1 R 17, 10-16
Hebreos 9, 24-28
Marcos 12, 38-44
Un día, estando frente al arca del tesoro del templo, Jesús observa a los que allí echan limosnas. Se fija en una viuda pobre que deposita allí todo cuanto tiene: dos moneditas, o sea, la cuarta parte de un as. Entonces, se vuelve a sus discípulos y dice: «Os digo en verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba; ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir».
Hebreos 9, 24-28
Marcos 12, 38-44
Un día, estando frente al arca del tesoro del templo, Jesús observa a los que allí echan limosnas. Se fija en una viuda pobre que deposita allí todo cuanto tiene: dos moneditas, o sea, la cuarta parte de un as. Entonces, se vuelve a sus discípulos y dice: «Os digo en verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba; ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir».
Podemos llamar a este domingo el «domingo de las viudas». También en la
primera lectura se relata a historia de una viuda: la viuda de Sarepta
que se priva de todo cuanto tiene (un puñado de harina y algo de aceite)
para dar de comer al profeta Elías.
Es una buena ocasión para
dedicar nuestra atención a las viudas y, naturalmente, también a los
viudos de hoy. Si la Biblia habla con tanta frecuencia de las viudas y
jamás de los viudos es porque en la sociedad antigua la mujer que se
quedaba sola está en mucha mayor desventaja que el hombre que se queda
solo. Actualmente no existe gran diferencia entre ambos; es más, dicen
que la mujer que se queda sola se las arregla, en general, mejor que el
hombre en la misma situación.
Desearía, en esta ocasión,
aludir a un tema que interesa vitalmente no sólo a los viudos y viudas,
sino a todos los casados, y que es particularmente actual en este mes de
difuntos. La muerte del cónyuge, que marca el final legal de un
matrimonio, ¿indica también el final total de toda comunión? ¿Queda algo
en el cielo del vínculo que unió tan estrechamente a dos personas en la
tierra, o en cambio todo se olvidará al cruzar el umbral de la vida
eterna?
Un día algunos saduceos presentaron a Jesús el caso
límite de una mujer que había sido sucesivamente esposa de siete
hermanos, y le preguntaron de quién sería mujer tras la resurrección de
los muertos. Jesús respondió: «Cuando resuciten de entre los muertos, ni
ellos tomarán mujer ni ellas maridos, sino que serán como ángeles en
los cielos» (Marcos 12, 25). Interpretando de manera errónea esta frase
de Cristo, algunos han sostenido que el matrimonio no tiene ninguna
continuidad en el cielo. Pero con esta frase Jesús rechaza la idea
caricaturesca que los saduceos presentan del más allá, como si fuera una
sencilla continuación de las relaciones terrenas entre los cónyuges; no
excluye que ellos puedan reencontrar, en Dios, el vínculo que les unió
en la tierra.
De acuerdo con esta perspectiva, el matrimonio
no termina del todo con la muerte, sino que es transfigurado,
espiritualizado, sustraído a todos aquellos límites que marcan la vida
en la tierra, como, por lo demás, no se olvidan los vínculos existentes
entre padres e hijos, o entre amigos. En un prefacio de difuntos, la
liturgia proclama: «La vida no termina, sino que se transforma». También
el matrimonio, que es parte de la vida, es transfigurado, no
suprimido.
Pero ¿qué decir a quienes tuvieron una experiencia
negativa, de incomprensión y de sufrimiento, en el matrimonio terreno?
¿No es para ellos motivo de temor, en vez de consuelo, la idea de que el
vínculo no se rompa ni con la muerte? No, porque en el paso del tiempo a
la eternidad el bien permanece, el mal cae. El amor que les unió, tal
vez hasta por poco tiempo, permanece; los defectos, las incomprensiones,
los sufrimientos que se infligieron recíprocamente caen. Es más, este
sufrimiento, aceptado con fe, se convertirá en gloria. Muchísimos
cónyuges experimentarán sólo cuando se reúnan «en Dios» el amor
verdadero entre sí y, con él, el gozo y la plenitud de la unión que no
disfrutaron en la tierra. En Dios todo se entenderá, todo se excusará,
todo se perdonará.
Se dirá: ¿y los que estuvieron
legítimamente casados con varias personas? ¿Por ejemplo los viudos y las
viudas que se vuelven a casar? (Fue el caso presentado a Jesús de los
siete hermanos que habían tenido, sucesivamente, por esposa a la misma
mujer). También para ellos debemos repetir lo mismo: lo que hubo de amor
y donación auténtica con cada uno de los esposos o de las esposas que
se tuvieron, siendo objetivamente un «bien» y viniendo de Dios, no se
suprimirá. Allá arriba ya no habrá rivalidad en el amor o celos. Estas
cosas no pertenecen al amor verdadero, sino a la limitación intrínseca
de la criatura.
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