“Dejemos que la vida de María cuestione nuestra vida. En esta
solemnidad nos sentimos pequeños y distintos, pero esperanzados y
agradecidos. María representa el comienzo de la Iglesia, esposa de
Cristo sin mancha ni arruga, abogada de gracia y modelo de santidad para
el pueblo de Dios; es la primera realización del plan de Dios en la que
se cierne la promesa y la garantía de que “nada hay imposible para
Dios”. Así predicaba hoy, en el II Domingo de Adviento, solemnidad de la
Inmaculada, el arzobispo de Santiago, monseñor Julián Barrio en la
iglesia conventual de San Francisco poniendo con ello fin a la Novena de
la Inmaculada. “Celebramos a María Inmaculada”, indicó Don Julián, “una
solemnidad que tan hondo caló en la religiosidad y espiritualidad de
nuestro pueblo, hasta el punto de que convirtió en saludo habitual
decir: “Ave María purísima” y contestar: “Sin pecado concebida”.
En su homilía, el arzobispo comentó que “la primera lectura nos ha
descrito la historia del mal, del primer pecado. La página de la
Anunciación es el contrapunto luminoso. Cuando Dios acabó la creación,
vio que todo era muy bueno. Sin embargo percibimos pronto en ella el
mal. El hombre rompe la alianza con Dios y siente miedo al verse desnudo
y se esconde. Consideró a Dios como un rival y quiso ser como dios,
siendo incapaz de asumir su responsabilidad, y acusó a su esposa Eva,
responsabilizando a Dios. Por su parte, Eva echa la culpa a la
serpiente”.
“En medio de todo”, añadió, “aparece la promesa cargada de esperanza
que mira al futuro. Hoy celebramos a la sin pecado concebida. Es “señal
de esperanza cierta y de consuelo”. Nosotros, destinados a ser hijos de
Dios, proclamamos la grandeza del Señor como María, fortaleciendo
nuestra esperanza”.
Monseñor Barrio dijo que esa esperanza se sustenta en la paciencia y
el consuelo: “Sin paciencia la esperanza desespera, sin consuelo la
esperanza se desanima. Paciencia con nosotros mismos, con los demás, con
las cruces que nos vienen, con la Iglesia que abrazando en su seno a
los pecadores es a la vez santa y necesitada de purificación, con la
sociedad y con el mundo que desearíamos que fueran espejo de la ciudad
de Dios en medio de los hombres. Todos necesitamos el consuelo de la
Palabra de Dios y de los sacramentos para avivar la fraternidad y
recomponer vínculos familiares, laborales, eclesiales, sociales,
culturales y políticos”, aseguró.
El arzobispo precisó que María, “desde la gloria de los cielos “se
cuida con caridad maternal de nosotros” para que, superando las pruebas
de la vida, podamos compartir la patria bienaventurada (LG 62). Con ella
esperamos la venida gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo”.
Esta tradicional novena se había venido celebrando en la Iglesia de
Santa María Salomé. Ayer sábado, el obispo auxiliar, monseñor Jesús
Fernández, presidió allí la vigilia de la Inmaculada.
Archicompostela