Queridos candidatos al Diaconado, el ministerio diaconal ha de configurar vuestro estilo de vida imitando a Cristo, el siervo humilde y paciente que toma sobre si mismo el pecado y la miseria humana, y que vino a servir, amando hasta el extremo. Vuestra misión es proclamar la Palabra de Dios y ser ministros de la caridad, viviendo la castidad en el celibato, valor inestimable para la adecuada relación pastoral con los fieles, que no debe basarse en aspectos afectivos, sino en la responsabilidad del ministerio. El Señor os confiere una misión acompañada de su gracia para realizarla. “Vivid en la humildad”. El Señor os compromete a ayudar a los demás, a ser cireneos, pues muchos que sufren cansancios más duros que los vuestros. Dedicad tiempo y diálogad con quienes están en las cunetas de la existencia. Acércaos a ellos para ayudarles a llevar la carga pesada como hace Cristo con nosotros. Y no echeis en las espaldas de los otros vuestros sacos de disgustos, rebeldías y enfados. Dejaos cargar con las penas y dolores de los demás.

Queridos candidatos al presbiterado, tended siempre hacia la perfección. La finura espiritual evitará que os convirtáis en funcionarios de la pastoral. El sacerdote no se pertenece a sí mismo, no vive para sí y no busca lo que es suyo sino lo que es de Cristo. El sacerdocio no es un oficio u una obligación, sino un Don que debéis acoger con temor y humildad. No lo convirtáis en un mérito o en una carga. Administrad fielmente este tesoro que os otorga la facultad de decir y hacer aquello que sólo el Hijo de Dios, puede decir y hacer en verdad. Esta conciencia os ayudará a descubrir que la gracia recibida por el sacramento es “una superabundancia de misericordia”, pues Cristo nos llama al sacerdocio, aun sabiendo que somos pecadores. La conciencia del misterio del pecado en nuestras vidas y las infidelidades al amor que Dios derrama en nuestros corazones, han de ayudarnos a descubrir que no han sido ni nuestros meritos, ni nuestro esfuerzo, ni nuestros aciertos, lo que justifican o explican la donación de la gracia del ministerio sacerdotal. Esto fascina y estremece. Llevad la muerte de Cristo en vuestro cuerpo y caminad con Él en la novedad de la vida, imitando el ejemplo del Buen Pastor, que ha venido para salvar lo que estaba perdido.
Extracto de la Homilía de Don Julián Barrio


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