- No podemos tratar de ayudar a los demás a distancia, ni tampoco encerrados en nuestros prejuicios.
- El cristianismo es proyección de fe y de esperanza, lo que da una peculiar tensión de Adviento a toda la existencia cristiana.
- No podemos ser discípulos del Señor si renunciamos a la vocación de eternidad y a la responsabilidad de santidad.
El arzobispo de Santiago, mons. Julián Barrio, presidió este mediodía
en la catedral metropolitana una eucaristía con los delegados y
responsables de pastoral universitaria de España y Portugal que
participan estos días en su XXXIII Encuentro nacional.
En su homilía, el arzobispo destacó la importancia de la pastoral
universitaria en la búsqueda de la Verdad. Al mismo tiempo, animó a sus
responsables a llenar el vacío ético y moral que hay en parte de nuestra
sociedad y a ayudar “a superar la cultura del relativismo, según la
cual cada individuo convierte su experiencia en criterio de verdad, de
justicia y de bien, desembocando en la falta de solidaridad”.
Reproducimos a continuación, por su innegable interés, la homilía
pronunciada por mons. Julián Barrio.
Homilía de mons. Julián Barrio.
En el contexto en el que vivimos, no es fácil descubrir y desarrollar
la propia vocación cristiana, que da auténtico sentido a nuestra
existencia, sobre todo en un ámbito como es el de la universidad. El
hombre encerrado en una supuesta autonomía necesita abrirse a Dios y a
los demás, con una actitud de confianza serena e iluminado siempre con
la luz de la Palabra de Dios. “Maestro, ¿dónde vives? Venid y lo
veréis”. La vocación se explicita en el encuentro entre las personas y
sus experiencias. En esta vivencia presentimos el rumor del Espíritu de
Dios que nos impulsa a seguir buscando, porque es experiencia de
descubrimiento de una realidad que brilla ante nuestros ojos como
misterio siempre nuevo. Es la pastoral del encuentro. No podemos tratar de ayudar a los demás a distancia, ni tampoco encerrados en nuestros prejuicios.
Nosotros tenemos que tratar de vivir esa pastoral del encuentro. Cuanto
más nos acercamos a las personas, cuanto más las conocemos, en ellas
Jesús siempre nos dice algo. Es importante ser sensibles a esta
realidad. “Así como el caminante que para ir a nuevas tierras no sabidas
va por nuevos caminos no sabidos ni experimentados, que camina no
guiado por lo que sabía antes, sino en duda y por el dicho de otros”.
Estas son palabras de san Juan de la Cruz. No podemos acercarnos a los
demás desde aquello que pretendidamente queremos saber de una manera
definitiva. En el Evangelio se percibe que Jesús, Señor del cosmos y de
la historia, habla por encima del tiempo, más allá del tiempo, como
fuera del orden del tiempo. Apelando a la sencillez de la obra redentora
ya presente entre los fariseos, a pesar de su ceguera frente a la
propia persona del Redentor, Jesús les dice: El Reino de Dios está
dentro de vosotros llamándoles a la conversión del corazón y al mismo
nacimiento de lo alto.
Queridos hermanos y hermanas, el cristianismo es proyección de fe y de esperanza, lo que da una peculiar tensión de Adviento a toda la existencia cristiana
hasta ver a Cristo hecho imagen viviente en nosotros y poder decir como
Pablo que para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia. Esto es
lo que da temple al discípulo que no renuncia a su vocación de eternidad
y a su responsabilidad de santidad. No podemos ser discípulos del Señor si renunciamos a la vocación de eternidad y a la responsabilidad de santidad.
Este convencimiento nos llevará a recobrar a los demás, no como
esclavos, sino como hermanos queridos, al decir del apóstol Pablo.
En esta perspectiva, estáis llamados a llenar el vacío ético y moral
en el ámbito de la pastoral universitaria, ayudando a superar la cultura
del relativismo según la cual cada individuo convierte su experiencia
en criterio de verdad, de justicia y de bien, desembocando en la falta
de solidaridad. Sólo en Dios encuentran respuesta plena las más íntimas
aspiraciones humanas. “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón
está inquieto hasta que descanse en Tí”, decía san Agustín. Cuanto la
búsqueda de la verdad parece una tarea inútil, hemos de anunciar a
Cristo que descubre el hombre al propio hombre y sus anhelos de Dios en
su corazón.
No es aceptable una cultura en libertad sin verdad. Y
hoy podríamos decir que está muy de moda esta realidad. Aceptar una
cultura de la libertad sin verdad. La pastoral universitaria ha de
convertirse en un ámbito que posibilite la capacidad de escuchar y de
hablar, suscitando una auténtica comunicación. Vivimos momentos de
grandes transformaciones, pero a mí modo de ver, esperanzadores. No
siempre está presente en nuestra cultura la impronta humanista,
descuidando toda cuestión relativa al significado último de la realidad.
Las estructuras sociales, políticas y económicas revisten gran
importancia, pero no hay que olvidar los aspectos humanistas y
espirituales. Y este mensaje debe estar muy presente en la pastoral
universitaria. Estáis llamados a realizar la pastoral de la
inteligencia, que ha de llevar a la formación de nuevas generaciones en
el debate sobre las grandes cuestiones antropológicas. ¿No pensáis que
se nos está deshilachando la antropología en general y de manera
especial la católica? La relación entre fe y razón va más allá de los
respectivos confines para profundizar en la nueva situación del hombre
contemporáneo, que se presenta en un horizonte rico de perspectivas
positivas, pero también ofuscado de prejuicios culturales e ideológicos
que hacen tortuoso e incierto el futuro.
Donde está en juego el destino del hombre la Iglesia debe estar presente y operante, no por sí misma, sino por obediencia al Maestro, único redentor del hombre. Queridos hermanos y hermanas, os invito a ser transmisores de saberes y dispensadores de lo sagrado, reconociendo la propia pobreza y la necesidad de salvación y desechando toda presunción y confianza en las propias fuerzas. Considero que el aprendizaje de la fe y el aprendizaje del estudio son como un éxodo hacia una meta que se pretende alcanzar, que exige la apuesta por la verdad y por la capacidad de interpretarla, encontrarla y vivirla.
En este día en que celebramos a san Alberto Magno, quiero recordaros
que él decía que había tres clases de personas. Unas son como los vasos,
que reciben y no dan nada. Otra clase de personas son como los canales,
por los que pasa el agua, pero siguen sin impregnarse por esa agua. Y
decía san Alberto que hay otra clase de personas, que son las personas
fuente, aquellas que manan, retienen y dan. La Persona fuente por
excelencia es Cristo, y a Él tenemos que imitar.
Esta fe, que los peregrinos confiesan aquí en Santiago, sigue viva
gracias al coraje de los testigos y de los apóstoles. Desde vuestras
delegaciones de pastoral universitaria sed testigos de esperanza para
los demás y sed apóstoles enviados por el Espíritu. No olvidéis que Dios
nos ayuda y también el Apóstol Santiago.
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