San Alejandro, quien sucedió al beato Aquileo en la sede de
Alejandría, es famoso sobre todo por haberse opuesto a la herejía de
Arrio, un sacerdote alejandrino que empezó a propagar abiertamente sus
propias doctrinas durante el gobierno de san Alejandro.
El obispo era un hombre de vida y doctrina apostólicas, muy caritativo con los pobres, lleno de fe, celo y fervor.
Admitía de preferencia a las órdenes sagradas a quienes se habían
santificado en la soledad y tuvo gran acierto en la elección de los
obispos en todo Egipto.
Parecería que el demonio, furioso del desprestigio en que iba cayendo
la idolatría, se hubiese esforzado en reparar sus pérdidas, fomentando
la herejía del impío Arrio. Este enseñaba no sólo que Cristo no era
Dios, sino que era una simple criatura; que el Verbo había comenzado a
existir y que era capaz de pecar.
Algunos cristianos se escandalizaron de la paciencia de san
Alejandro, cuya bondad natural le llevó a emplear con Arrio, al
principio, los métodos más suaves, discutiendo con él sus doctrinas y
rogándole que volviese a la ortodoxia.
Como su intento fracasó y la doctrina de Arrio empezó a ganar
partidarios, el obispo convocó al heresiarca ante una asamblea del
clero, la cual le excomulgó al ver su obstinación.
Arrio fue juzgado, además, por otro concilio de Alejandría, que confirmó la sentencia del anterior.
San Alejandro escribió una carta al obispo Alejandro de
Constantinopla y una encíclica a los demás obispos, en las que exponía
la herejía y anunciaba la condenación del heresiarca. Esas dos cartas
son las únicas que se conservan, a pesar de que san Alejandro mantuvo
una extensa correspondencia sobre el tema.
En 325, los legados papales asistieron al Concilio ecuménico de
Nicea, convocado para discutir la cuestión. Arrio se hallaba también
presente.
Marcelo de Ancira y el diácono san Atanasio, que habían acompañado a
san Alejandro, expusieron la falsedad de las nuevas doctrinas y
refutaron a fondo a los arrianos.
El Concilio condenó enfática e inapelablemente el arrianismo, y el
emperador Constantino desterró a Arrio y a algunos de sus partidarios a
Iliria. Después de este triunfo de la fe, san Alejandro retornó a
Alejandría, donde murió dos años más tarde, dejando como sucesor a san
Atanasio.
Artículo originalmente publicado por evangeliodeldia.org
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