Cada miércoles los Papas acostumbran a pronunciar una catequesis en
sus audiencias públicas. Con el coronavirus, estas audiencias se han
convertido en una oración con una catequesis transmitida por las redes
desde la Biblioteca Apostólica, donde unos pocos colaboradores y
traductores acompañan al Papa Francisco. El Pontífice ha empezado ahora, este 6 de mayo, un nuevo ciclo que dedicará al tema de la oración.
"La oración", insiste el Papa, "es el aliento de la fe, es su expresión más adecuada.
Como un grito que sale del corazón de los que creen y se confían a
Dios". Y el ejemplo con el que empieza es el del ciego Bartimeo.
"La humildad es la base de la oración"
“Bartimeo es un hombre perseverante. Alrededor de él había gente que
decía que implorar era inútil, que era un grito sin respuesta, que era
ruido que molestaba y basta: pero él no se quedó en silencio. Y al final
consiguió lo que quería”, explicó el POntífice.
Jesús le dice: "Vete, tu fe te ha salvado" (v. 52). Jesús reconoce a
ese pobre, indefenso y despreciado hombre todo el poder de su fe, que
atrae la misericordia y el poder de Dios. La fe, nos señala el
Pontífice, es tener las dos manos levantadas, una voz que grita para
implorar el regalo de la salvación. El Catecismo afirma que "la humildad
es la base de la oración" (Catecismo de la Iglesia Católica, 2559). La
oración viene de la tierra, del humus -del que deriva "humilde",
"humildad"-; viene de nuestro estado de precariedad, de nuestra
constante sed de Dios (cf. ibid., 2560-2561).
"La fe es un grito; la no fe es sofocar ese grito, una especie
de "omertà". La fe es la protesta contra una condición dolorosa de la
cual no entendemos la razón; la no fe es simplemente sufrir una
situación a la cual nos hemos adaptado. La fe es la esperanza de ser salvado; la no fe es acostumbrarse al mal que nos oprime".
"Jesús, ten piedad de mí"
Hablando de este personaje, el Papa recordó que era ciego y estaba
sentado a mendigar a un lado de la calle en las afueras de su ciudad,
Jericó. No es un personaje anónimo, señaló el Papa, tiene un rostro, un
nombre: Bartimeo, es decir, "hijo de Timeo". Un día escuchó que Jesús
pasaría por esa calle donde él estaba siempre. Y desde entonces, Bartimeo estaba pendiente, haría todo lo posible para encontrar a Jesús.
Más fuerte que cualquier argumento en contra, hay una voz en el corazón
del hombre que invoca, dijo el Papa, una voz que sale espontáneamente,
sin que nadie la ordene, una voz que cuestiona el sentido de nuestro
camino aquí abajo, especialmente cuando nos encontramos en la oscuridad:
"¡Jesús, ten piedad de mí! ¡Jesús, ten piedad de todos nosotros!"
No rezamos sólo los cristianos, sino que compartimos el grito de la
oración con todos los hombres y mujeres. Pero el horizonte todavía puede
ser ampliado, dijo Francisco, Pablo dice que toda la creación "gime y
sufre los dolores del parto" (Rom 8:22). Los artistas se hacen a menudo intérpretes de este grito silencioso, que presiona en toda criatura
y emerge sobre todo en el corazón del hombre, porque el hombre es un
"mendigo de Dios" (cf. CIC, 2559). Y este hombre, señaló, entra en los
Evangelios como una voz que grita a todo pulmón. No nos ve; no sabe si
Jesús está cerca o lejos, pero lo siente por la multitud, está
completamente solo, y a nadie le importa. Y apenas lo ve, Bartimeo
grita, utiliza la única arma que tiene: su voz: "¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!" (v. 47).
Los gritos de Bartimeo dan fastidio a los presentes que le regañan,
le dicen que se calle. "Pero Bartimeo no se calla, al contrario, gritó
aún más fuerte: "¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!" (v. 47).
(v. 47). Esa expresión: "Hijo de David", es muy importante, significa
"el Mesías", es una profesión de fe que sale de la boca de ese hombre
despreciado por todos", afirmó Francisco.
Jesús escucha, la oración toca corazones
Y Jesús escucha su grito. Esa oración del ciego, toca el corazón de
Jesús, toca el corazón de Dios, y las puertas de la salvación se abren
para él. Jesús lo hace llamar, dijo en su catequesis el Papa, Bartimeo
"se puso de pie de un salto y los que antes le dijeron que se callara
ahora lo conducen al Maestro. Jesús le habla, le pide que exprese su
deseo - esto es importante - y entonces el grito se convierte en
demanda: "¡Haz que pueda ver de nuevo!". (v. 51)".
Jesús le dice: "Vete, tu fe te ha salvado" (v. 52). Reconoce a ese
pobre, indefenso y despreciado hombre todo el poder de su fe, que atrae
la misericordia y el poder de Dios. La fe es tener las dos manos levantadas, una voz que grita para implorar el regalo de la salvación.
El Catecismo afirma que "la humildad es el base de la oración"
(Catecismo de la Iglesia Católica, 2559). La oración viene de la tierra,
del humus -del que deriva "humilde", "humildad"-; viene de nuestro
estado de precariedad, de nuestra constante sed de Dios (cf. ibid.,
2560-2561).
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