna felicidad que esperamos.
Laus Deo et Virgini.

En Obras Completas, BAC (2000) Vol II, pp. 809-810

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