Dedicación de la Basílica de LetránLa catedral del Papa
Toda la Iglesia de Occidente celebra en esta fecha el aniversario de la consagración de la basílica de San Juan de Letrán, en cuya fachada se halla grabada la siguiente inscripción: «Omnium Urbis et Orbis Ecclesiarum Mater et Caput» (Madre y Cabeza de todas las iglesias de la Ciudad y del Mundo) .
En efecto, dicha iglesia es la catedral de Roma y en ella se halla la cátedra permanente del Sumo Pontífice.
Es superior en dignidad a la basílica de San Pedro y, en cierto modo, puede considerársela como la catedral del mundo.
En los primeros días del cristianismo, el culto se celebraba en casas
particulares y se ofrecía el santo sacrificio en una mesa común (aunque
posiblemente esa mesa no se empleara para otros usos).
Pero, a principios del siglo III, se habla ya de un edificio de Roma
destinado al culto cristiano y, a principios del siglo IV, existían
muchos más.
Naturalmente, a raíz del decreto de Constantino que concedía la libertad al cristianismo, se construyeron muchas otras iglesias.
De acuerdo con los usos del Templo de los judíos y de los templos
paganos, se solían consagrar las iglesias al servicio del Todopoderoso
mediante una ceremonia de dedicación.
Eusebio describe en su Historia Ecclesiástica la solemne dedicación
de la iglesia de Tiro el año 314, y varios historiadores hablan de las
magníficas ceremonias que se llevaron a cabo el año 335, con motivo de
la dedicación de la basílica constantiniana de Jerusalén, en el
aniversario de la inventio Crucis o descubrimiento de la auténtica cruz donde había sido crucificado Cristo.
Durante mucho tiempo, el rito de dedicación consistía simplemente en
la consagración del altar mediante la solemne celebración de la misa y
se hacía también el depósito de las reliquias, si las había.
Más tarde, cuando se empezaron a consagrar al culto cristiano los
templos paganos, se introdujeron ciertos ritos purificatorios,
consistentes en oraciones, abluciones y unciones.
Pero el desarrollo de la ceremonia actual de dedicación, tan imponente y complicada, tal como la describe el Pontificale Romanum, no comenzó sino hasta el siglo VIII.
Probablemente, la celebración anual del aniversario de la dedicación
de una iglesia es tan antigua como la dedicación misma; en todo caso, es
mucho más antigua que el rito actual de la consagración.
Se trata, indudablemente, de una práctica de origen judío, puesto que
ya Judas Macabeo había instituido en el año 164 a.C. la conmemoración
anual de la purificación del Templo, después de la profanación de
Antíoco Epifanes.
San Juan cuenta en su Evangelio (10, 22) que el Señor estuvo en el
pórtico de Salomón durante la celebración de esa fiesta. Los judíos la
observaban y todavía la celebran con una octava.
La ceremonia no sólo tenía lugar en el Templo de Jerusalén,
sino en todas las sinagogas, lo mismo que la celebración de la
dedicación de San Juan de Letrán se lleva a cabo en todas las iglesias
católicas de Occidente.
La casa de la familia Laterani (Letrán) pasó a poder del emperador
Constantino a través de su segunda esposa, Fausta, y él la regaló a la
Iglesia, que la consagró como templo cristiano, posiblemente en el 324.
Desde entonces hasta la época del destierro en Aviñón, a principios
del siglo XIV, los Papas establecieron allí su residencia principal.
La “basílica” no era un edificio específicamente cristiano, sino que
provenía de una tradición romana de tiempos antiguos, y era una clase de
edificio destinado a usos cívico-religiosos.
La basílica de Letrán posiblemente comenzó adaptando al uso litúrgico el salón principal de la casa,
de suerte que sólo hubo que construir el famoso bautisterio, cuyas
grandes líneas correspondían al que se conserva actualmente.
La basílica fue dedicada al Santísimo Salvador y el bautisterio a san
Juan Bautista (por supuesto que todas las iglesias están dedicadas
exclusivamente a Dios; los nombres de los santos o de los misterios
cristianos indican simplemente el deseo de honrar a esos santos o a esos
misterios en particular; sin embargo, se admite ordinariamente hablar
de iglesias “dedicadas a” tal o cual santo o misterio).
La costumbre de dar a la iglesia el nombre de San Juan de Letrán,
data de la época en que la atendían los monjes del monasterio de San
Juan Bautista y de San Juan Evangelista, que estaba situado junto a
ella.
En sus casi 1700 años de historia cristiana, la basílica ha
atravesado por numerosas vicisitudes, ya que fue saqueada por los
bárbaros y destruida por los terremotos y los incendios; sin embargo,
conservó su antigua forma basilical hasta el siglo XVII, época en que Francisco Borromini construyó la iglesia actual.
En 1878, se llevó a cabo el ensanchamiento del ábside en forma de
coro, cosa que la embelleció. El altar mayor, recubierto de mármol, es
el único en la Iglesia de occidente que no está hecho de piedra sino de
madera.
Constituye una reliquia de la época de las persecuciones, y algunos
autores opinan que fue empleado por san Pedro. En el cimborio que se
halla sobre el altar están los supuestos cráneos de san Pedro y san
Pablo.
Por supuesto, el auténtico sentido de celebrar la dedicación
de un templo, incluso de uno tan importante como la basílica de Letrán,
no está en las piedras y el mármol, sino en aquello de lo que muchos santos escritores hablaron, como san Agustín cuando enseña: “Como
este edificio visible ha sido construido para reunimos corporalmente,
de la misma manera construimos el edificio que somos nosotros mismos
para Dios, que ha de habitarlo espiritualmente.
El templo de Dios es santo, dice el Apóstol, y ese templo sois vosotros. Como éste lo construimos con piezas terrenas, de idéntica manera hemos de levantar el otro con costumbres bien arregladas.
Este se dedica ahora, con motivo de mi visita; el otro, al final del
mundo, cuando venga el Señor, cuando esto nuestro corruptible se vista
de incorrupción y esto mortal se revista de inmortalidad, porque nuestro
cuerpo humilde se modelará según el cuerpo de su gloria. Ved, pues, lo
que dice en el salmo de la dedicación: Tornaste mi llanto en gozo, rompiste mi saco y me ceñiste de alegría para que mi gloria te cante a ti y no me sienta triste.
Mientras somos edificados, gime ante él nuestra humildad;
cuando seamos dedicados, le cantará a él nuestra gloria, porque la
edificación requiere fatiga y la dedicación pide alegría”. (Sermón 337,2)
Artículo originalmente publicado por evangeliodeldia.org
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