San Nicolás Pieck y compañeros mártiresFueron jornadas inexplicables en un pueblo, el holandés, que pasa como prototipo de cordura y de sentido de tolerancia
La primera página de la historia de la nacionalidad holandesa está
manchada de sangre. Hoy quisieran borrarla todos los holandeses, aun los
protestantes más reaccionarios. Fueron jornadas inexplicables en un
pueblo que pasa como prototipo de cordura y de sentido de tolerancia.
Para comprender lo que entonces sucedió precisa trasladarse al clima
político y religioso, también social, de los Países Bajos de la segunda
mitad del siglo XVI, ricos y superpoblados, invadidos por los
predicantes calvinistas y alzados en guerra sin cuartel contra el
dominio español.
El año 1566, con la aparición en escena del partido de los gueux o
"mendigos", señala el comienzo de una serie de devastaciones
iconoclastas en todo el Flandes español, no sin connivencia de la
nobleza. Felipe II envía al duque de Alba. La sola presencia del gran
estratega, alma recta y mano dura, impone el orden y el silencio.
Silencio rencoroso, precursor de las grandes catástrofes.
Guillermo de Nassau saca partido de la situación para levantar la
bandera de la independencia. El de Alba le derrota en todos los frentes.
Pero allí queda la pesadilla de los "mendigos del mar", guarecidos en
las islas que ciñen la costa. Gente desgarrada, rebotada de todos los
países, sin otro vínculo que el odio a los papistas y la sed del
pillaje.
Desde 1571 los manda el conde de la Marck, que ha jurado no raparse
la barba ni cortarse las uñas hasta el día en que haya vengado, en los
sacerdotes y religiosos, la muerte de los condes de Egmont y de Hornes,
ajusticiados por los españoles.
Un golpe audaz le ha puesto en posesión de la importante plaza fuerte de Brielle, en la desembocadura del Mosa.
Iglesias y conventos son saqueados, quemadas las imágenes, asesinados
con crueldad refinada los eclesiásticos que no logran ponerse a salvo.
El 25 de junio de 1572 una flotilla, mandada por el capitán Marino Brant, atacaba la pequeña ciudad de Gorkum.
Las fuerzas fieles al rey hubieron de hacerse fuertes en la ciudadela,
donde fueron a refugiarse todos los sacerdotes y religiosos.
Pertenecían al clero secular el párroco Leonardo Vechel, su coadjutor
Nicolás Janssen y un anciano de setenta años, por nombre Godofredo van
Duynen. Los dos primeros, en la plenitud de sus fuerzas y de su celo
pastoral, intrépidos defensores de su grey y llenos de caridad con los
pobres. El anciano vivía retirado en su casa de Gorkum, debido al
trastorno de sus facultades mentales, que no le impedía ejercer las
funciones sacerdotales ni llevar una intensa vida interior.
El grupo más importante de los refugiados estaba formado por trece
franciscanos de la Observancia, que componían, con algunos más, la
comunidad existente en la ciudad.
Gobernábala como guardián un religioso de dotes excepcionales, el
padre Nicolás Pieck, joven de treinta y ocho años, en cuyo semblante se
espejaban a la par la penetración de la mente y la limpidez serena del
espíritu. Era su vicario el padre Jerónimo de Weert, de trato agradable y
ejemplar en la guarda de sus obligaciones religiosas.
Venían después los padres Nicasio de Heeze, eximio director de almas;
Teodoro van der Eem, anciano de setenta años que desempeñaba la
capellanía del monasterio de religiosas de la Tercera Orden; Willehald
de Dinamarca, venerable y austero nonagenario, expulsado de su patria
por la persecución protestante; Godofredo de Melveren, asiduo apóstol
del confesonario; Antonio de Weer, Antonio de Hoornaert, el recién
ordenado Francisco van Rooy, y un padre Guillermo, que constituía la
nota discordante del cuadro, pues tenía contristada a la comunidad con
su conducta poco regulada.
Completaban la comunidad los hermanos legos fray Pedro de Assche,
fray Cornelio de Wyk-by-Duurnstende y el novicio de dieciocho años fray
Enrique.
Había también un religioso agustino, el padre Juan de Oosterwyk,
capellán del segundo monasterio de religiosas de Gorkum. Las dos
comunidades femeninas habían sido puestas a salvo con anterioridad.
Asimismo habían dejado la ciudad a tiempo los canónigos del Cabildo, a
excepción del doctor Pontus van Huyter, administrador de los bienes
capitulares. Se hallaba con los demás en el castillo.
En la noche del 27 de junio la guarnición tuvo que capitular.
Brant juró respetar la vida y la libertad de todos los defensores y
refugiados. Pero ¿podía confiarse en la palabra de aquella gente? Como
primera precaución todos se confesaron y se aprestaron con el Pan de los
fuertes para la inmolación.
Las escenas que siguieron vinieron a confirmar plenamente los
presentimientos. Primero el saqueo general. Después el despojo de los
detenidos uno a uno.
Los gueux querían dinero, y como los franciscanos, fieles cumplidores
de su regla, no lo llevaban, fueron maltratados sin piedad. El hallazgo
de los cálices y demás vasos sagrados, ocultados en la torre, dio pie
para una orgía sacrílega.
Durante ocho días tuvieron que soportar cuantas burlas y
crueldades es capaz de inventar una soldadesca ebria: parodias
litúrgicas, simulacros de ejecución, torturas inauditas. Al
padre Pieck le suspendieron con su propio cordón; éste se rompió, y el
guardián cayó al suelo sin sentido. Los verdugos, para comprobar si
había muerto, aplicáronle una llama a los oídos, a la nariz y en el
interior de la boca.
Para curarle fue preciso llamar un cirujano, que resultó ser su
propio cuñado, ardid de que se sirvieron los familiares para ver de
libertarlo, como ya se había conseguido con otros dos sacerdotes. El
padre Pieck, en efecto, era natural de Gorkum, donde tenía parientes y
amigos de influencia. Merced a ellos tuvo desde el primer momento la
libertad en su mano.
Su respuesta, sin embargo, lo mismo ante el cirujano que ante sus dos
hermanos, ladeados ya hacia la herejía y empeñados hasta el trance
final en doblegarle con ruegos, persuasiones y amenazas, fue
invariablemente la del superior fiel a su puesto: no aceptaré la libertad si no es juntamente con mis religiosos.
El 7 de julio eran conducidos a Brielle. Los reclamaba el conde de la
Marck desde su cuartel general. Y el emisario de confianza fue el
canónigo apóstata Juan de Omal, auténtica estampa de renegado. Las befas
y malos tratos se multiplicaron durante el trayecto y a la llegada al
puerto de Brielle.
Medio desnudos y atados de dos en dos fueron conducidos a la
ciudad, entre los insultos soeces del populacho, y obligados a parodiar
una procesión. El canto escogido por los confesores de la fe fue el Te Deum.
En la inmunda cárcel donde fueron hacinados hallaron a los párrocos
Andrés Wouters y Andrés Bonders. Aquel mismo día se les unieron dos
religiosos premonstratenses: Jacobo Lacops, que seis años antes había
dado el escándalo de hacerse pastor protestante, pero lo había reparado
con una vida ejemplar, y Adrián de Hilvarenbeek. Sumaban en total
veintitrés los prisioneros.
Era demasiado hermoso. El conde de la Marck y su satélite Juan de
Omal buscaban la apostasía. Y se iniciaron taimados interrogatorios,
proposiciones, disputas sobre puntos de fe. Fue conmovedora la
respuesta en que se cerró el lego fray Cornelio, ante las capciosas
argumentaciones: Yo creo todo lo que cree mi superior.
Hubo defecciones dolorosas. Pontus van Huyter y Andrés Bonders lograron la libertad claudicando.
El guardián hubo de sufrir el ataque supremo de los suyos: ¡qué le
costaba lograr que sus religiosos, sin negar ningún artículo de la fe,
retiraran la obediencia al Papa, al menos fingidamente!
A la una de la mañana del día 9 fue la ejecución.
Pieck subió el primero a la horca, sin dejar de animar a los demás. Ante
el patíbulo hubo aún otras dos deserciones: la del padre Guillermo,
tibio hasta el final, y la del novicio imberbe fray Enrique. Los demás
afrontaron la muerte con serenidad, resistiendo hasta el final las
insinuaciones de los ministros calvinistas.
Los diecinueve fueron canonizados por Pío IX el 29 de junio de 1867.
Los pormenores del martirio, con las noticias concernientes a cada
uno de los santos, constan día a día por las fuentes más veraces que
pudieran desearse. El escritor Pontus van Huyter lavó la mancha
de su defección escribiendo más tarde el relato verificado de cuanto
había presenciado.
Hay otros relatos contemporáneos, basados en testigos oculares, entre
éstos el mismo novicio fray Enrique, que hizo penitencia, ingresando de
nuevo en la Orden.
La obra fundamental es la de V. G. Estius (Van Est), Historia
Martyrum Gorcomiensium (Douai 1603). El autor conoció personalmente a
casi todos los mártires y se informó diligentemente. Modernamente ha
hecho el estudio definitivo, en la colección «Les Saints», H. Meuffels,
C.M., Les Martyrs de Gorcum (París 1908).
Por Lázaro Iriarte, o.f.m.cap. Artículo publicado por Santopedia
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