La noticia de la inesperada muerte de Carlos Recarey nos ha
dejado una gran conmoción entre todos aquellos que lo conocíamos.
Realizó sus estudios sacerdotales en el Seminario Mayor de Santiago de
Compostela, donde sería ordenado sacerdote en 1989. Tras desarrollar su
ministerio en esa diócesis durante 11 años, en el 2000 ingresó en el
Servicio de Asistencia Religiosa de las Fuerzas Armadas (Sarfas).
A lo largo de 17 años ocupó distintos destinos en la Armada, donde
desempeñó diferentes misiones, hasta que el 18 de septiembre del pasado
año era nombrado párroco de la iglesia castrense de San Andrés; allí se
encargaría de los destinos del Ejército de Tierra en A Coruña. Su paso
ha dejado un rastro de bondad, pues su preocupación constante siempre ha
sido la evangelización a través de los sacramentos, la amistad, las
nuevas tecnologías… y su ejemplo. Siempre me ha admirado la capacidad
que tenía para llegar a todo tipo de gente y para decir a cada uno,
muchas veces con tono humorístico, haciendo uso de su conocida retranca
gallega, las palabras oportunas. No dudaba en ofrecer sus servicios a
sus compañeros -en las Fuerzas Armadas o en el presbiterio-, mostrando
su cercanía y sincera amistad. San Atanasio nos recuerda que «los
muertos que tienen como Señor al que volvió a la vida ya no están
muertos, sino que viven». Y Carlos vivió por y para el Resucitado. Como
si de una premonición se tratase, la última frase que nos dejó escrita
en una oración en su popular blog Los buenos días de Recarey recuerdan a las de Cristo en la Cruz: «Pongo todo en tus manos para cumplir tu voluntad». Así vivió, así murió.
Fuente: José Carlos Alonso Seoane | La Voz de Galicia
Foto: Bea Franco
Foto: Bea Franco
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