Mons. Barrio preside una vigilia de oración por los pobres

  • La fe es incompatible con la injusticia.
  • No podemos dejar a los pobres de lado. Jesús escucha al pobre y lo libera a través de nosotros.
  • Los pobres no son una causa, son un efecto. Son efecto de nuestro egoísmo, de nuestra debilidad, de nuestra propia pobreza
El arzobispo de Santiago, mons. Julián Barrio, presidió esta tarde en la iglesia compostelana de las Ánimas una vigilia de oración por los pobres dentro de los actos programados por la diócesis con motivo de la celebración, este domingo día 18, de la II Jornada Mundial de los pobres.

La celebración de la Palabra giró en torno a dos lecturas muy significativas. La primera de Amós (8,4-11), en la que el profeta denuncia con vigor a los poderosos que se aprovechan de los débiles, a los comerciantes y vendedores inmorales que trucan las balanzas para cobrar más por menos mercancía. La segunda fue la curación del ciego Bartimeo (Mc 10, 46-52).

De Amós, mons. Barrio destacó su faceta de “adalid de la dimensión social de la fe”, ya que fue el profeta que puso de relieve que la fe es incompatible con la injusticia. Amós se enfrentó decididamente con los que explotaban a los más débiles.

Sobre el pasaje de Jesús con el ciego de Jericó mons. Barrio hizo una exégesis que ahora reproducimos.

En esta tarde de oración ante la presencia real y verdadera de Cristo sacramentado, nos reunimos para orar por, en y con los pobres. ¿Quién no se siente pobre en el peregrinar de la vida? Hace ya mucho tiempo me impresionó hondamente una frase de Jesús: a los pobres los tendréis siempre con vosotros. Me preguntaba si no sería posible solucionar este problema. Los pobres no son una causa, son un efecto. Son efecto de nuestro egoísmo, de nuestra debilidad, de nuestra propia pobreza.

Realmente hemos de ser conscientes que nuestra fe tiene que llevarnos a ver en los pobres un sacramento a través del que podemos descubrir la bondad y la misericordia de Dios con nosotros.

Nuestra fe es adhesión a la persona de Cristo. Con ella tenemos que conformar nuestra vida. Esto nos lleva a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de los demás. Porque somos hijos de Dios y por tanto hermanos unos de otros. Hemos oído muchas veces estas palabras, pero no sé si le concedemos todo el alcance que tienen. Hay que acortar las distancias con los pobres. Como hizo Jesús en el caso del ciego Bartimeo.

Era época de peregrinación. El ciego sabía dónde tenía que situarse para conseguir una limosna. Siente que viene el Mesías y grita esperanzadamente: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! El ciego molesta con sus gritos. El pobre molesta cuando se hace notar. ¿No nos ofenden a nosotros nuestros pobres? Ante ellos tratamos de mirar a otro lado, cambiamos de camino para no coincidir con ellos. Por eso la gente le dice al ciego Bartimeo que no moleste.

Pero él grita más fuerte aún, y el Señor viene a su encuentro. El ciego da un salto incomprensible y deja el manto, lo único que tenía de abrigo. Es decir, deja todo cuanto tiene y va al encuentro de Jesús. A la pregunta de Jesús ¿qué quieres que te haga?, el ciego pide ver. Pide luz. Todos tenemos que pedir esa luz para poder ver al Señor que viene a nosotros y para poder seguirlo. Para ver al Señor en los demás, para seguirlo como discípulos. El ciego sigue a Jesús de forma inmediata. Jesús lo ha liberado de todas las esclavitudes.

No podemos dejar a los pobres de lado. Jesús escucha al pobre y lo libera a través de nosotros. En este sentido nos atrevemos a decir que somos la providencia de Dios. Lo que quiere hacer Dios lo va a hacer a través de nosotros.
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