Santa Liduvina de SchiedamEsta santa es la Patrona de los enfermos crónicos: "un prodigio de de sufrimiento humano y de paciencia heroica"
Santa Liduvina nace en Schiedam, en una casa pobre y honrada, cerca
de La Haya. Es la hija de Pedro, el sereno. La llaman Liduvina,
Ludiwina, Lidvina, Ludivina, Lydvid o Lidia.
Con quince años comienza su historia de dolor cuando cae en el hielo
del lago Schie donde patinaba con sus amigas, al producirse un choque
con una de ellas. Se rompió una costilla y entró en cama para no
levantarse más. A partir de este momento ya se suceden todos los males y
los intentos de curación conocidos en el pueblo. Apostema pertinaz en
el lugar de la herida, salen llagas, úlceras, por fin gangrena con
gusanos y mucho dolor. Se pasan el día cambiándola de una a otra cama,
pero cada traslado es un espantoso tormento; sus piernas ya no la
sostienen un día y ya es preciso arrastrarla por el suelo. Enfermedad
del fuego sagrado, como lo llamaban en ese tiempo, en un brazo que se
consume. También tiene neuralgias. Por si fuera poco, el ojo derecho se
extingue y le sangra el izquierdo. Se le producen equimosis lívidas en
el pecho que se convierten en pústulas cobrizas. Empieza el mal al
hígado y a los pulmones. El cáncer le hace agujero profundo en el pecho.
Y para colmo de males, la peste bubónica que asolaba Europa llegó a
Holanda y se estableció en Liduvina regalándole dos bubones terribles
junto a su corazón. Ella dijo: "dos no está mal, pero tres sería mejor,
en honor de la Santísima Trinidad"... y el tercero le brotó en la cara.
Sólo la lepra no visitó su cuerpo.
Cualquiera de estos males era de muerte. Pero aquella vida era un
milagro continuo. Ahora es un montón de pellejos rotos y huesos; lejos
queda la niña crecida y guapa que fue, cuando su buen padre le buscaba
pretendientes con los que ajustar una boda que le sacara de apuros y a
la que ella se negaba rotundamente.
¿Y los olores? Los chorros de pus, a rosas; los emplastos retirados
llenos de insectos, embalsaman la casa, y de aquel cuerpo que todo se
pudre, jamás salió olor de muerto.
¿Y el alimento? Una rodaja de manzana asada para un día. El estómago
se rebela por una tostada de pan mojado en leche o en cerveza. Después
hubo de contentarse con unas gotas de agua azucarada o con un poco de
vino matado con agua.
¿Y el descanso? Desaparecido el sueño, noches en vela, de espaldas
con la piel que salía como la corteza del árbol. Sus biógrafos dicen que
en treinta y ocho años no durmió veinte horas.
¿Y el ánimo? El sufrimiento la llenó al principio de espanto. En
cama, estuvo con frecuencia a punto de desesperación. Por cuatro años
pensó que estaba condenada; Dios no se interesa por ella, no aparece, o
mejor, ha desaparecido por indiferente; casi se diría es un enemigo
implacable y cruel. Es incapaz de rezar en ese estado de sufrimiento y
postración donde no hay ni una ayuda del cielo, ni un consuelo de la
tierra.
El cura del pueblo no se interesa por la enferma mientras tenga que
ocuparse de cebar sus capones y de mantener bien repleta la despensa.
Algún alma buena le puso en pista, aunque al principio, ella no
entendió nada. "La Pasión de Cristo la has meditado poco hasta ahora".
Ni siquiera eso daba resultado; sus dolores le dolían más que los del
Señor; pero lo intentaba. La Comunión que le llevaron un día fue el
remedio. Iluminada por una gracia repentina descubrió su misión en la
tierra: acompañar a Jesús en el Calvario, reparar, clavarse
voluntariamente en la cruz, ayudar al Mártir divino a llevar los pecados
del mundo.
Las cosas cambiaron. Es la hora de la longanimidad. Empieza a ver lo
positivo de su vida. Ahora, ayudada por el pensamiento de la generosidad
de los mártires, agradece sus dolores al Señor. Comienza a preocuparse
de los otros y de sus necesidades. Mantiene su día en la presencia de
Dios aunque se produzcan demencias, apoplejías, neuralgias, dolores de
muelas, mal de piedras y contracciones de nervios. De su boca salen a un
tiempo sonrisas, bondades, alaridos y sollozos y ella misma decía que
se olvidaba de su penoso estado cuando veía el rostro del Ángel de su
guarda, que le hacía intuir cuál no sería la hermosura del rostro de
Dios. Aparecen estigmas junto a los bubones y en los pies y en las
manos.
Entiende de la dulzura de mezclar su dolor con el dolor de Dios
porque su mundo es el de Pedro que llaman el Cruel, el de Carlos IV y
Enrique de Lancaster con pantanos de sangre y de guerra de bulas entre
los antipapas, de violencia de los magnates y ambiciones de los
clérigos; era la época en que la cabeza tiarada de Cristo es arrojada de
Aviñón a Roma y de Roma a Aviñón. Siente de lejos el pecado y repara.
Detecta el mal de quienes la visitan y lo desenmascara para poner
remedio. Su habitación es un hospital de almas.
Esta glosa del libro de Job pasó al cielo el día 14 de abril de 1433.
Sus reliquias están en santa Gúdula de Bruselas.
Artículo originalmente publicado por Santopedia
Aleteia