La frase se encuentra en un texto del Concilio y es espléndida en doctrina y concisión. Dice que, «al anuncio del ángel, la Virgen María acogió al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo». En su alma y en su cuerpo.
Esto quiere decir que fue discípula y madre del Verbo.
Discípula, porque se puso a la escucha de la Palabra y la conservó
siempre en su corazón. Madre, porque ofreció su seno a la Palabra y la
meció durante nueve meses en el cofre de su cuerpo.
San Agustín se atreve a decir que María fue más grande por haber
acogido la Palabra en su corazón, que por haberla acogido en su seno.
Quizá no basta el vocabulario para entender profundamente la belleza
de esta verdad. Es preciso recurrir a expresiones visuales. Y nada mejor
que acudir a un célebre icono oriental, que presenta a María con su
divino Hijo Jesús grabado en su pecho. Se le denomina Virgen del signo, pero podría llamársele Virgen de la hospitalidad, porque
con los antebrazos elevados, en actitud de ofrecimiento o entrega,
parece el símbolo vivo de la hospitalidad más gratuita.
Acogió en el corazón. Es decir, dio ancha cabida en sus pensamientos a
los pensamientos de Dios, pero no por esto se sintió reducida al
silencio. Ofreció encantada el terreno virginal de su espíritu a la
germinación del Verbo, pero no se consideró expropiada de nada. Le cedió
gozosa el suelo más inviolable de su vida interior, pero sin tener que
reducir los espacios de su libertad. Dio alojamiento estable al Señor en
las estancias más secretas de su alma, pero no sintió esta presencia
como violación de domicilio.
Acogió en el cuerpo. Es decir, sintió el peso físico de otro ser que
buscaba morada en su seno de madre. Adaptó, pues, sus ritmos a los de su
huésped. Modificó sus costumbres, en función de una misión que,
ciertamente, no aligeraba su vida. Consagró sus días a la gestación de
una criatura que no le ahorraría preocupaciones o disgustos. Y como el
fruto bendito de su seno era el Verbo de Dios, que se encarnaba para la
salvación de la humanidad, comprendió que había contraído, con todos los
hijos de Eva, una deuda de acogida, que pagaría con sus lágrimas.
Acogió en su corazón y su alma al Verbo de Dios.
Esta hospitalidad fundamental expresa muchas cosas del estilo de
María, de cuyos miles de acogidas no habla el evangelio pero es fácil
intuir.
Nadie se vio rechazado por ella. Todos encontraron cobijo bajo su
sombra. Desde las vecinas de casa, a las antiguas compañeras de Nazaret.
Desde los parientes de José, a los amigos de juventud de su hijo. Desde
los pobres de los contornos, a los peregrinos de paso. Desde Pedro
hecho un mar de lágrimas después de la traición, hasta Judas, que quizá
aquella noche no consiguió encontrarla en casa…
Santa María, mujer acogedora, ayúdanos a recibir la Palabra
en lo íntimo del corazón. A entender, como tú supiste hacer, las
irrupciones de Dios en nuestra vida. Él no llama a la puerta para
notificarnos el desahucio, sino para inundar de luz nuestra soledad. No
entra en nuestra casa para ponernos las esposas, sino para devolvernos
el gusto de la libertad verdadera.
Sabemos que el miedo a lo nuevo impide que seamos acogedores del Señor que llega. Los cambios nos fastidian.
Y como él altera siempre nuestros pensamientos, cambia
nuestros programas y pone en crisis nuestras certezas, cada vez que
oímos sus pasos, tratamos de esquivarle y nos escondemos detrás de los
setos, como Adán detrás de los árboles del Edén.
Haznos comprender que Dios, si nos agua los proyectos, no nos
estropea la fiesta; si altera nuestros sueños, no nos quita la paz. Y
que cuando le acojamos en nuestro corazón, también nuestro cuerpo
brillará con su luz.
Santa María, mujer acogedora, haznos capaces de gestos de
hospitalidad con los hermanos. Vivimos tiempos difíciles, en los que el
peligro de vernos defraudados por la maldad de la gente, nos hace vivir
entre puertas blindadas y sistemas de seguridad. Por todas partes vemos emboscadas.
La sospecha se ha hecho orgánica en las relaciones con el
prójimo. El terror de que nos engañen se antepone a los instintos de
solidaridad, que también anida en nosotros.
Y el corazón se despedaza detrás de las verjas de nuestros recintos.
Te rogamos que disipes nuestra desconfianza. Haznos abandonar las trincheras de los egoísmos corporativos.
Rompe el cinturón de las alianzas.
Suaviza nuestra hermética cerrazón frente a lo que nos es diferente.
Derriba nuestras fronteras culturales antes que las geográficas.
Las últimas ceden al impulso de otros pueblos, pero las
primeras se mantienen tenazmente impermeables. Y puesto que nos vemos
obligados a aceptar a los extranjeros en el cuerpo de nuestra tierra,
ayúdanos a que sepamos acogerles en el corazón de nuestra civilización.
Santa María, mujer acogedora, custodia del cuerpo de Jesús
bajado de la cruz, acógenos en tus rodillas cuando entreguemos el alma a
Dios.
Haz que una quietud confiada acompañe la muerte de quien descansa su cabeza en el hombro de su madre y se duerme sereno.
Te rogamos que nos tengas algún tiempo en tu regazo del mismo modo que nos tuviste en el corazón durante toda la vida.
Realiza en nosotros los rituales de las últimas purificaciones.
Y llévanos finalmente en tus brazos ante el Eterno.
Sólo si tú nos presentas, sacramento de ternura, podremos encontrar piedad.
mons. Tonino Bello, obispo de Molfetta
pastoralsantiago.es
Foto: Miguel Castaño