La Santa Sede ha publicado este miércoles los decretos aprobados por el Papa de la Congregación para las Causas de los Santos. Entre ellos, destacan dos de ellos, españoles del siglo XX y que además son padre e hija. Se trata de Francisco Barrecheguren Montagut y de su hija María de la Concepción “Conchita” Barrecheguren, que falleció con tan sólo 21 años, pero tras haber vivido una vida de intensa piedad y amor a la Eucaristía en medio de la enfermedad.
De este modo, Roma ha reconocido las “virtudes heroicas” de ambos,
y cuyos restos descansan juntos en estos momentos en el santuario de
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, y cuyas vidas estuvieron unidas al
carisma redentorista.
Francisco es considerado un modelo de esposo, padre y de educador.
Pero también de religioso, pues una vez viudo y mayor se convirtió en
religioso redentorista, enormemente querido en Granada debido a su celo
evangélico. Pero también se ha destacado de él su fe para cargar con su
cruz, llevarla con alegría y con una sonrisa en todo el proceso de la
enfermedad y muerte de su hija Conchita.
Francisco se casó con Concha, y Conchita fue su única hija de este matrimonio
Nació en 1881 en Lérida, a los diez meses quedó huérfano de padre, y a los cinco años de madre, por lo que a esta edad sus tíos se lo llevaron a Granada, ciudad que acabaría marcando la vida de Francisco.
De 1892 a 1897 hizo sus estudios de Bachillerato en el colegio de los
Jesuitas de El Palo, en Málaga, coincidiendo en el tiempo y en el
colegio con Ortega y Gasset. En 1904 contrae matrimonio con Concha
García Calvo. Y un año después nace su única hija, el 27 de noviembre del 1905. Sin embargo, la enfermedad marcaría la vida de su hija única que acabó fallecido el 13 de Mayo de 1927.
Su hija murió en olor a santidad
Conchita murió en olor a santidad y así era el sentir en Granada.
De hecho, su proceso de canonización comenzó ya en 1938. Y es que en
Granada, la fama de santidad no la arrastraba únicamente la hija, sino
que se decía que Conchita era así porque su padre también era un santo.
Los años demostraron estas afirmaciones del pueblo de Granada.
Un año antes de iniciarse este proceso de canonización murió la esposa de Francisco
de la que estaba profundamente enamorado. Su muerte fue también un duro
golpe para él pues ya no tenía la compañía de las dos grandes mujeres
en su vida.
Marino Antequera García, profesor de Historia del Arte y escritor
decía de Francisco: “Sus notas predominantes eran: bondad, sencillez,
candor. La virtud sobresaliente en él fue la humildad; fue un hombre que
de nada presumió en la vida. Como hombre era sencillo, enteramente como
un niño. Conmigo estrechísimo; él era de suyo afectuoso y cariñoso con todo el mundo. Como cristiano, santo, santo de verdad”.
Una vida entregada a Dios como religioso
Fue a los 65 años cuando Francisco ingresó como postulante con los misioneros Redentoristas de Granada.
El 24 de agosto de 1947 hizo profesión religiosa en Nava del Rey,
Valladolid. Dos años después, el 25 de Julio de 1949, fue ordenado
sacerdote en Madrid.
Volvió a Granada en el verano de 1949. Y durante todo su
ministerio sacerdotal se dedicó a celebrar la Eucaristía en el Santuario
del Perpetuo Socorro y en el Carmen de Conchita, lugar en el que su
hija enferma estuvo y que luego fue hogar de religiosas, llevar
comuniones a los enfermos, dirigir el rosario con el pueblo, llevar la
abundante correspondencia del Proceso de Canonización de su hija
Conchita.
El 7 de octubre de 1957 falleció también entre la fama de santidad y su proceso de canonización comenzó en Granada en 1993.
Por su parte, Conchita, aunque sólo vivió 21 años dejó en este mundo una estela de fe cristiana ejemplo para muchos. Esto dejaba escrito el día que precisamente cumplió su último cumpleaños:
“Hoy cumplo veintiún años. Esto quiere decir que la vida corre mucho
más aprisa que nosotros creemos; quizá haya transcurrido la mitad, la
tercera parte de mi vida…, quizá muera dentro de poco…, y aun cuando
viva muchos años, se pasarán con igual rapidez que los anteriores. ¿Qué es una larga vida, comparada con la eternidad? Menos que una gota de agua, comparada con el océano.
Dentro de poco partiré de este mundo y de mi vida no quedará rastro
alguno; así como tampoco deja señal de su paso la nave que atraviesa los
mares. Y esta vida tan corta, tan fugaz, me la da Dios, para ganar una
eternidad. ¡Desgraciada de mí si la desperdicio! ¡Desdichada de mí si la empleo en otra cosa que no sea amar a Dios!”.
Enfermó tras regresar de Lisieux
La enfermedad en Conchita comenzó tras un viaje a Lisieux tras percibirse en ella una leve ronquera, que fue el anuncio de la tuberculosis.
La enfermedad minó la frágil naturaleza de Conchita y los médicos
aconsejaron a la familia que se le trasladase al Carmen que tiene la
familia Barrecheguren junto a los bosques de la Alhambra. Se confía en
que los aires frescos y puros, que allí llegan con más facilidad desde
la Sierra Nevada, puedan frenar el avance de la enfermedad.
A la dureza de la enfermedad, se añadía la dificultad del tratamiento.
La tuberculosis era poco conocida para la medicina de entonces. Por
eso, prácticamente, sólo cabía aliviar las molestias que causa.
El redentorista Francisco José Tejerizo Linares, que fue
vicepostulador de la causa, cuenta que el desarrollo de la enfermedad de
Conchita, y de los sufrimientos que la acompañan, “provocan la
admiración de quienes la conocieron. Un asombro que surge no tanto de
contemplar el dolor mismo, sino del modo en que Conchita, sabe sacar
fuerzas de flaqueza, para hacerle frente. Ahí se hizo constatable la
maravilla de su calidad humana y de la seguridad de su fe. La fe de
Conchita sabe descubrir que los planes de Dios no son los suyos, que
tiene que aceptar que su vida, y su modo de seguir a Jesucristo y de
estar en la Iglesia, es el laical. Un estado no inferior al religioso o
clerical. Al contrario, el estado común de los bautizados y el mismo que
vivió el Señor Jesús”.
La devoción en Granada
"Lo extraordinario de Conchita es su vida ordinaria y común; pero,
además, hay dos cosas específicamente singulares en ella y que le
hicieron llamar la atención de quienes la conocieron: su modo de
aceptar y afrontar la cruz y su alejamiento del mundo y de todo lo que
pudiera distraerla de su proceso de crecimiento espiritual. Eso, ciertamente, no pasó desapercibido”, escribía este religioso.
Murió el 13 de Mayo de 1927. De este modo, el vicepostulador añadía
que "quienes la conocieron, supieron estimarla y pensaron que estaban
ante una persona especial, extraordinaria y santa. Para todos era
evidente su fe. Su persona fue como una presencia que, discreta y débil,
se echa en falta cuando, de forma inesperada, desaparece. Eso ocurrió
con ella. Los amigos y conocidos de Conchita, descubren, poco a poco
un atractivo que, hasta entonces, les había pasado desapercibido. Ella
tenía algo que les empieza a servir de referencia. Sus pocas
palabras y su modo de afrontar la vida, se convierten en un estímulo.
Nunca nadie -ni Conchita, ni sus padres, ni sus amigos-, pudieron pensar
que la fragilidad y debilidad de aquella niña iba a despertar tanta
admiración e interés después de su muerte. Se trata de una notoriedad
que no decae, al contrario. La gente sigue recordándola y admirándola.
La muerte de Conchita puso en marcha un revuelo que se extiende con
inusitada rapidez. Por toda Granada se habla de Conchita, mucha gente
empieza a pedir fotos y pronto aparecen sus escritos, que comienzan a
leerse, primero en un círculo cercano y, después, son publicados”.
"Sal a mi encuentro, Jesús mío, para que podamos caminar los dos juntos"
Esto escribía Conchita, un reflejo de lo que fue su vida: “¡Cuántas veces sale Jesús a mi encuentro con las manos llenas de gracias para depositarlas en mi alma,
y yo le he dejado pasar de largo, sin pedírselas ni ocuparme de ellas, y
le he vuelto las espaldas como si no lo conociera! ¡Cuánta ingratitud!
¿No merecía que Jesús no se acordase más de mí por haber correspondido
tan mal a sus divinas finezas?
»¡Oh Jesús mío! Que con tanta paciencia me tratas y que, a pesar de
haber correspondido tan mal a tu amor, estás dispuesto a perdonarme de
nuevo, no pases de largo, Señor, quédate conmigo, quédate dentro de mi
alma, fija tu trono en mi corazón e ilumina mis tinieblas; no me trates
como merezco, sino acepta mi hospitalidad, que, aunque no sea digna de
tenerte, tú eres misericordioso y compasivo y olvidarás todas mis
ingratitudes. Ten compasión de mí. Sal a mi encuentro, Jesús mío, para que podamos caminar los dos juntos”.
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